Algunas la reclaman… Otras la exigen… Otras la imploran… Estas… ¡La ejecutan!

Diseño de portada Mica Fernández.

Hora 19.00

Malkevich corre por el pasillo con el gamulán bajo un brazo, mientras intenta restablecer la comunicación con su contacto –al parecer atacado-, pero al comprobar perdido el enlace, se conecta con la coordinadora Débora Sinclair y le solicita envíe las patrullas más próximas… Una vez en la salida, se asoma a la playa de estacionamiento y puede ver a dos oficiales conversando al pie de sus motocicletas, se coloca su chaqueta y tras pedir prestado un casco, salta sobre una y se lanza a toda velocidad hacia la torre Imperio, ubicada a unos pocos kilómetros de allí… En tanto, en el alborotado despacho de la oficial Sinclair, se presenta la perito forense Corbalán, con intención de enterarse qué motivó la intempestuosa salida del teniente…

Avenida del Pueblo.

Hora 19.05

Tras la alerta general, se activa el sistema de seguimiento urbano con cámaras y se destacan móviles y drones hacia el lugar…

Torre Imperio.

Hora 19.15

“Teniente Malkevich, en el lugar” –susurra en su celular, acercándose a la moto de José Antonio, con el arma en la otra mano…

El policía, camina con sigilo en el estacionamiento plagado de autos durmientes, lo primero que observa es la moto de agente sobre su pata de cabra y también el casco inteligente sobre el asiento, luego inspecciona atrás de la columna más cercana, sin novedad, hasta que por debajo de un coche, puede ver correr un hilo de sangre, da la vuelta y descubre a su compañero de origen afro, degollado… Mira a su alrededor y todo se ve tranquilo, excepto algún movimiento de vehículos, propio del lugar, hasta que la campanita del ascensor del frente y la luz -que indica subsuelo- se manifiestan, entonces él queda expectante, con el arma aún en la mano… Ni bien se abren las dos hojas, puede ver a Alejandro Quiróz en su silla de ruedas, traccionada por su guardaespaldas…

-¡Oh, teniente! –exclama con cierto asombro el lisiado- ¡Qué sorpresa!… Por las dudas le informo; vine a ver a mi patrón…

-Eso, a mí no me interesa.

-Bien… No quisiera pensar que me está siguiendo.

-Por supuesto que no, sólo vine por una denuncia…

-¡Ah, ya veo!… ¡Cayó un motochorro! -señala el anciano argentino, viendo el cadáver del moreno- ¡Andan por todos lados!… Este, seguro quiso robar un auto, por suerte no fue el mío…

Con las sirenas de las patrullas acercándose, Malkevich se da vuelta para no ver más la cara del sarcástico anciano, de inmediato y sin mediar saludos, el asistente lo lleva a su camioneta y comienza a subirlo… El teniente oculta su ira, pero sabe con certeza, que al joven oficial lo mandó matar este inválido motriz.

Hora 19.30

Luego de dar una inspección ocular alrededor de su colega muerto, el investigador toma el casco de su moto y tras subirse a una patrulla, se lo lleva.

Departamento de Policía.

Hora 21.00

La noche se adueñó de la ciudad y un viento frío exhorta a la gente a levantar las solapas de sus abrigos. En la calidez de la sala de informática, el detective Malkevich -aún dolido por el asesinato del policía motoquero- cuelga su gamulán para acercarse a Luciano Báez, un joven y destacado oficial, encargado del sector…

 -¿Qué encuentras muchacho? –le pregunta, viéndolo trabajar con la cámara de video del casco de José Antonio…

-Tengo toda la secuencia, teniente –le informa el operador, reproduciendo las imágenes desde el puerto USB del casco-. Desde que comenzó el seguimiento, hasta cuando llegó usted… Estaba en modo automático.

-Bien, adelántalas… Quiero ver desde la entrada al estacionamiento.

-Sí señor –le dice con respeto, el joven de aspecto atlético y rostro anguloso.

