Algunas la reclaman… Otras la exigen… Otras la imploran… Estas… ¡La ejecutan!

Historias seriales de Osvaldo Roble.

 Diseño de portada Mica Fernández.                                                                                    

NARRACIÓN DE HISTORIAS SERIALES INSPIRADAS EN INFINIDAD DE HECHOS REALES.

LOS NOMBRES DE PERSONAS Y LUGARES SON FICTICIOS, AUNQUE PODRÍAN EXISTIR ALGUNAS COINCIDENCIAS CASUALES. CONTENIDO ADULTO.

DERECHOS RESERVADOS EX-2021-45772127- -APN-DNDA#MJ

ESTA OBRA, LA DEDICO A LAS VÍCTIMAS DE VIOLACIONES, MALTRATOS Y ABUSOS… Y A LA VALENTÍA DE AQUELLAS/OS QUE SE VAN ATREVIENDO A ENFRENTAR Y DENUNCIAR A QUIENES EJERCEN ESTAS PERVERSIDADES…







La injusticia en cualquier lugar, es siempre una amenaza a la justicia de cualquier parte.

                                                                                                                                             Martin Luther King











                                                                               PRIMERA TEMPORADA.

CASO CLAUDINE SÍNGERMAN

                                                                                       CAPÍTULO I

Ocurre en una populosa ciudad latina.

Primer martes de mayo de 2021.

Hora 03.00 ESCENARIO 1

Es de madrugada, en la penumbra de un galpón abandonado, un hombre de unos cuarenta años se encuentra totalmente desnudo, atado de pies y manos a una robusta silla, con su boca amordazada y los ojos vendados… Al cabo de unos segundos, en ese ambiente polvoriento, frío y brumoso, comienzan a materializarse varias figuras que lo rodean de manera ordenada y silenciosa. El hombre se encuentra atado y privado de todos sus sentidos, excepto del oído y en ese órgano tiene concentrada toda su atención; sólo puede mover su cabeza y así lo hace, intentando detectar los pasos cadenciosos que se van acomodando a su entorno. A pesar del frío reinante, su cuerpo velloso transpira de nerviosismo, sus muñecas -fuertemente sujetas por detrás- sangran por el esfuerzo de liberarse y sus tobillos -atados a las patas traseras de la silla- hacen que sus piernas queden abiertas impidiéndole cualquier maniobra. De pronto, un sonido particular lo sobresalta y el sujeto queda expectante…

 -¿Cómo te sientes Juancito? –le pregunta una mujer de bellas facciones, cubierta por una túnica violeta, mientras apoya -frente a él- una laptop sobre un viejo carrito de herramientas.

 Cuando el hombre comienza a menear la cabeza intentando decir algo, la mujer le quita la mordaza de la boca…

 -¿Cómo llegué aquí, qué pasó? –es lo primero que balbucea, tratando de recordar.

 La mujer no le responde, sólo le retira la venda de los ojos y el hombre descubre la situación; puede ver la computadora portátil encendida, pero sin imágenes y luego le dedica una mirada de intriga a la interlocutora…

-¿Quién eres? –le pregunta, de mala gana- ¿Qué mierda quieres?

 -¿Quién soy?… No importa –retruca la atractiva mujer-… ¿Lo que quiero?… Ya te darás cuenta.

 -¿Y esto qué es? –pregunta entonces él, con cierta arrogancia- ¿Un rito satánico?

 -Casi –responde la mujer, dejando caer su túnica para quedar desnuda frente a él…

 -¡Ah, ahora entiendo!… Me estás haciendo una fiestita privada… Seguro la bienvenida de los muchachos… ¿Quién te pagó? ¿El gato Andrés?…

 La escultural mujer, comienza a contorsionarse con movimientos sensuales frente a él, sin tocarlo.

 -¿El petiso Miguel?… ¿O Barrabás? –continúa adivinando el hombre, ya excitado y concentrado en el ángel tatuado entre los senos femeninos.

 La mujer continúa su danza en silencio, hasta lograr la erección del hombre que ríe con soberbia y disfruta de ese espectáculo, a pesar de su inmovilización.

 -Bueno, ya la tienes como quieres, ahora bésala –le dice el hombre acostumbrado a fiestas sexuales.

Después de unos segundos, en medio de la excitación, el hombre abre su plano de visión y puede observar difusamente a una docena de mujeres con caretas blancas y túnicas violeta, formadas en un semicírculo frente a él… En un momento determinado, la mujer activa la computadora que comienza a mostrar imágenes de una jovencita en escenas familiares, mientras el hombre sigue en su estado de excitación sin cuestionar lo que sucede, pero espía esas imágenes como esperando algo más y ese algo más, llega enseguida…

 -¡Pero, qué mierda! –reacciona él, sin perder la erección.

 -¡Bien!… La has reconocido, ¿verdad, Juancito?

 El hombre se espanta, porque sabe quién es la adolescente de las imágenes e intenta desembarazarse de sus ataduras y no puede… La mujer danzante toma su túnica y se la coloca nuevamente, mientras se acerca una de las espectadoras enmascaradas, con una gran tijera de podar en una mano… Al ver esto, el hombre sobredimensiona sus ojos y de la impresión se impulsa hacia atrás, cayendo atado a la silla para quedar boca arriba y desde ahí comienza a insultar…

 -¡PUTA, IGUAL QUE ELLA! ¡ESO ES LO QUE ERES! ¡UNA GRAN PUTA! – grita, sin poder evitar que su pene se relaje…

 Una vez frente a él, la mujer de la gran tijera se levanta la máscara y al parecer el hombre la reconoce, pues grita más fuerte…

 -¡AH SÍ, TU HIJA ME DIJO QUE LE GUSTABA Y QUERÍA MÁS! –se desgañita desde el piso, con su miembro aún erecto-… ME PROVOCABA, COMO USTEDES AHORA… ¡PUTAS DE MIERDA! ¡TODAS USTEDES!

 En el amplio galpón, sólo reverberan los gritos desaforados del hombre que está viendo llegar la muerte… Y esta, no se hace esperar, pues la portadora toma la tijera con ambas manos y de un solo corte le secciona su aparato genital completo.

 -¡AAAHHHGGGHHH!!! -Es el grito de dolor del hombre, que al exhalarlo, despide una bocanada de vapor y de inmediato comienza a desangrarse por su zona baja, despidiendo chorros rojizos generados por el intenso bombeo de su corazón…

 -¡Por favor, no me dejen así! ¡Me arrepiento!… ¡No lo haré más!… ¡Me equivoqué! –son lo ruegos desesperados del hombre, que ve cómo se le escapa la vida por esa violenta mutilación…

Con la misma parsimonia que entraron y en perfecto orden, las mujeres se retiran llevándose la tijera ensangrentada y la computadora portátil.

-¡Conchudas vengativas! ¡Son peores que yo! ¡Irán al infierno y ahí las cogeré…! -son las últimas palabras que se oyen de este hombre, padeciendo ya su lenta y sufriente agonía…

                                                                  

                                                                            12 HORAS ANTES…

En una cárcel de máxima seguridad, a pocos kilómetros de una populosa ciudad latina.

Juan Calderón, un recurrente violador, había sido condenado a 30 años de prisión hace unos diez, pero como ocurre a veces, por cuestiones “políticas, judiciales y circunstanciales”, esta tarde recupera su libertad de manera condicional. Dentro de su celda, ya vestido con elegante ropa civil, Calderón ve llegar a los dos guardias que abren la puerta de rejas y les dedica una dura mirada, pero ellos le retrucan con una sonrisa.

 -Te vamos a extrañar, Juancito –le dice uno de los guardias, mientras mete una mano dentro del bolsillo muslero de su pantalón, para sacar dos porrones de cerveza mejicana.

 -Trajimos unas cervecitas para la despedida –agrega el otro guardia, exhibiendo la tercera-, gracias a ti, estas nunca faltaron por aquí…

Calderón los mira con recelo, pero al ver que las abren con destapador toma confianza y tras chocar las botellitas frías, decide tomar del pico. Después de brindar, salen y caminan por el largo pasillo entre celdas hacinadas de reclusos. El hombre, de aspecto tenebroso y barba de una semana, sólo mira hacia el frente y desoye todos los comentarios que profieren a su paso los ex compañeros.

 “Hey Juancito, ¿vas por carne fresca, no?”

 “¿Te cansaste de nuestros ortitos, Juancho?”

  “Canta a quién has arreglado, violín…”

 Después de pasar por la segunda puerta de rejas y tras el típico chicharreo de la alarma, los tres llegan a un pañol alambrado en donde otro guardia le entrega sus pertenencias; un valioso reloj de oro, una cadena con un gran crucifijo ciego y anteojos de sol además de sus documentos. Los carceleros lo miran con respeto y algunos hasta le dan la mano para despedirlo… Calderón se coloca el reloj de pulsera, la cadena y por último los lentes, para comenzar a recorrer –ahora solo- el camino hacia su libertad… Unos cincuenta metros lo separan del portón principal, ahí es aguardado en un auto moderno, por un hombre con aspecto de patovica. Mientras el ex presidiario camina, un guardia anónimo sigue sus movimientos desde uno de los controles en altura y lo transmite por celular a modo manos libres…

 “Va saliendo, lo esperan en un BMV negro, patente…”

 Desde un sitio remoto, dentro de una camioneta van con vidrios polarizados, la comunicación es tomada por una mujer, quien después de escribir el número de patente en un anotador, responde:

 “Comprendido, gracias.”

 Una vez traspuesto el portón, Calderón reconoce al gigantón que lo espera y tras saludarlo con un choque de puños, se sienta junto a él y se coloca el cinturón de seguridad. El auto se pone en movimiento y lentamente comienza a recorrer el tramo mejorado hasta llegar a la ruta… Calderón baja la ventanilla para disfrutar del sol y el aire fresco que otorgan los frondosos eucaliptos apostados a ambos lados. Una vez en la ruta, la toman hacia su izquierda mezclándose en el escaso tráfico de la tarde, pero sin darse cuenta, que desde cierta distancia son seguidos por un vulgar automóvil blanco. Unos minutos antes de alcanzar la autopista urbana que conduce a la ciudad y en un tramo poco transitado, una camioneta van gris -de vidrios oscuros y sin patentes- los roza al pasarlos y les rompe el espejo, para seguir su camino con una circulación zigzagueante.