 -¿Puedes creer?, es la única prueba que tenemos –lamenta el maduro policía-, borraron los registros de las cámaras del estacionamiento y el pelotudo del encargado no sabe cómo ocurrió…

En eso, se oyen dos golpes en la puerta y Báez responde, pero sin quitar la vista del monitor:

-¡Adelante!

La puerta ciega se abre y aparece la médica forense Corbalán, enmarcada en ese espacio vertical, como una diosa viviente… El teniente gira y al verla desprovista de sus elementos de seguridad, se asombra al descubrir la tersura de su rostro…

-¡Ah, Yanina! Pasa, por favor.

-¡Perdón! Me dijeron que aquí podría encontrarte, te estuve llamando, pero me daba apagado…

La profesional entra a la sala repleta de dispositivos electrónicos y su atrayente perfume invade el ambiente…

-¡Ah sí, discúlpame! –responde Malkevich, tomándose la frente- Olvidé pasarte mi nuevo número, lo cambiamos después de recibir ese audio de las Justicieras.

-Entiendo –responde ella, acercándose…

-Ahora estamos revisando el video que tomó la cámara del casco de José Antonio –le aclara él-… Te habrás enterado…

-Sí sí, pobre muchacho, tan joven…

-Veintitrés años –interviene el oficial, elevando la vista por primera vez-, mi misma edad.

-Ah perdón Yanina, no sé si se conocen… El Ayudante Luciano Baéz, de ciberdelitos… La forense Yanina Corbalán…

-Encantada Luciano… A mí no me registras mucho, pues ando siempre por las catacumbas…

El oficial ayudante sonríe y tras darle la mano prosigue con el teclado, hasta detener la imagen en el momento en que José Antonio hablaba por celular con el detective…

-Sí, adelante –le indica Malkevich, acomodándose sus lentes bifocales.

“Teniente Malkevich”

En esa secuencia, la escena muestra una mujer rubia, de pelo corto, vestida de negro, acercándose felinamente con un cuchillo táctico en la mano…

 “Soy yo… Los seguí hasta al ascensor, lo llevaron al piso 18…”

Hasta que esa mujer lo sorprende por detrás, degollándolo…

“¡Aghhh!…”

“¿Qué pasa, José Antonio? ¡Responde!… ¡Mierda!”

-Es Irena Symanski –murmura entre dientes Malkevich, mientras la asesina desaparece del cuadro, del mismo modo que apareció-, lo supuse.

-¡Pero, qué hija de puta! –suelta el muchacho, dejando correr las imágenes.

-Es una exterminadora a sueldo –agrega el detective.

El joven operador no puede ocultar su pesar y baja la cabeza, a Malkevich le extraña esa reacción en un profesional, joven, pero profesional al fin, entonces le pregunta:

-¿Te afectan estos cuadros, no?

-José Antonio era mi amigo –responde con los ojos enrojecidos-… Entramos juntos a la Academia y éramos compañeros de cross.

-Entiendo, lo siento.

Se produce un pesado silencio, hasta que las imágenes en el monitor, revelan la entrada en escena del propio Malkevich.

-Puedes apagar eso, ya sé cómo sigue.

-Sí señor, gracias.

La médica forense se aleja hacia la puerta, sintiéndose dolida por el patético episodio y Malkevich, tras darle una palmada de consuelo al sufriente operador, va tras ella.

-Gracias Luciano –le dice en la puerta-, avísame si hallas algún otro indicio. Ya tengo lo que sospechaba… Te debo el café.

-Por nada, teniente –los saluda en operador-… Disculpe doctora.

-Por favor, Luciano… Lo lamento. Buenas noches.

Una vez en el pasillo, Yanina le dice a Malkevich:

-Te busqué para comentarte sobre el informe odontológico de los malandras…

-Ah sí sí, ¿qué has hallado?

-Nada revelador, sólo que dos de ellos tienen empastes molares de oro y por estos lares, este tipo de amalgamas no son usuales.

-Ah, tú dices que son extranjeros…

-Al menos no son de aquí, en Sudamérica hay países que aún siguen usando estas amalgamas. Mandé al laboratorio a analizar su composición, para mañana tendré un informe más preciso…

Mientras ambos dialogan sobre estos temas laborales, unos destellos luminosos filtrados por los ventanales, anuncian tormenta…

Hora 22.00

Sorprendidos por los incipientes relámpagos, policía y doctora deciden apresurar su salida del ambiente laboral… Él, viste un clásico pantalón de corderoy marrón, polera beige y gamulán y ella, un elegante trajecito de calle en pana azul, cartera negra y un abrigo de piel sintética en la mano, aunque no cuentan con algún elemento de protección para lluvia… Una vez en la puerta, las primeras gotas frías despabilan al teniente y le hacen recordar que su caballo mecánico, no lo espera -como siempre- atado al palenque…

 -¿Dónde has dejado tu camioneta? –pregunta ella, desactivando a la distancia la alarma de su coche eléctrico.

 -Entró al taller después de la persecución en el puerto –responde él, caminando a la par, mientras prueba -infructuosamente- encender un cigarrillo.

 -Puedo acercarte, pero en mi auto está prohibido fumar.

 -Si no te causa molestia, acepto –responde él, guardando su encendedor y tirando el cigarrillo mojado.

 Ambos abordan el automóvil de última generación, cuando la lluvia comienza a arreciar…

 -¡Guau! Parece una nave –exclama el policía, mientras se le ajusta automáticamente el cinturón de seguridad.

 -¡Sí, ja, ja! –festeja ella, encendiéndolo sin necesidad de la llave.

 -¿No me digas que ya está en marcha? –pregunta el detective acostumbrado a lo clásico.

 -Sí. Piso el pedal de freno y listo, aunque a ti te resultará extraño no oír roncar el motor ¡ja, ja!

 El silencioso vehículo da marcha atrás para salir de la dársena y antes de concluir la maniobra, Malkevich se sobresalta por unos golpes en su ventanilla.

 -¡Disculpe, teniente! –lo llama el joven oficial Luciano Baéz, bajo la lluvia.

 -Sí, muchacho… ¿Qué sucede? –le responde el detective, bajando un tramo el cristal.

 -Que… quería pedirle por favor que me ponga en reemplazo de mi amigo José Antonio… Sé moverme en moto como lo hacía él y deseo colaborar más de cerca en sus casos.

 -Pero a ti te necesitan donde estás-, responde el investigador, tratando de disuadirlo.

 -Podré con ello, teniente… Hay muy buenos técnicos informáticos en lista de espera que prefieren ese trabajo, al de la calle… Por favor, hable con el comisario, es muy importante para mí.

 Mientras el limpiaparabrisas va y viene, el joven oficial sigue bajo la lluvia, luchando por la aprobación, que al parecer persigue una:

 -¡Venganza! Eso es lo que buscas muchacho y te puede jugar en contra…

 -Quiero ayudar a combatir el delito desde otro escenario, teniente. Pruébeme; deme una oportunidad…

 -De acuerdo –dice finalmente, Malkevich-, veo qué puedo hacer, nada prometo.

 -¡Gracias, teniente!… Muchas gracias, no le fallaré…

 -Ahora ve a secarte, te pescarás un resfriado.

 -¡Sí claro!

 El vehículo se pone en movimiento lentamente y Malkevich aprovecha para gritarle algo por la abertura de la ventanilla

-¡Puedes comenzar vigilando y grabando a ese viejo decrépito. Hemos colocado cámaras en su oficina del frigorífico Central!

El coche se aleja y el joven levanta su pulgar aceptando la petición. Malkevich alza el cristal y comienza a secar sus lentes…

Hora 22.20

Por las calles de la ciudad.