 -¡Pero, qué borrachos hijos de puta! –reacciona el conductor afectado, acelerando para darles alcance.

 -Tranquilo Pulgarcito –déjalos ir–, le sugiere Calderón, como queriendo esquivar problemas.

 -¡Ni loco, Juancho! Hace una semana lo saqué de la agencia, el jefe me va a castigar si no le llevo los datos, fíjate, ¡ni patente tiene!…

 La van de vidrios oscuros sigue su trayecto errático, pero prontamente es alcanzada por el BMV -que se pone a la par circulando en contramano- y el patovica comienza a increpar al conductor…

 -¡Párate ahí, hijo de puta! –lo insta, con el coche casi pegado.

 El conductor, resulta ser una conductora con gorrita-visera y lentes, que con una lata de cerveza en la mano va y viene en la conducción sin aminorar la marcha. El BMV no puede hacer que se detenga, entonces Calderón, molesto por el viento entrante y por sentirse en medio de una discusión, abre la guantera, toma una pistola y tras accionar la corredera para cargarla, le apunta a la conductora, aunque sin notar que por una abertura de las ventanillas oscuras, viene asomado el caño de un fusil que se le adelanta y le dispara un dardo… El pequeño dispositivo se le clava en el cuello, desmayándolo en el acto y haciéndole perder la pistola en el camino. A todo esto, el gigantón saca un arma de su sobaquera dispuesto a disparar, pero un tiro certero en una rueda trasera lo desestabiliza y tras un ruidoso zigzagueo, este se detiene. La van se pone al lado y tras abrirse una puerta corrediza, salen dos personas de gorrita que armadas con fusiles se anticipan a Pulgarcito y le disparan en la cabeza. En una rápida operación, Calderón es capturado inconsciente por los dos sujetos, mientras la conductora aguarda atenta, lo introducen en la camioneta por la puerta trasera y salen del lugar velozmente. En esos momentos -desde el auto blanco de apoyo- salen dos mujeres que rocían con bidones de nafta el BMV y lo incendian, para luego retirarse, con pocos testigos a la vista…

                                                               

                                                                    VOLVIENDO AL ESCENARIO 1

Primer martes de mayo del presente año.

Hora 05.00

En el galpón abandonado que supo albergar máquinas viales, la estructura oxidada rechina con el viento, el silencio de una madrugada fría y destemplada, encuadra la patética escena de un hombre atado a una silla y acostado sobre su espalda, con su zona genital seccionada. Y como evidencia del acto carnicero, yacen sus partes íntimas, en medio del reguero de sangre que buscó la rejilla más próxima para decantar… Contemplando semejante cuadro, el sargento Julio Quiroga, un maduro policía de homicidios -de baja estatura- le comenta a su superior:

-Este capítulo, yo lo caratularía con la “V” de venganza…

  -Que podremos cambiar a la “J” de justicia -le responde el teniente Horacio Malkevich, un detective curtido por los años, ya sin espacio para el asombro-. Es, era Juan Calderón… No le han quitado el Rolecs, ni la cadena de oro.

 -¿Juan Calderón, el violador? –ratifica Quiroga, pasándose una mano por su calvicie-. Entonces no hay dudas, fue ajusticiado…

En el sitio preservado con cintas de seguridad, abarrotado de patrulleros y personal especializado, los detectives -vestidos de civil- se acercan a la escena del crimen esquivando fotógrafos policiales.

-Tiene razón jefe, robarle a estos tipos, puede llegar a ser más peligroso que matarlos –filosofa irónicamente Quiroga, agachándose para ver de cerca el cadáver…

El teniente, de complexión robusta, barba y lentes bifocales, se coloca guantes de látex y se acerca al muerto para tocarlo.

-El cuerpo aún está caliente.

-Sí y no lleva más de tres horas muerto –estima Quiroga-… Esta vez llamaron enseguida, querían que se sepa rápido, los medios ya llegaron…

-Mmm… Avisaron al 911, ¿no? –masculla Malkevich, en cuclillas.

 -Así es y como de costumbre, desde un teléfono no rastreable –revela Quiroga, caminando en torno al muerto-. Ya es el cuarto caso de estas justicieras…

 -El mismo modo operativo -comenta el teniente, rescatando algo del charco de sangre con la punta de su birome-, secuestro, juicio y sentencia…

Malkevich deja escurrir la sangre de un papel embebido y ahí puede leer una nota que dice: “uno menos”… Después de mirarla de cerca, la deja caer dentro de una bolsita hermética que guarda en un bolsillo y se pone de pie. Luego camina tratando de no mezclar sus huellas con las demás y se dirige al carrito de herramientas dejado enfrente del muerto, la inspecciona por detrás y puede ver unos sobres de medicamentos.

  -Esteee, calzaba bien el susodicho parece -murmura Quiroga, observando el tamaño del miembro seccionado…

 -Mmm…No estaba muerto –afirma el teniente, pero la intrigada mirada de su subordinado, le obliga a aclarar: El pene, digo…

 -Ah, de eso no sé mucho, jefe… ¿Por qué lo dice?

 -Le dieron Viagra como para un burro.

 -Ah, ¿la pastilla azul?

 -Parece que las conoces, Quiroga –le insinúa Malkevich, mostrándole cinco blíster vacíos de dos unidades…

 -Algo, ja, ja… Estas son masticables, las que se disuelven en la boca.

 -Ah, muy bien, veo que entiendes bastante –le dice el teniente, esbozando una sonrisa, al tiempo que guarda los envases en otra bolsita.

 -Y de qué más entiendes, Quiroga…

 -Algo de pesquisas…

 -¿Por ejemplo?

 -Que a juzgar por el polvo pisoteado, hubo más de diez personas formando el semicírculo y alguien apoyó algo en esta mesa…

 -Bien –responde el teniente, encendiendo un cigarrillo, después de haberse quitado los guantes-, entonces no tenemos dudas de quiénes fueron…

 -Yo, ninguna –responde con seguridad, Quiroga, mirando las inscripciones en aerosol dejadas en la pared: “Si la usas para violar… Te la vamos a cortar”-, como tampoco cuál fue el móvil… Sólo nos queda descubrir quiénes son estas… Justicieras.

-Y quién será su próxima víctima –agrega el teniente-. Nos vemos en la morgue.

Morgue en el Departamento de Policía.

Hora 08.00

La médica forense -de bien llevados cuarenta años- Yanina Corbalán, aunque se halle en plena ejecución de la autopsia, no puede ocultar las protuberantes curvas de su cuerpo bajo el uniforme verde, ni sus bellas facciones semi-cubiertas por el barbijo, lentes y cofia… Y esto, es bien contemplado por el teniente Malkevich, mientras se le acerca, seguido de su compañero de investigaciones, Julio Quiroga.

 -En ese gabinete hallarán equipo de protección presencial, caballeros –les dice la forense, sin abandonar su tarea de exploración dentro de la cavidad bucal del mutilado Juan Calderón.

 -Buen día Yanina, ¿cómo estás? –dispara el teniente, mientras se coloca barbijo y cofia.

 -Bien, gracias –responde ella, dedicándole una fugaz mirada-… Estoy intrigada por el móvil que determinó la suerte de este occiso, nadie se toma el trabajo de provocar un estado de priapismo semejante, sólo para ejecutar una venganza por infidelidad…

 -¿Por qué murió, Yanina? –inquiere el teniente, haciendo lugar a la conjetura apresurada de la forense.

 -Paro cardiorrespiratorio por hemorragia traumática.

 -¿Murió por la mutilación, entonces?

-Sí.

-Eso quiere decir que lo… lo caparon estando vivo –deduce tímidamente el sargento.

-Sí, obvio Quiroga –afirma el teniente.

-Estando inconsciente, le llenaron la boca con estimulantes sexuales y eso le provocó un estado de priapismo isquémico –determina la forense.

 -¡Es verdad! –responde Quiroga, exhibiendo los cinco sobres vacíos que hallaron en el lugar-, encontramos estos, ¿Son de Viagra masticable, cierto?

 -¡Ah muy bien, sargento! –magnifica el aporte la doctora, observando el envoltorio farmacéutico- Los conoce… Bueno, el laboratorio confirmará los detalles…

 Por más que la morgue cuente con buena iluminación y moderno equipamiento, la morgue siempre será un espacio lúgubre y frío y ello se refleja en la mirada del pequeño sargento, quien no puede disimular su aprensión al lugar.

 -¿Golpes, moretones? -pregunta secamente el teniente, aludiendo al estado de inconsciencia mencionado por la forense.

 -No, sólo este pinchazo en el cuello -les indica ella, moviéndole levemente la cabeza-, tal vez para dormirlo…

 -¡Ajá! –cierra el teniente, al parecer satisfecho por lo revelado- Mientras esperamos tu informe y el del laboratorio, seguiremos avanzando… ¡Gracias Yanina, te debo el café!

 -¡Mmm! Prefiero que no me debas nada –le responde la profesional, dedicándole una mirada suspicaz…

 Los dos investigadores se retiran y mientras transitan por los pasillos del edificio, comentan…

 -Lo tiene calado, jefe.

 -No le gusta el café –sentencia el teniente, mientras enciende un cigarrillo…

 -Mmm, entonces no continúe prometiendo lo mismo… ¿Probó con chocolates o flores?

 -Eso es anticuado, Quiroga.

 -Pero funciona muy bien –con Clarita, ya llevamos seis años juntos…

 -Esta mujer, no es como Clarita –reconoce el teniente, sacando el celular de su bolsillo.

  Luego de un marcado automático, Malkevich se contacta con alguien del departamento de policía…

 -Hola Débora, cómo estás… Sobre este caso, Calderón. Necesito que me vayas armando un listado cronológico de su prontuario, especialmente los hechos de violaciones… Quiero nombres y direcciones de familiares directos, por favor. En un rato estamos por ahí. ¡Bueno, mi amigo! A trabajar…

Departamento de Policía.

Hora 09.30

Débora Sinclair, es una madura oficial principal de homicidios, por quien pasan todos los archivos criminalísticos del Distrito Federal. Teniendo en cuenta sus veinte años de trayectoria, no es extraño encontrarla metida entre carpetas y archivos digitales, pero dentro de ese desorden, ella sabe hallar la respuesta a cada petición…

 -¿Cómo estás Débora? -la saluda Malkevich, luego de entrar a la oficina seguido de su fiel sabueso, Quiroga.

 -Hasta ahora, bien –refunfuña la oficial, recibiendo informes impresos de sus asistentes-… Espero encuentres rápido la punta del ovillo de estos casos, más investigas, más castrados hay…

 -Con Calderón, apenas si son cuatro –farfulla el teniente-… En un universo de miles de violadores, abusadores y otras yerbas, eso no es nada…

 -Sí, pero esta vez cocinaron a otro en el auto…

 -Ah, ¿y de quién se trata?- pregunta Malkevich, como al descuido.

 -Un matón de apellido Sánchez, alias Pulgarcito. El automóvil estaba a su nombre, era uno de los guardaespaldas del “Pulpo Méndez”.

 -¿El capo de la comida chatarra? –interviene Quiroga.

 -Ajá.

 -Mmm, parece que estas chicas están decididas a todo –opina Quiroga, mientras se sirve un chocolate caliente de la expendedora-… Esta vez fueron más lejos…

-Calderón no cumplió la condena –prosigue la principal Débora-. Le dieron treinta años, pero sólo estuvo diez; salió bajo libertad condicional… No me pregunten quién se la otorgó ni cómo pasó, sólo sé que a este, le abrieron la jaula y no por el coronavirus…

-Vaya a saber cuánto pusieron para sacarlo –desliza el teniente-, la verdad, estaba más seguro adentro…

 -Desde ya –reconoce la oficial, reuniendo unos papeles-, las justicieras, tal vez quisieron dejar un mensaje.

 -¿A quién? –pregunta Quiroga.

 -A los que no cumplen sus condenas –responde Malkevich.

-A los tres anteriores, les sucedió lo mismo –intercede Débora-, ¿no?

 -Mmm, no exactamente –corrige Quiroga-… A este, lo castraron estando vivo…

 -Esta clase de criminales no entienden las advertencias –opina la psiquiatra y psicóloga Sofía Venturini, entrando en escena…

 En un mundo manejado -cada vez- por más mujeres, el cuerpo de Policía Federal, no es la excepción, por tal, entre sus filas cuenta con profesionales de mentes abiertas, intuitivas y calculadoras como la de Sofía Venturini, una mujer de talla baja, pero alta precisión en sus definiciones…

 -Teniente, sargento –dice la oficial Débora desde su escritorio-, la doctora Sofía Venturini, estudia las cabezas de quienes cometen este tipo de aberraciones.

 -Ah sí, las violaciones…que ahora se le suman las castraciones… ¡Ja, ja, ja! –bromea Quiroga, extendiéndole la mano.

 -Ambas perversiones merecen ser estudiadas -responde con gesto simpático, la psicóloga-, el violador viola por instinto natural y no siente culpa y al no existir culpa, no tiene arrepentimiento. Y estas castradoras, lo hacen para ejecutar una venganza, encubierta bajo el pretexto de impartir justicia… Acá hay mucha tela para cortar…

 -Hablando de cortar, doctora –comenta Quiroga, apurando su infusión-, a mí se me hace, que a estos violadores los están ajusticiando en una suerte de “ojo por ojo” y de paso, les dejan una advertencia a los que estén planeando algo así…

 -Justamente… Ciertos perfiles de violadores no se caracterizan por “planear sus acciones”, como podría ser robar un banco o ejecutar a alguien, ellos actúan y se entregan a sus actos, muchas veces sin planearlo… Fíjese en las estadísticas, la mayoría de las violaciones ocurren dentro del ámbito familiar o cercano a la víctima…

 -Pero saben, que están haciendo un mal –retruca Quiroga.

 -Cuando lo están haciendo, sí. Es más, algunos disfrutan y se excitan con el sufrimiento de la víctima…

 -¡Mmm! Parece que eso también vale para las justicieras –opina Malkevich, mostrando desde su celular la inscripción en aerosol dejada en la pared:

 “Si la usas para violar… Te la vamos a cortar”

 -Claramente, es la exacerbación de la excitación -desliza la oficial Sinclair, como queriendo cortar la sesión de diván-. Bien, acá tienes lo que me has solicitado de Calderón; historial de casos, dirección de sus familiares y contactos…

 -Buenísimo Débora, me interesa todo lo que encuentres, especialmente sus hechos más relevantes…

 -De acuerdo, reuniré lo que pueda, pero lo más destacado de este asesino fue la violación seguida de muerte de Claudine, ¿te acuerdas?; la jovencita que apareció en el freezer de la hamburguesería.

 -Ah, ahora encuentro la conexión con el Pulpo, este es el dueño de una cadena de comidas rápidas, ¿verdad?

 -¡Te lo dije antes! –exclama Quiroga- Por eso dejé de consumir hamburguesas, ahí…

 -Muy bien chicas –dice el teniente, con ánimo de retirarse-, seguimos en contacto, les agradezco los informes… ¡Les debo el café!

 -¡Un gusto, licenciada! –agrega Quiroga, saliendo tras él…

Hora 10.00

 -¡Sí, ya sé, iremos a la hamburguesería! –protesta Quiroga, siguiendo las zancadas de Malkevich con sus pasos cortitos-. Le aviso que me hice vegetariano, jefe…

 -Pero antes, haremos una visita a la mamá de la desafortunada Claudine –le responde el teniente, consultando los informes recibidos.

Una vez en la salida, Malkevich enciende un cigarrillo y ambos se dirigen a su Gladiator cuatro x cuatro roja, estacionada en la entrada del edificio policial. Una vez arriba, Malkevich digita la dirección en el GPS y salen ruidosamente. Al cabo de unos minutos, Quiroga habla:

-Recuerdo el caso de esta chiquita, Claudine Síngerman… El padre no lo toleró y se suicidó…

-Y, única hija –agrega el teniente, manipulando la radio-… La mamá la luchó en todos los medios para conseguir la perpetua de Calderón…

-Se ve que ella fue más combativa que el pobre marido. Le habrá dolido, que a este asesino le dieran la libertad.

-Es lo que quiero comprobar…

Tras seleccionar música celta, el barbado policía levanta el vidrio de su ventanilla, mientras Quiroga se arrellana en la butaca, con intención de dormitar.

Hora 11.00

Después de recorrer varios kilómetros por autopista, llegan a una ciudad de la periferia y se detienen frente a una vivienda tipo chalet, con un auto blanco estacionado delante, luego descienden y tocan a la puerta.

-¿Quién es? –se oye desde adentro en la voz de una mujer.

-¿Señora Síngerman?– Somos detectives del Departamento Central de Policía –acusa Malkevich.

De inmediato la puerta se abre y se asoma una mujer, con el rostro corroído por el sufrimiento…

-Ah sí, buenos días, disculpen, estoy con visitas.

-Señora Síngerman, soy el teniente Malkevich y él es el sargento Quiroga –se presenta, mostrándole las placas-… Queremos conversar con usted respecto al asesino de su hija, no le demandará mucho tiempo ¿podemos pasar?

Tras un intento de titubeo, la mujer accede y les permite entrar. Al pasar por el comedor, los investigadores pueden ver a cuatro mujeres tomando infusiones en torno a una mesa oval. La mujer los conduce a una habitación contigua -parecida a una biblioteca- y allí descubren decenas de retratos con las imágenes de la jovencita Claudine, junto a ella y su papá…

-Tomen asiento, por favor.

-Gracias –responde Malkevich y al mismo tiempo dispara-, señora Síngerman, ¿Cómo le cayó la libertad condicional de Calderón?

-Como le caería a usted, si al violador y asesino de su hija y de su esposa, le condonan veinte años, señor policía.

-Entiendo… ¡Mmm!, señora Síngerman… ¿Se enteró que esta madrugada, Calderón apareció mutilado en un galpón?

-Sí, por los medios…

-¿Y qué opina de ello?

-Que si hubiera cumplido su condena, no le hubiera pasado eso, las calles son muy inseguras hoy en día… ¡Perdón!… ¿Desean tomar café? Tengo preparado…

Quiroga asiente con la cabeza, pero antes de decir sí, Malkevich se le adelanta…

-No, gracias, ya nos vamos; usted debe atender a sus visitas.

-Ah, sí claro… Son amigas que fui cosechando en los últimos diez años, gracias a ellas estoy de pie.

-Muchas gracias por su tiempo, señora Síngerman.

Hora 11.30

Ni bien emprenden el regreso, Quiroga comienza a escupir lo que su sagacidad detectivesca descubrió.

-Reconocí al menos a dos de las visitas, jefe.

-Cuéntame, Watson.

-Son integrantes mediáticas del grupo “Familiares del dolor”…

-Mmm, interesante… ¿Y el auto estacionado?

-Tengo la patente, ya pido informes.

-Bien –responde Malkevich, encendiendo un cigarrillo, luego de bajar su ventanilla.

-¿Qué opina de ella, jefe?

-Noté serenidad en su mirada…

-La mirada, es el reflejo del alma –filosofa Quiroga, consultando el reloj-. Bueno, ya es casi mediodía y tengo hambre…

-Vamos a comer hamburguesas.

Centro de la Ciudad.

Hora 13.00

En la ciudad atestada de vehículos, con un tímido sol entibiando el penúltimo mes del otoño, la camioneta de Malkevich llega al playón del frigorífico Central, propiedad de un tal Méndez, un mafioso disfrazado de empresario a quien le dicen “el Pulpo” por el gran caudal de sucursales de hamburgueserías y ramificaciones que maneja. En este lugar, se elabora la materia prima que abastece a sus negocios y aquí fue -donde hace más de diez años- hallaron a la jovencita Claudine Síngerman dentro de un freezer, después de haber sido violada y asesinada por Calderón. En aquel momento, se descubrió que matones del recientemente liberado y mutilado violador, habían captado y secuestrado a Claudine para introducirla en una red de prostitución, presuntamente regida por Méndez, aunque hasta ahora, esto último no se pudo “o no se quiso” comprobar. Oyendo a gran volumen su música melódica favorita, el teniente Malkevich busca lugar para estacionarse, mientras Quiroga se despabila de su modorra…

 -¡Humnsf! –suspira Quiroga, estirando sus pequeños brazos- Necesito pasar al baño, jefe.