El vehículo de la forense se desplaza al ritmo del tráfico urbano, cuando un relámpago seguido de truenos, abren el grifo nuboso…

 -Este chico está dolido y busca vengar a su amigo –comenta Yanina, concentrada en la conducción.

 -Opino lo mismo –agrega Malkevich, relajándose en la calidez del habitáculo- y ello le ayudará a agudizar su instinto de supervivencia para cumplir su cometido.

 -Es impiadosa esa mujer rubia.

 -Ajá -reafirma el detective-. Le gusta “trabajar sola”, los matones los usa de apoyo y son locales.

-¿Ya lo sabes?

-Sí, por el tipo de armas que usan –revela él, mientras manipula el celular-. Te dejo una llamada para que registres mi nuevo número.

-Dale, gracias. ¿Qué decías de esa asesina?

-Es experta en lucha y enfrentamientos tácticos…

-Nada que una bala en la cabeza no pueda.

-¡Hey, muchacha! Baja un cambio… La función de la ley –representada por nosotros-, es detenerla y arrestarla…

-Mejor, que no se cruce en mi camino…Yo no soy policía, trabajo para ella, no lo olvides, teniente.

-Para ser una doctora, tienes bien definidos estos conceptos.

-Primero, soy mujer y madre… Imagino el dolor de la mamá de José Antonio…

-Es verdad, no le podremos comunicar personalmente la noticia, ella se encuentra en la República Dominicana.

-A esta tal Irena –la mercenaria-, ¿la habrá contratado el Pulpo? –deduce ella, mientras digita la pantalla táctil que coordina las funciones de todo el vehículo.

 -¡Hey, qué bien informada estás! –se sorprende él, viendo las secuencias de imágenes que se proyectan en la pantalla frente a ellos.

 -Tengo amistades y la información trasciende, teniente –define ella, seleccionando la imagen de unos leños ardiendo, que aportan tibieza a la noche tormentosa.

 -Ah, pero mira qué bien –se asombra él por la confortable tecnología a disposición-… Ahora sólo falta una copa y música… Si es celta, mejor…

 -Todo se puede -agrega ella, tomándole una mano para enseñarle-. Música, hay aquí, toca; pero la copa, tendría que ser en casa…

 Visiblemente contrariado, el adusto policía se deja llevar y con su índice regordete empieza a buscar un tema preferido dentro de la grilla musical, pero un conductor imprudente se cruza y obliga a Yanina a frenar bruscamente, provocando el desliz del tosco dedo a otra sección táctil y en la pantalla aparece un noticiero…

 “Camila sólo tiene trece años… Por favor a quien la tenga, le ruego que me la devuelva… es mi única chiquilla… Su padre murió hace poco por el coronavirus y yo no sé que hacer…”

 -¡Oh, mierda! ¡Qué oportuno! -masculla él, sin saber cómo quitar ese canal…

 -No no, déjalo –le dice ella, retomando la conducción-, son las niñas desaparecidas…

 Esta madre desesperada envía su súplica por los medios y en pantalla partida se van exhibiendo las fotos de otras dos adolescentes, mientras una periodista en off relata:

 “DESPUÉS DE ACTIVAR LA “ALERTA AMBER” MUNDIAL, MÁS LA “ALERTA SOFÍA” EN ARGENTINA Y LA “ALERTA EMILIA” EN ECUADOR…Y DESDE HACE DOS DÍAS, CON UN DESPLIEGUE POLICIAL NUNCA ANTES VISTO, AÚN NO HAY NOVEDADES DE LAS TRES ADOLESCENTES, PRESUMIBLEMENTE SECUESTRADAS POR UNA ORGANIZACIÓN DE TRATA INTERNACIONAL…”

 “Trata de blancas” –asegura Malkevich-. Buscan jovencitas para venderlas, si son vírgenes, mejor… Y Quiróz está involucrado…

 -La policía debe hacer algo y rápido, Horacio –urge ella, golpeando el volante con un puño.