 -Podrás ir mientras solicito el almuerzo, ¿qué te pido?

 -Una tortilla de acelga con huevos y una gaseosa sin azúcar –se apresura a responder, Quiroga.

 Entre mordiscos, ambos policías observan el gran movimiento del patio de comidas y también el desplazamiento de los camiones refrigerados trayendo carnes o llevando procesados…

 -¡Ah, está muy buena! –exclama Quiroga, saboreando su tortilla.

 -Tú quédate con los vegetales, a mí no me convence ese tipo de alimentación, ¿para qué tenemos colmillos?

 -Para hacer películas de vampiros… ¡Ja, ja, ja!

 El teniente no festeja la broma de su compañero, en cambio presta atención cuando este le roba papas fritas de su combo.

-¿Usted piensa que el Pulpo tiene aquí su central operativa, jefe? –le pregunta Quiroga, ante su severa mirada.

 -No, no la tiene –confirma el teniente, comenzando su segunda hamburguesa chorreante de condimentos-… Lo maneja todo desde su “bunker administrativo” en la avenida del Pueblo, pero acá, es donde se movía Calderón…

 -¿Cómo sabe todo esto, jefe?

-Mientras tú dormías, Débora me informó que quien lo viene reemplazando durante estos diez años, es un tal Alejandro Quiróz y yo creo que se encuentra en esas oficinas, así que apura tu comida y vamos…

Hora 14.00

El dúo policíaco se presenta ante un capataz vestido de blanco con botas y casco, mientras controla las medias reses que van pasando colgadas, entonces Malkevich le pregunta por Alejandro Quiróz y este –sin mirarlo- le señala con la cabeza una pequeña oficina vidriada. Cuando llegan, golpean la puerta y tras verlos por los vidrios repartidos, un hombre mayor -sentado tras un escritorio de madera- les hace seña que entren…

-¿Es usted Alejandro Quiróz? –pregunta Malkevich.

-Sí, ¿qué desean?

-Somos de homicidios federales y queremos preguntarle por Juan Calderón…

-Ah, sí, sé quién es… quién era, pero no lo conocía personalmente –responde el hombre mayor, viéndose curtido por los años y muy seguro de sí.

-Veo que está al tanto de su destino –advierte el teniente, permaneciendo de pie junto a su compañero.

-Sí, me enteré por los medios –responde el anfitrión, saliendo de atrás del escritorio en silla de ruedas-. Hay muy mala gente suelta, el hombre pagó su error en prisión, pero estas no le perdonaron su pecado…

-¿Estas? –repite intrigado, Malkevich.

-Y, ¿quién si no? –retruca el lisiado, manipulando una cafetera eléctrica- Esa inscripción en la pared, no la deja una simple mujer engañada. ¿Café?

-Acepto, gracias –se adelanta Quiroga-, es que en realidad debía cumplir perpetua y salió veinticinco años antes, señor Quiróz.

-Eso no justifica su venganza…

-No quise decir eso, señor Quiróz.

-No, yo paso, gracias –interviene el teniente-. Veo que está bien informado, Quiróz…

-Las noticias viajan rápido y más cuando estas justicieras asesinas se encargan de difundirlas… ¿Las atraparon ya?

-Trabajamos en ello, Quiróz… Ahora, me puede decir ¿cuáles son sus actividades diarias aquí?… Imagino serán las mismas que desarrollaba Calderón, antes que usted.

Viéndose el movimiento de camiones de un lado de la oficina y el desposte de las medias reses del otro, Quiróz responde al investigador.

-De lunes a viernes entro a las seis de la mañana, me registro con mi huella dactilar y comienzo a controlar todo desde aquí –le señala en el monitor dividido, las diferentes secciones del frigorífico-, llevo el registro de entradas y salidas del producto, verifico la calidad de la carne, manejo el área de personal y colaboro con el laboratorio interno de controles cárnicos y cada tanto voy al baño aquel… ¿Algo más?, señor…

-Teniente Malkevich –responde el policía, con sutileza-. Sí, tengo otra pregunta; ¿Sabe cuál es el freezer donde hallaron a Claudine?

-Permítame decirle, que lo ignoro, señor Malkevich y espero le haya gustado mi café señor…

-Ehhh… Quiroga, señor Quiróz, sí sí, muy rico, muchas gracias.

Con esta suerte de insinuación a la despedida, Quiróz mueve la silla de ruedas hacia su escritorio y reanuda su labor sin levantar la cabeza. Malkevich se da cuenta de su incomodidad y tras saludar, ambos policías abren la puerta. Al salir de la oficina, pueden observar el proceso de separación de carnes, efectuado por decenas de operarios vestidos de blanco, pero teñidos de rojo.

-¿Qué le pareció el viejito, jefe?

-Es un cínico… Lo investigaremos… 

                                                                                     CAPÍTULO II

A la mañana del día siguiente, en las afueras de la ciudad.

Hora 06.00

Frente a la entrada al Matadero donde se faena el ganado vacuno, permanece estacionada una camioneta van gris de vidrios oscuros, desde el asiento del conductor, una mujer de cabello negro y chaqueta de cuero, observa con binoculares la salida del personal nocturno.

 -Salen igual a las vacas que matan, a tropel –comenta la mujer a cinco más, acomodadas en el interior del vehículo.

 -Acá tiene barba-candado, Hera –le comenta su acompañante, sosteniendo un celular con la foto de un hombre joven.

 “Están saliendo, cambio” –modula Hera, con un Handy pegado a la boca, buscando ese rostro en particular entre las decenas de presurosos operarios.

 “Comprendido, estamos estacionadas en el playón, cambio.” –responde una de cuatro mujeres, dentro del auto que ayer había visto Quiroga en lo de la señora Síngerman…

 Hera, una mujer de bellas facciones, gradúa el alcance del largavistas, buscando entre los rostros del personal saliente, hasta que puede detectar al hombre que busca…

 “¡Lo tengo! –transmite, entusiasmada- Delgado, un metro setenta, barba candado, campera azul, jean gris y mochila en un hombro, va para allá! Cambio”

“De acuerdo Hera, ni bien aborde su coche lo seguimos, cambio”

“Hacemos lo mismo, Circe y esperamos indicaciones para el cruce, cambio y fuera.” –modula por último la mujer, mientras enciende el motor de la van…

El hombre de barba llega al estacionamiento del personal y se acerca al sector de las motocicletas, libera la cadena de seguridad de una moto tipo Cross, se coloca el casco y tras encenderla, comienza a salir…

“Sale en una moto todo terreno azul sin placas de identificación, tiene casco blanco con estrellas amarillas, vamos tras él, cambio”

-¡Maldición! –protesta Hera, moviendo ágilmente la camioneta- Nos va a costar interceptarlo… “No lo pierdan de vista, pero que no se dé cuenta, si no lo perderemos, cambio”

El automóvil lo sigue como puede, pues la moto lleva un rápido desplazamiento por costumbre y generalmente no respeta semáforos, con más razón a esta hora de la mañana… “Primer semáforo violado Hera, si lo hacemos de nuevo, nos multarán, cambio”

“¿A cuánto están de él?, cambio.” –pregunta Hera, apurando la velocidad.

“A ochenta metros y va a entrar al túnel de circunvalación, cambio.”

“Bien, puedo verlas en el GPS… ¡Voy a cortar camino, lo interceptaremos a la salida del túnel! Cambio y fuera.”

Demostrando un gran conocimiento de la zona y de la conducción, Hera le da el Handy a su compañera y tras avisarle a todas que se amarren, acelera y comienza a sortear hábilmente obstáculos, vehículos y semáforos para lograr su cometido… Cuando el perseguido se asoma a la luz natural del túnel, es embestido por la van gris y sale despedido unos metros mientras la moto se arrastra en medio de chispazos, tras abrirse la puerta lateral de la camioneta, bajan cuatro mujeres con caretas blancas y lo cargan con el casco aún colocado. En una operación de apenas segundos, la van gris -sin chapas patente- se retira a toda velocidad, ante la mirada de algunos sorprendidos asistentes…

“Lo tenemos, Circe, nos vemos en el punto de encuentro, cambio y fuera.”

“Comprendido, Hera. Cambio y fuera.”

-¿Cómo está, chicas? –pregunta Hera, mirando por el retrovisor, luego de quitarse su máscara.

-Sobrevivirá –responden desde atrás, revisándolo ya sin el casco.

-Sobrevivirá, si nos dice lo que hizo y lo que sabe –sentencia Hera, conduciendo a velocidad moderada, mientras se acomoda su cabellera morena.

En una carpintería abandonada, en las afueras de la ciudad.

Hora 08.00

El joven de barba-candado abre los ojos y lo primero que ve es una careta blanca, se siente adolorido, mareado y perturbado… Quiere cambiar su incómoda posición boca abajo sobre un antiguo banco de carpintero, pero está amarrado y no puede. Quiere levantar su cabeza para mejorar el ángulo de visión, pero no puede; se siente atado como un matambre, sólo puede ver en una dirección y lo que ve, no lo entiende…

 -De acuerdo amigo –le dice Hera, con la máscara colocada, al igual que sus otras cinco compañeras-… No vamos a perder tiempo en explicaciones, sólo responde a nuestras preguntas y podrás seguir descuartizando vacas…

 -¡Pe-pero! ¿Qué te pasa, loca?… ¡Primero me llevas puesto y después, me increpas!…

 Hera hace un movimiento de cabeza y dos mujeres giran la palanca de la morsa vertical del banco, que le aprietan los dedos de la mano derecha.

-¡Aagggh! –grita de dolor, sorprendido y sin poder ver lo que le sucede a su mano, por tener apretada la cabeza con una correa que le obliga a mirar hacia el lado izquierdo-… ¿Qué mierda quieres?

 -El lunes ibas a encontrarte con Calderón a las 16 en la hamburguesería Central… ¿para qué? –le dice la mujer enmascarada, mostrándole el celular del matón Pulgarcito, cambiado por otro antes de calcinarlo.

 -¡Y, Calderón no tenía dónde ir, recién salía en libertad!

 Otra movida de cabeza y otra apretada…

 -¡Aaaggghhh!!! ¡Está bien, está bien!… Nos íbamos a reunir con “el viejo” para “reubicarlo”…

 -¿Quién es el viejo?… ¿Méndez?

 -El que quedó en el lugar de Juan… Se llama Quiróz…

 -¿Y ese maneja la trata?

 -¡No sé, no sé!… ¡Aaaggghhh!!! ¡Paren, por favor… me rompen los dedos! Es el intermediario del Pulpo, pero no sé más, ¡lo juro!…

 -Lo juras, como has jurado decir toda la verdad en el juicio, ¿verdad? siendo que todas sabíamos que tú fuiste quien captó a la pequeña Claudine, ¿verdad? Y gracias a la confabulación de jueces y abogados te absolvieron, ¿verdad?

 -¡Aaaggghhh!!! Pero yo no intervine, no la maté…

 -Pero la entregaste… Hiciste que la droguen, la magullen a golpes, la violen con todo tipo de objetos… La llenen de fluidos… ¡Era virgen, inocente y estaba sola! ¡Su padre murió de Tristeza y su madre vegeta en vida! ¡Eres un malparido! ¡No mereces vivir!

          -¡Aaaggghhh!!! Pero era para traficarla, no sé qué pasó con Calderón estaba borracho y enloqueció…

 -¿Los otros tres que liquidamos, también enloquecieron? La nena tenía semen de todos y después de ahogarla la prepararon para hacerla carne picada y gelatina, ¡monstruos!

 -¡Por favor! Yo ya no hago más las entregas…

 -¿Y quién las hace, cómo las hacen?

 -¡Aaaggghhh!!! En… en los camiones refrigerados… hay… un doble compartimiento…

 Satisfecha por las respuestas, Hera se quita la máscara y tras chispear un encendedor, lo tira en una montaña de viruta seca…

 -¡Sáquenme de aquí, por favor! Les dije todo lo que sabía… ¡No merezco esto! ¡¡¡Aaaggghhh!!!

 -¡Mereces mucho más, chacal!

 Mientras el fuego comienza a devorar toda la madera, alcanzando al joven de barba-candado, Hera digita un mensaje en el celular del condenado a la hoguera, dirigido a un contacto frecuente y lo envía…

 “Somos el grito, de las que ya no están”

  Luego marca un número y envía un video cuyo audio dice:

«El lunes ibas a encontrarte con Calderón a las 16 en la hamburguesería Central… ¿para qué?»

«¡Y, Calderón no tenía dónde ir, recién salía en libertad!»

«¡Aaaggghhh!!! ¡Está bien, está bien!… Nos íbamos a reunir con “el viejo”, para reubicarlo…»

«¿Quién es el viejo?… ¿Méndez?»

«El que quedó en el lugar de Juan… Se llama Quiróz…»

  «¿Y ese maneja la trata?»

«¡No sé, no sé!… ¡Aaaggghhh!!! ¡Paren, por favor… Me rompen los dedos! Es el intermediario del Pulpo, pero no sé más, ¡lo juro!…»

«¡Por favor! Yo ya no hago más las entregas…»

«¿Y quién las hace, cómo las hacen?»

«¡Aaaggghhh!!! En… en los camiones refrigerados… hay… un doble compartimiento…»

Logrado el propósito, Hera tira el celular sobre el cuerpo en llamas de joven malhechor y encabeza la retirada del lugar…

Nunca subestimes el valor de las mujeres…

En el frigorífico Central.

Hora 09.00

En donde se elaboran las hamburguesas -territorio del Pulpo Méndez- se desarrollan actividades propias de un establecimiento productor, entre ellas, la descarga de medias reses. Alejandro Quiróz -el anciano en silla de ruedas- al pie de uno de los gigantescos camiones, conversa con un capataz…

 -¿Qué vino esta vez?

 -Tres del interior, mercadería de primera, hay orden de no tocarlas y mantenerlas en óptimas condiciones –responde el capataz, consultando una planilla…

 -Ah, material valioso –responde Quiróz- los muchachos no van a poder divertirse…

 Mientras las medias reses, colgadas en ganchos-roldanas, salen del camión empujadas por operarios, por una puerta lateral del mismo, dos hombres corpulentos sacan a tres jóvenes encapuchadas -visiblemente desorientadas- y a escondidas las conducen hacia una cámara de frío, pero apagada… En esos momentos, Quiróz recibe un mensaje de alguien conocido…

          “Somos el grito, de las que ya no están”

 -Este boludo, ¿qué me manda?) –piensa, e intenta comunicarse, pero el celular se encuentra apagado o fuera del área de cobertura…

Camino a casa de Quiroga.

Hora 09.00

Habiendo desayunado su tradicional café con crema de leche y sus tostadas con mermelada de kiwi, el solitario teniente Horacio Malkevich trepa a su Gladiator y sale del garaje rumbo a la casa de su compañero, Julio Quiroga… Ya en el viaje, le suena la alarma del celular avisándole que recibió un video desde un número desconocido, pero no lo abre…

 -Buen día, jefe –saluda Quiroga, subiendo con esfuerzo a la cuatro x cuatro, muy alta para su estatura.

 -Buen día, Julio… ¿Todo bien?… ¿Cómo está Clarita?

 -Ah, ella cada día más exigente ¡ja, ja, ja! ¿Se enteró lo de esta mañana, jefe?

 -No, ¿qué pasó?

-El flaco Taglieri, ese que absolvieron en el caso Claudine, desapareció…

-¿Otro más?… ¿Cómo fue?

-Tuvo un accidente a la salida del matadero, la moto estaba, él no…

-¿No hay cámaras?

-Fue a la salida del túnel de circunvalación, no sé si hay ahí, de todos modos llamé a Débora, le dije que vamos para allá…

-Bien… Hazme un favor… Abre ese video que me llegó…

Quiroga lo abre y ambos se sorprenden…

«El lunes ibas a encontrarte con Calderón a las 16 en la hamburguesería Central… ¿para qué?»

«¡Y, Calderón no tenía dónde ir, recién salía en libertad!»

Ni bien escucha el principio, Malkevich se estaciona para verlo completo.

«¡Aaaggghhh!!! ¡Está bien, está bien!… Nos íbamos a reunir con “el viejo”, para reubicarlo…»

«¿Quién es el viejo?… ¿Méndez?»

Hora 09.30

Después de asistir perplejo a la reproducción total de la tortura, confesión y ejecución del tal Taglieri, Malkevich arranca la camioneta y sale violentamente rumbo al departamento de policía…

-Hola Débora, estamos en camino, por favor averíguame a quién pertenece el número de celular que te va a pasar Quiroga, nos vemos…

En el Departamento de Policía.

Hora 09.30

Como de costumbre, Malkevich a las zancadas y Quiroga con pasos cortitos por detrás, avanzan por los pasillos del enorme edificio…

 -¡Ah, me olvidé de comentarle sobre el auto que estaba en lo de la señora Síngerman, jefe!

 -Ah sí, ¿es de ella?

 -No no, pertenece a una de las mujeres que vimos ahí, Ana González y -tal como le dije- es una integrante del grupo “familiares del dolor”.

 -Es probable que las demás también lo sean –deduce el viejo zorro.

 -¿Integrantes del grupo mediático…? –pregunta el zorro más joven.

 -No, de “Las Justicieras”…

 -Pero, no tenemos pruebas, jefe.

 -Aún no.

 Ni bien acceden a la oficina de la oficial principal Débora Sinclair, esta los recibe con las novedades acontecidas y las peticiones solicitadas…

 -Buen día chicos, número uno… Las cámaras enfocan hacia adentro y no hacia afuera del túnel, así que no tenemos imágenes del accidente, pero según testigos presenciales, una camioneta van gris con vidrios oscuros y sin patentes, lo embistió cuando salía, bajaron unas personas vestidas de negro con máscaras blancas y lo cargaron -al parecer desvanecido- y desaparecieron en segundos. Número dos, la moto está nombre de Washington Taglieri, de nacionalidad uruguaya y tres, el celular que me pasaste también es de él…

 -¡Era!…De él –corrige Malkevich, saliendo rápidamente de la oficina-. Gracias querida… te debo un café… ¡Vamos Quiroga!

 Débora niega con la cabeza, reconociendo las continuas promesas de Malkevich como naturales y prosigue con sus tareas.

-¿Adónde vamos, jefe? –pregunta su asistente.

 -A conseguir una orden de allanamiento…

El dúo policial llega a una oficina de vidrios esmerilados, que en su puerta dice: “COMISARIO MAYOR AGUSTÍN FERRARI” y golpea… Tras unos segundos, les abre un hombre de tez oscura con bigotes, de cabeza rapada y brillante, mientras habla por un inalámbrico…

-Tenemos trabajo, muchachos –les dice, ni bien corta-. Encontraron calcinado en un aserradero al flaco Taglieri…

Sin inmutarse, Malkevich le desliza su celular sobre el escritorio, reproduciendo el video recibido…

«El lunes ibas a encontrarte con Calderón a las 16 en la hamburguesería Central… ¿para qué?»

«¡Y, Calderón no tenía dónde ir, recién salía en libertad! ¡Aaaggghhh!!! ¡Está bien, está bien!… Nos íbamos a reunir con “el viejo”, para reubicarlo…»

«¿Quién es el viejo?… ¿Méndez?»

Luego de verlo completo, el comisario habla primero…

-Organicen todo y vayan, ya les consigo la orden… Después nos ocuparemos de ellas… Ahora tenemos dos guerras…

                                                    

                                                                                      CAPÍTULO III

En el frigorífico Central.