 -Estamos haciendo, Yanina.

 -No lo suficiente, muchacho… No lo suficiente…

A la misma hora, en otra parte de la ciudad.

En un lujoso piso tipo loft, tres adolescentes se encuentran cómodamente sentadas en un sofá de varios cuerpos, se trata de las desaparecidas en distintas provincias del Interior, jovencitas, que probablemente no conocen ciudades con rascacielos de vista al mar, como en el que ahora se encuentran… Las tres contemplan hipnotizadas un canal de música moderna, que desde de una gran pantalla curva emite vertiginosos ritmos juveniles. Afuera, esporádicos relámpagos en el horizonte iluminan esta noche tormentosa, permitiendo distinguir algunos yates amarrados en un puerto. Las adolescentes visten ropas de primeras marcas y adecuadas a su edad y al parecer, se sienten cómodas, pues disfrutan de su estadía mientras toman jugos y gaseosas… Una puerta se abre y entra una mujer joven -de rasgos orientales- cubierta con una especie de kimono.

 -Hola chicas, ¿cómo están? –les dice, entregando una computadora portátil a cada una-… Soy Yhamira y me voy a encargar de su estadía hasta que viajen; veo que han elegido indumentaria muy a la moda… ¡Las felicito!

 Las jóvenes asienten casi al mismo tiempo, mostrando cierto grado de timidez.

 -¿Saben usarlas, cierto? –pregunta la mujer, sobre esos dispositivos electrónicos, comunes a cualquier adolescente- Ah, les aclaro que por la tormenta estamos sin internet y hay funciones inoperantes, ¿okay?

 Las tres -más confiadas- vuelven a asentir.

-Les comunico que pueden quedárselas, son suyas…Después de la experiencia, podrán llevárselas a sus casas…

Las tres sonríen y este bienestar se reproduce en monitores ubicados en otro piso, bajo la atenta mirada del “pulpo” Méndez y alguien más.

-Se ven bien –comenta Irena Symanski, desde la sombras, en un trabado castellano.

-Debemos cuidarlas como frutas de exportación –responde Méndez, de pie, mientras fuma un habano y disfruta de un trago…

-¿Cuidarlas como frutas? –replica la mujer polaca.

-Las manzanas o peras magulladas, no pueden ser seleccionadas para el mercado internacional, pierden su valor…

-Entiendo –lo sigue la mujer, observando a las chiquillas en la pantalla, mientras él sentencia…

-Y si están mordidas, no valen nada.

-¿Las tres son vírgenes?

-Sí.

-Mercadería valiosa para tus compradores –califica la mercenaria rubia, responsable de la seguridad y traslado de “esa mercadería”.

-Sí, esta cofradía es muy especial, no las quieren sometidas, ni drogadas y mucho menos abusadas…

-Mmm, increíble –se interesa Irena, enfundada en un mono negro de cuero sintético-, las requieren inmaculadas y sin vicios, en un mundo donde se promulgan las experiencias y las prácticas, como una exigencia para llegar a la consagración.

-Esa filosofía no me la planteo, no me interesa la religión, la política, ni la ética… Esto lo tomo como un negocio, un buen negocio y nada más -define el hombre de voz áspera, dando un buen trago a su vaso de whisky.

-Cuanto más sepas con quién operas, tanto mejor harás tus negocios –retruca la mercenaria de ojos claros, denotando ambición en su mirada.

-Puede ser –reconoce Méndez, algo fastidiado-… Sólo sé que se trata de una secta o algo así, buscan cierta clase de jovencitas, castas y puras, pero no tengo idea para qué… Nosotros sólo las captamos, las preparamos y las trasladamos, eso es todo.