Hora 10.00

Alejandro Quiróz -el gerente del frigorífico- se aleja de todos moviendo su silla de ruedas hasta la oficina, ni bien entra, toma un celular de su cajón y marca…

 -Soy yo, del celular del uruguayo recibí un mensaje de estas minas, seguro lo tienen…

 “Llegas tarde con la noticia, Quiróz –le responde una voz grave, como de fumador-… Esas “minas”, según tu lunfardo argentinezco, lo calcinaron”

 -¡Qué hijas de puta! –profiere el anciano, acomodándose sus anteojos bifocales- ¡Seguro lo hicieron “cantar”!… Ya mismo hago limpiar la zona, en un rato tendremos una redada…

 “Ya envié rastreadores tras el celular de Pulgarcito, hasta hace un rato estuvo activado, tenemos la posición”

 -Bueno, te devuelvo la mercadería de inmediato, si las encuentran acá, estaremos en problemas…

 “No, este lote es muy importante, tengo compromiso de entrega aérea para esta noche, ocúltalas en un sitio que no puedan descubrir, luego me informas”

 -De acuerdo, ¡chau!

 El gerente de la planta toma el radio de banda interna y le da ciertas instrucciones a su capataz… Luego toma el teléfono fijo y marca al 911…

Hora 10.30

El gigantesco semirremolque refrigerado -con su descarga incompleta- cierra sus puertas y tras una bocanada de humo de sus escapes verticales se pone en movimiento. Cuando se va abriendo el portón corredizo -tras una densa polvareda- arremete una impresionante comitiva policial que le impide la fuga… De inmediato bajan al chofer y acompañante dejándolos en custodia, mientras siguen pasando vehículos oficiales, entre cuales se destaca la cuatro x cuatro de Malkevich…

 -¡De acuerdo muchachos! –grita el teniente, protegido con casco y chaleco antibalas, mientras desciende- Un grupo al sector de comidas rápidas, otro a las cámaras, otro al área de producción y ustedes vayan con Quiroga a arrestar a Quiróz, el sargento sabe quién es.

 -¡Muy bien, jefe! –obedecen todos, movilizando sus unidades de asalto.

Quiroga -medio perdido dentro de su casco- se va encabezando el grupo que se dirige a las oficinas administrativas, mientras Malkevich se acerca a los dos choferes, aprehendidos al pie del camión.

 -¿Ya descargaron todo? –les pregunta el teniente, en tono calmo.

-Una parte, la otra va a otro lado –responde el más grandote, con gestos de sobrador.

-Ajá, quiero ver los remitos de traslado –inquiere Malkevich, mientras revisa en interior de la cabina y la parte donde duermen, con el camión y el equipo de frío en funcionamiento.

-No están, los perdí.

Sin muchas vueltas, el policía –tan corpulento como el chofer- le pisa un pie sin soltarlo y le da un empujón contra el camión.

-Escúchame con atención, grandulón… No te la des de vivo, estás a punto de perder los dientes… Ahora abre las puertas.

Ambos choferes, custodiados por varios policías, recorren los casi veinte metros de tráiler, hasta llegar a las puertas traseras. Cuando las abren, se puede ver la mitad de adelante aún con medias reses colgadas, lo que motiva a Malkevich a subirse a investigar… El detective pasa entre las dos filas cárnicas y llega hasta el fondo -es decir la parte delantera del furgón, donde opera el equipo de frío- pues espera hallar alguna división o compartimiento secreto, que le dé crédito a la confesión de Taglieri, pero no encuentra nada fuera de lo común.

-¡Espósalo! –le ordena a un subordinado, luego de haber bajado y cerrado las puertas, pero cuando vuelven, Malkevich mira las gavetas que el furgón tiene abajo y a los costados y va tras una corazonada-… ¿Qué tienen ahí?

-Herramientas… Equipo de supervivencia –responden los dos choferes, casi al mismo tiempo.

-¡Ábranlas!

-¡Pero!, no hay nada ahí, oficial… ¿Por qué nos maltrata? ¿Bajo qué cargos?

-¡Ábrela, carajo! Después te diré tus derechos…

Los choferes acceden y le quitan el candado a una enorme gaveta de acero inoxidable -parecida a un sarcófago- que cuelga del furgón y ahí dentro pueden ver un espacio vacío, con algunas mantas sucias y hedientas…

 -¡Ah, no me digan! Les robaron todo –les argumenta irónicamente el teniente y luego ordena: ¡Traigan los perros!

 Visiblemente incómodos, ambos choferes se miran, mientras los perros olfatean el interior nauseabundo de la gaveta.

 -Ahora sí, llévense a estos imbéciles y díganle sus derechos…

 Ni bien salen de la sombra del tráiler, los dos choferes reciben sendos impactos de bala con un segundo de diferencia y caen con las cabezas destrozadas…

 -¡Al suelo! –grita Malkevich, respondiendo los disparos con su arma de puño- ¡Están en el tanque de agua!

El grupo de asalto Federal responde con armas largas y algunos comienzan a subir a la azotea… Los disparos cesan y Malkevich aprovecha a correr a su camioneta, allí actúa sobre los controles del dron que vigila desde el aire y observando la escena por un monitor, lo lleva a la terraza mientras los federales van llegando por escaleras… Por la pantalla, el teniente puede ver la retirada de una figura encapuchada que se desprende de su fusil tirándolo en el tanque de agua y huye bajando por la escalera de incendios trasera, entonces alerta por radio…

Redada en el frigorífico Central.

Hora 11.00

 “¡Solicito helicóptero de apoyo! –modula por radio Malkevich, poniendo en marcha su Gladiator-… Francotirador se aleja por la salida de incendio trasera, voy con mi móvil hacia ese sector, cambio.”

 Con el dron focalizado en el sujeto que huye, Malkevich deja que el sistema de seguimiento automático lo vaya guiando por GPS y se lanza tras él, o ella…

 “Aborda una camioneta doble cabina negra, con otro sujeto al volante, cambio”

 “Recibido, teniente –responden desde el radio-, cinco minutos para el móvil aéreo, cambio”

 Tras dar un rodeo a la enorme planta de procesado cárnico, la robusta camioneta del teniente se pone detrás del vehículo en fuga, que acelera por una avenida costanera esquivando el escaso tráfico reinante… Pero en un momento dado, el sujeto perseguido se asoma por la ventanilla con una ametralladora y comienza a disparar… Malkevich hace zigzaguear a su Gladiator, pero no puede evitar recibir balas que le rompen el parabrisas y uno de los espejos retrovisores, esta intimidación, le da mayor ventaja a la camioneta negra, pues se va alejando, mientras el policía advierte por radio sobre la agresión…

 “Vehículo perseguido: Ram doble cabina color negro sin placas de identificación, rumbo al puerto y fuertemente armado, cambio”

 “Comprendido oficial, manténgase a distancia segura… Móvil aéreo en tres minutos, cambio”

 Al cabo de un instante, algo insólito ocurre cuando la camioneta negra toma una dársena desierta del puerto y se impulsa sobre una rampa que la ubica en un lanchón… Malkevich llega enseguida, pero la distancia es muy grande para probar un salto y se detiene bruscamente justo al borde del agua… Sorprendido por la acción coordinada y con cierta impotencia, el policía observa cómo se van alejando por el río… Aunque en ese momento, se presenta el helicóptero policial con personal fuertemente armado…

 “Policía Federal, ¡deténgase de inmediato o abrimos fuego!” –se oye por el megáfono del helicóptero, sobrevolando sobre la embarcación…

 Protegido tras su camioneta, Malkevich observa desde algunos metros el desarrollo de la escena, logrando distinguir un extraño movimiento dentro del lanchón y al darse cuenta de su peligrosidad, advierte por radio:

 “¡RPG EN CUBIERTA, ALÉJENSE!”

 Acertadamente, el oficial puede ver asomarse un lanzacohetes desde un ojo de buey y simultáneamente las maniobras evasivas del helicóptero… La nave es impactada en el rotor de cola, obligándola a girar sobre sí misma hasta caer al agua…

 -¡Mierda! –se le escapa al teniente, antes de emitir el SOS por radio- “Nave impactada por misil, se precipitó al agua, solicito personal de rescate urgente! Cambio y fuera”

 Los patrulleros que venían siguiendo el raid policial por tierra, son los primeros que acuden en ayuda de los tripulantes del helicóptero, salvados gracias a la advertencia de Malkevich… Mientras esto ocurre, el sagaz policía toma un fusil de atrás del asiento y apunta con su mira telescópica hacia la barcaza -ya alejada- para ver su movimiento y ahí descubre la misteriosa figura del francotirador quitándose el pasamontañas, para exhibir el rostro de una mujer rubia, que observa satisfecha el fracaso de las fuerzas policiales, mientras la barcaza -ya fuera de alcance- se aleja con mayor rapidez…

Hora 11.00

Al mismo tiempo que a su compañero casi le vuelan la cabeza, Quiroga encabeza la fuerza de asalto que va a detener al sospechado Alejandro Quiróz… Contrariamente a lo esperado, el anciano -en silla de ruedas- los aguarda en su oficina tomando un café…

 -¡La puerta está abierta! –les grita, viéndolos a través de las paredes vidriadas- ¿Otra vez por aquí, sargento?… ¿Qué lo trae?

 -Tenemos orden de allanamiento por sospecha de tráfico de personas, señor Quiróz, necesito me facilite el acceso a todos los sectores y responda mis preguntas…

 -En todo caso será tráfico de medias reses, ¡jo, jo, jo! –retruca el anciano, con pasmosa serenidad-… Ya me parecía raro tan rápida respuesta a mi denuncia, sargento ¿Bueno, por dónde quiere empezar?

 -¿De qué denuncia habla, señor? –responde Quiroga, contrariado.

 -Recién denuncié el robo de un camión a medio descargar, ¿los atraparon?

  La estrategia del anciano desubica a Quiroga, aunque el policía no se deja perturbar y prosigue…

 -Estoy aquí por lo que le dije, señor Quiróz, nos va a tener que acompañar…

 -De acuerdo sargento, pero si me pone las esposas -la silla- la va a tener que empujar usted…

 En ese momento, una mujer policía se le acerca a Quiroga y le susurra información al oído. Luego, el sargento hace que lleven a Quiróz a inspeccionar las cámaras de frío, ante las sorprendidas miradas de los operarios, obligados a suspender sus tareas…

 -Una pregunta, señor Quiróz, ¿sabe quién o quiénes intentaron robar su camión? –le dice el sargento, después de hacer revisar la primera cámara…

 -¿Intentaron, dice? –repregunta el anciano- Hasta dónde yo sé, al camión se lo llevaron…

 -Lo detuvieron antes de salir.

 -¡Ah, pero qué eficientes! ¡Felicitaciones! Lo robaban los mismos dos choferes que lo trajeron… Seguramente personal disconforme y tentado por la avaricia, ¡habrán querido introducir esa carga al mercado negro!

 -Un francotirador los mató a los dos…

 -¡Ugh! ¡No me diga!…

 Mientras continúan con la revisión de cada sector, Quiroga le sigue la conversación.

 -Dígame, señor Quiróz… ¿Qué tipo de vigilancia tiene en la planta y en qué lugares?

 -¿Vigilancia armada?, sólo en la entrada… Después hay controladores del predio, pero desarmados… No quiero pensar que los mató alguno de los guardias de la empresa de seguridad…

 -No, fue alguien desde la azotea, lo están persiguiendo ahora…

 -Ah, ni idea quién pueda ser –responde Quiróz, impulsando su silla-, tal vez alguien que los apoyaba pero no confiaba en ellos…

 -Ya lo sabremos cuando lo atrapen…

 -Ojalá sea pronto –responde el anciano, con cierto sarcasmo.

En la Gladiator.

Hora 12.00

Nuevamente juntos, Malkevich y Quiroga van rumbo a los talleres del Departamento de Policía detrás de la comitiva policial.

 -Si no hubiese sido porque me pidió que lo acompañe, hubiera preferido ir junto al lisiado en el furgón celular, jefe –protesta Quiroga, soportando el viento frío que entra por la camioneta sin el parabrisas…

 -Tenemos que armar la estrategia que usaremos en el interrogatorio de Quiróz, es un viejo muy taimado…

 -Entiendo, hasta programó la llamada al 911…

 -Hizo cagar a dos de sus hombres para que no hablen, los ejecutó Irena Symanski, una mercenaria polaca –le revela Malkevich, probando de encender un cigarrillo mientras conduce…

 -Ah, ¿la conoce?

 -Sí, la pude ver en el puerto, pero escapó en una especie de lanchón anfibio…

  -Usted tuvo suerte, jefe.

 -La policía marítima rastreó el área y no la halló, se esfumó…

 -¡Santo Triángulo de Las Bermudas! Hubiera exclamado Robin –bromea Quiroga- ¿Y el drone, qué onda, jefe?

 -Llegó tarde, es lento…

 -Por suerte, los tripulantes del helicóptero pudieron ser rescatados…

 -Sí.

 -¡Lo cierto, es que hasta ahora, no tenemos nada! –protesta Quiroga, levantándose la solapa de su chaqueta- Encima, los perros perdieron el rastro en donde estaba la Ram…

 -Sí, las cargaron ahí…

 -¿Las… Cargaron?

 -Le pedí a Débora el reporte de desapariciones de las últimas veinticuatro horas en todo el país, faltan de sus hogares tres jovencitas en tres provincias distintas, presumo que de ellas se trata…

Periferia de la ciudad, en una vieja casona…

Hora 12.30

En América del Sur rige el otoño, en este primer miércoles de mayo, la actual temperatura de doce grados Celsius, se siente agradable gracias a un sol espectacular, un sol que derrama calidez magnánimamente, como si se tratase del aliento de Dios que sostiene la vida de los seres vivos, no obstante, existen personas a las que ese calor sólo les llega al cuerpo, sin alcanzarles el corazón… Cuatro de estas personas, llegan en una camioneta a una vieja casona de madera que parece desierta, el barrio está tranquilo y no se ve transitar gente por las calles; antes de bajar, tres de ellos cubren sus rostros con pasamontañas, para después dirigirse sigilosos hacía la entrada principal, mientras el que queda al volante vigila el entorno, controlando a su vez una señal titilante y sonora en su sistema rastreador…

 “Dispositivo localizado, ya están por entrar…” –informa por un celular manos libres, los movimientos del grupo que van tras la señal activa de un teléfono móvil…

 Estando cerca, los tres sujetos sacan de entre sus ropas armas largas y con movimientos tácticos se disponen a abrir la puerta, mientras se va acelerando la frecuencia de los pitidos en sus auriculares. La puerta accede como invitándolos a entrar y rápidamente descubren el teléfono móvil que vinieron a buscar, aunque no a quienes lo estuvieron usando, entonces avisan…

 “Encontramos el celular de Pulgarcito, pero aquí no hay nadie” –modula por circuito cerrado, un integrante a punto de agarrar el aparato…

 “¡Si no hay nadie, no lo toquen!” –retransmite una voz áspera que dirige la operación de manera remota, pero la orden llega tarde, pues al quitar el celular del sitio en que se encontraba, media casona vuela por los aires…

 Sorprendido por la tremenda explosión y posterior incendio, el conductor informa lo sucedido y de inmediato recibe la orden de irse de ese lugar, ahora devastado… Esta acción, es oteada con largavistas desde la van gris con vidrios oscuros, por la denominada Hera –tal el nombre de la reina de los dioses griegos- quien le comenta su compañera Circe -tal el nombre de la diosa de la magia-…

-¡Cayeron!… Tres menos.

 -¡Bien! –responde Circe, alzando un puño… ¿Ahora, Hera?

 -Deberemos proteger a la señora Síngerman, hay que ocultarla por un tiempo hasta eliminarlos a todos…

 -De acuerdo Hera, yo me encargo, tú ve a tus obligaciones, hoy hemos avanzado bastante.

 La camioneta van gris arranca y se dirige al centro de la ciudad…

                                                  

                                                                                               CAPÍTULO IV

Hora 14.00

Departamento de Policía.

En la típica sala de interrogación, Alejandro Quiróz -de ochenta y dos años- aguarda detrás de la mesa en su silla de ruedas. La puerta se abre, entra el teniente Malkevich y atrás se asoma el sargento Quiroga, quien se ubica a cierta distancia…

 -Ah, oficial Malkevich, cómo está –lo saluda, en un tono sarcástico-… Por favor, ¿me podría decir por qué me trajeron aquí?

 -Digamos… para que no pase frío en su frigorífico, señor Quiróz –retruca el policía, en el mismo tono-. Por eso -ya mismo- mi compañero le traerá un café bien caliente… ¿Qué opina?

 -Ah, buena idea, eso podría ayudar a entablar un diálogo amistoso, sin necesidad de llamar a mi abogado… Usted dirá.

 Mientras Quiroga sale a buscar el café, Malkevich se coloca muy cerca del lisiado y acercándose al oído le susurra:

 -La policía científica, descubrió material pornográfico infantil en su computadora…

-¿Pornografía? -dice el anciano, sin inmutarse-… Ah sí, pero todos consumimos ese tipo de material Malkevich… A mi edad, es lo único que me queda… Usted ¿nunca vio una…?

-No infantil, señor… Y menos, con niñas secuestradas en nuestro país… El reconocimiento facial digital, así lo certifica.

-¡Pero, mire usted qué porquería de gente! –responde el anciano argentino-Filmar esas cosas con niñas raptadas… Me imagino que ya los estarán buscando.

-Poseer ese material lo pone en apuros Quiróz, no se haga el pelotudo…

-Para su conocimiento, ese material está en las redes y es de acceso libre, oficial… No me diga que me quiere acusar de pedófilo sólo por bajar algún videíto de la red… ¡Déjese de joder, Malkevich!

-Acá llega el café, ¡bien caliente! –irrumpe Quiroga, habiendo escuchado la discusión…

-¿Le suena Irena Symanski? –dispara luego el investigador.

El inesperado nombre de la mercenaria polaca, genera una reacción involuntaria en el lisiado que le obliga a fruncir el ceño y ese gesto, el investigador lo archiva…

-Nunca en mi vida escuché ese nombre… ¿Parece ruso, no?

-Ah, le informo: Es una sicaria internacional, que “casualmente” se encontraba en la azotea de su frigorífico, con un fusil de larga distancia antes que nosotros llegáramos y mató a los dos ladrones que intentaron robar su camión, luego descartó el arma en el tanque de agua y se dio a la fuga en una Ram negra que desapareció en el puerto…

El astuto anciano escucha el relato sin mirarlo, mientras revuelve su café con una cucharita de plástico…

-¡Ah, perdón teniente!… Me acaban de informar que hay videos del dron que siguió a la camioneta hasta el río –interviene Quiroga, oportunamente.

-Bien, luego iré a verlos, seguramente nos revelarán hacia donde se dirigió -remata Malkevich, con una respuesta programada.

-Que yo regentee la planta –reacciona Quiróz-, no me convierte en un ser omnipresente, señor Malkevich, usted trabaja aquí pero no sabe lo que sucede en la azotea ahora mismo… Niego cualquier vinculación con esa rusa… Y el hecho de contar con algún material porno de uso particular, no me convierte en sospechoso de nada, señores… Así que ya mismo exijo mi libertad, pues no cuentan con prueba alguna que me involucre a nada, así que les agradezco ese guión policial, pero ese género no me agrada, señores…

Después de cruzar miradas suspicaces, los policías se retiran del lugar sintiendo perdida esta batalla, mientras en la salida, aguarda el corpulento capataz y guardaespaldas de Quiróz, dispuesto a llevarlo en su silla móvil…

Departamento de Policía.

Hora 15.00

El dúo de policías entra en la habitación que da a la sala de interrogación, allí, tras los vidrios espejados los aguarda la psicóloga-psiquiatra de talla baja Sofía Venturini, que a solicitud de Malkevich observó el comportamiento del “viejo lobo de mar”…

 -¿Qué opina doctora? –dispara ansioso, Malkevich, ayudándole a bajar el peldaño que ella usó para poder mirar.

 -Mmm… Los indicadores conductuales no verbales son difíciles de analizar –le responde la profesional, invitándolos a sentarse para hablar al mismo nivel-. Sobre todo, cuando el paciente es mayor, pues exterioriza tics nerviosos propios de su edad…

 -Comprendo, Sofía… ¿Pero pudo detectar algo destacado? –insiste el interrogador.