-Mientras paguen bien…

El ejecutivo, que viste un traje elegante y usa el cabello lacio peinado hacia atrás, le da una ojeada a otros monitores, en donde se ven varias dependencias en distintos pisos del edificio vertical… De esta forma, lleva el control de un amplio gimnasio, una piscina y un moderno quirófano o sala de cirugías, todo ello vigilado por personas de civil, que parecen centinelas…

-Sirve… Todo sirve, Irena… Lo que a ti debe importarte, es hacer bien tu trabajo y asegurarte de tener alejados a los curiosos… Nada más.

Frente a las adolescentes sentadas, la mujer oriental presiona un control remoto y en la pantalla curva aparecen variados platos gastronómicos, luego se acerca y les señala cómo elegir la cena. Teniendo en cuenta sus edades y costumbres adolescentes, las tres digitan los códigos de las “comidas chatarra” más comunes, aunque una -al parecer la mayor- además, se anima a pedir una cerveza.

-Mmm, sobre la bebida con alcohol tendría que consultar –le comenta Yhamira-. ¿Qué edad tienes, Antonella?

-Dieciséis, señora.

-Yhamy, puedes decirme.

-Dale, Yhamy.

-Mientras preparan lo ordenado –manifiesta la mujer, sentándose frente a ellas-, cuénteme si las doctoras las atendieron bien durante la revisación…

-Sí, sí, bien –responde Antonella, la más extrovertida-. Yo, nunca había pasado por un examen físico tan completo, mejor que para el colegio.

-Sí claro –comienza a explicarles la mujer-… Este “reality” es muy exigente y participan chicas de todo el mundo.

-En la página decía “Gran Hermano Kids” –anexa otra, con alguna reserva en sus gestos-… A mí, lo que más me gusta, es que ¡vamos a conocer a nuestros ídolos!

-¡Ah bien! ¿Y cuáles son tus ídolos, Marina?

-Miley Cyrus, Selena Gómez, Nicki Nicole…

-¡Yo adoro a los influencers que van a estar! –agrega con brillo en los ojos, la que aparenta menos edad…

-¡Ah sí, claro que sí Camila! Ahora, díganme cómo hicieron para que sus padres no se enteren de estas decisiones… Saben guardar secretos, ¿verdad?

-Yo no tuve problemas –arranca Antonella, la mayor-. Es más, no sé si se han dado cuenta de que no estoy, porque a veces duermo en lo de mis amigas…

-¿Te parece que mamá y papá no han notado tu ausencia, Antonella?

 -Mi madre siempre está ocupada con sus cosas y mi papá, se la pasa viajando… Disculpe Yhamy, acá no se puede fumar acá, ¿verdad?

La mujer de rasgos orientales le niega con la cabeza y luego se interesa por la de quince años…

-A mí no me controlan la compu, ni el celu –confiesa, Marina-. Yo manejo mis tiempos y selecciono a mis amistades… ¿Tengo derecho a la privacidad, no? ¡Y bueno, me anoté y ya!

-¿Y tú, Camila? –se apresura a preguntar la mujer, notando a la más chica, muy temerosa.

-Y, yo no estaba muy segura de anotarme, sabía que mi mamá no me iba a

dejar si se lo decía…

-Entiendo y tu papá, menos.

-Mi papá murió hace poco.

-Ah, lo siento Camila… Pero no te preocupes, has tomado una buena decisión, mañana -muy temprano- estarás en camino a esa experiencia única y fabulosa y conocerás un mundo de ensueño con palacios y sultanes como en los cuentos… Además conseguirás mucho dinero para ayudar a tu familia, como te prometimos… Sólo deberás hacer lo que te digan y listo… ¡Así de sencillo! Después, nosotros nos encargaremos de darles las buenas noticias a tus padres y la fecha de tu regreso para que vayan a recibirte al aeropuerto, seguramente estarán los medios y todos tus amigos aguardándote…

Los ojos de las tres adolescentes se agrandan.

-Ahora díganme… ¿Alguna vez, viajaron en avión?

Las tres niegan con la cabeza…

-Bueno, prepárense para vivir una experiencia de película… Después de cenar irán, a descansar para encarar ¡el gran día que les espera!

Continuará…