 -Es un gran actor este viejo –agrega Quiroga…

 -No es mucho lo que se puede ver y oír desde aquí, tengan en cuenta que nosotros necesitamos “estar en contacto” con nuestros pacientes, para poder analizar sus reacciones corporales nerviosas (movimiento de pies, repiqueteo de dedos, agitación, transpiración, etc.), como también ver sus micro-expresiones… En fin…

 -Entiendo –acota Malkevich-… Ahora, si de algo me sirvió interrogar a cientos de sospechosos en mis años de profesión, es que parte de lo que usted menciona, ya lo he aprendido y en este caso, no pude detectar absolutamente nada… ¡Ah, perdón! Noté cierta preocupación o enojo cuando de golpe le mencioné un nombre…

 -¡Ah sí! –agrega Quiroga, tratando de aportar- Yo también lo noté, porque frunció el ceño cuando le nombró a la polaca… ¿no?

-Lo que he podido observar –retoma la profesional, desestimando las acotaciones-… Son tres manifestaciones interesantes… Una ha sido cuando removía continuamente el café, ello está relacionado a la incomodidad del momento, que le obligaba a parpadear insistentemente en busca de recursos cognitivos… Otra, la leve afinación de su voz (aunque muy bien disimulado), por la activación psicofisiológica, lo que llamamos “aurousal”… Y otra cosa que observé, es que cuando usted le hacía una pregunta, él movía inmediatamente la cabeza, como queriendo ocultar algo.

-Ah, sí –expresa rápidamente, Malkevich-, yo también lo noté, pero como ya habíamos tenido una entrevista en su oficina y hacía lo mismo, pensé que se trataría de una costumbre propia.

-Mire, oficial –redondea la profesional, bajándose trabajosamente de su silla-… La ciencia le puede brindar varias pistas y diagnósticos sobre cada paciente interpelado, pero si usted me pide una opinión personal -y de esto me hago cargo- en este caso, le sugiero que recurra a su intuición natural, pues es la mejor herramienta que ancestralmente poseemos para detectar mentiras…

-De acuerdo, doctora –responde satisfecho, Malkevich-, no obstante, la seguiré molestando al respecto…

-Ninguna molestia, consúlteme todas las veces que precise –le dice. Y mirándolos a los dos, agrega: Sólo les voy a pedir, que mis opiniones personales no sean reveladas, sobre todo entre mis colegas…

-Desde ya, Sofía –responde el teniente y aprovecha para deslizarle su acostumbrado remate: ¿Desea un café?

Hora 15.30

La psicóloga Sofía Venturini se retira y tras ella, el dúo de policías…

-Jefe, ¿podré tomarme la tarde libre? –dispara Quiroga como al descuido, mientras caminan por un amplio pasillo con personal al viene y va- Le prometí a Clarita ir de compras, por nuestro séptimo aniversario ¿vio?

-¡Ah, qué bien! Les conviene atizar la relación, es una fecha complicada.

-Sí, ja, ja… Compraremos algo de lana, como un acolchado, no sé…

-Hazle el amor en un lugar distinto, eso lo recuerdan bien.

-¿Usted cree?

-Sí, claro –le afirma el teniente, mientras sale a un balcón para encender un cigarrillo-… Bueno, tómate la tarde, pero antes pasa por lo de Débora y dile que seleccione personal desconocido de seguimiento, quiero vigilar a este viejo, luego iré a pedirle autorización al comisario…

-De acuerdo jefe, ¡muchas gracias! Si no me llama antes, mañana le cuento…

-Una pregunta… ¿De dónde sacaste ese recurso de ver los videos del drone? Sabes que llegó tarde…

-Pero el carcamán, no –responde el hombre bajito, guiñándole un ojo.

-Me has dado una buena idea, revisaré las cámaras del puerto, para ver dónde mierda se ha metido ese anfibio con la camioneta…

-De acuerdo jefe, ¡nos vemos mañana!

-¡Envíale mis felicitaciones a Clarita, por el aguante digo! –desliza por último el teniente, viendo a su compañero salir apresurado- ¡Y no te olvides de pasar por lo de Débora!

El sargento levanta un pulgar mientras se aleja… Malkevich -en tanto- disfruta de su cigarrillo y aprovecha para pensar…

Hora 15.45

-Tengo disponible a José Antonio, el dominicano –responde Débora Sinclair, sobre la petición adelantada por Quiroga-, es bueno y discreto, teniente.

-Sí, he trabajado con él; pasa por desapercibido, sobre todo de noche ja, ja.

La oficial no festeja la broma racial por ser ya un tema decadente, en cambio espera la confirmación del solicitante…

-¡Ejem! Bien, dale curso Débora. Ni bien llegue, puedes liberar a Quiróz, así lo sigue con la moto… ¡Ah! Pásale mi nuevo número, así me mantiene al tanto de sus movimientos…

-De acuerdo teniente –responde la oficial, escondida tras pilas de carpetas-. Ah, ni bien puedas pasa por la morgue, hay cuatro cadáveres que te esperan…

-¿Está Yanina de guardia?

-Entra las 18…

-Bien, estaré sin camioneta hasta mañana, así que me mantendré por aquí cerca, ahora iré a revisar las cámaras del puerto, pásame los enlaces a mi oficina, por favor…

-De acuerdo Horacio.

-Muchas gracias Débora, te debo el…

-Me lo prohibió el médico, así que gracias igual.

Malkevich se da por aludido y esboza una sonrisa, mientras sale de la oficina rumbo a la suya…

Hora 16.00

Ni bien entra a su oficina, el maduro policía de barba bien cuidada se quita su gamulán, -dejando ver la sobaquera que porta su arma- enciende la cafetera y se instala frente a la computadora a esperar el material recogido por las cámaras del puerto. Debido a la gestión de la oficial Sinclair, el sistema informático policial rápidamente pone en pantalla las imágenes capturadas en horas de la mañana, ello activa la atención del investigador, que comienza a seguir el raid de la camioneta doble cabina en fuga y ahí puede observar su vertiginosa entrada a un sector poco conocido del puerto, un lugar con galpones viejos, calles adoquinadas y una vía muerta que servía de riel a las grúas de carga… El detective, recuerda haber entrado por ahí con su Gladiator persiguiendo a la Ram después de haber sido ametrallado, pero llegando al muelle, una zona ciega no le permite distinguir qué hay en el último tramo del recorrido…

 -(Mmm, veamos cómo subes a esa barcaza –piensa, mientras avanza y retrocede las secuencias-. Ah, te estaban esperando con la rampa baja…)

 Sin levantarse de su sillón, el policía se estira para tantear la temperatura del café sobre el recipiente y considerándolo aún frío, compensa su ansiedad encendiendo un cigarrillo.

 -(Bien, ahora se ve cuando llega el helicóptero y le disparan el misil. ¡Mmm! se interrumpen las tomas… Pero las recupero… ¡Ahí!… Justo detrás de este barco frigorífico…)

 Malkevich hurga en las imágenes, desplazándolas de un extremo a otro para descubrir en qué momento se esfuma esa barcaza anfibia que transporta la Ram.

 -(Mmm aquí entra en escena la primera lancha de la policía y el anfibio ya no está… Eso quiere decir que desaparece cuando alcanza a este buque frigorífico… “Paraíso”… Que es de la compañía… “central burger” ¡Oh, qué casualidad! ¡La multinacional del Pulpo Méndez!)

 Habiendo encontrado una pista, el detective alza su puño y de inmediato consulta por Internet sobre las características de estos enormes navíos de carga, descubriendo que algunos poseen una rampa de embarque a vehículos terrestres…

 -(¡Lo tengo! –exclama para sí, poniéndose de pie para servirse el café- El anfibio tiene ruedas y trepó por ahí… El buque tiene una plataforma H para helicópteros… Claro… ¡Después volaron!)

  Mientras toma el café, llama por un interno a la oficial Sinclair y le informa todo para que disponga un allanamiento al buque “Paraíso”.

 “Ya mismo voy a ver al comisario, Débora… Tendrás la autorización de inmediato… Ah, otra cosa… ¿Qué salió del celular del viejo?”

 “A prima facie, tiene sólo mensajes laborales normales –responde Débora-, cuando lo desencriptemos y hurguemos en los audios, te aviso”

 “Sí claro… Este viejo es muy astuto para aportar un celular comprometido, bueno gracias Débora”.

 Camino al despacho del comisario Ferrari, vibra el celular en el bolsillo del teniente y lo atiende…

 “Teniente Malkevich”

 “Hola teniente, soy José Antonio… Estoy siguiendo al viejo lisiado, lo llevan en una camioneta escolar, pero no van hacia el frigorífico Central…”

 “De acuerdo, síguelos discretamente y mantenme informado, cuídate”

Hora 16.40

Malkevich llega al despacho del comisario Ferrari y golpea… Tras unos segundos, el comisionado de tez oscura, bigotes y cabeza rapada lo recibe con su inalámbrico en la mano…

-Qué tal muchacho… ¿Tienes novedades?

-Buenas tardes, comisario… A Quiróz lo estamos vigilando, estoy detrás de sus movidas… Respecto a la barcaza, no se esfumó, trepó a un buque frigorífico del Pulpo y presumo que huyeron en helicóptero… Necesitaría un reporte de los movimientos de esta mañana en el espacio aéreo del puerto.

-De acuerdo, yo me ocupo y te informo. Para mañana tendrán lista tu camioneta, hoy llévate cualquier móvil fuera de servicio, yo diría que uses la tanqueta, por las dudas…

-No es para tanto, jefe.

-¡Ja! No conoces con quién lidiamos… Te pido discreción en los pasos que vayas a dar, es preciso que no “se enteren de tus movimientos”; ahora tenemos tres frentes que vigilar…

-Es verdad, estos tipos son internacionales, está “la polaca” con ellos… Bien, ese sería un frente, el otro, seguro “las justicieras”, que siempre se nos adelantan… ¿Y el tercero?

-La corrupción que nos rodea… A Quiróz apenas lo pudimos retener tres horas y un juez ya preguntaba por él, imagínate.

-Entiendo, comisario… Pero creo manejarme con gente de confianza…

-Hay un sabio refrán, respecto a la confianza del hombre, muchacho –retruca el superior, sin soltar el teléfono.

-Tendré cuidado, señor…

-¡Ah!… No sé si sabes, se disparó un “Alerta Amber”, hay tres chiquitas del interior reportadas como desaparecidas, si fueran las del frigorífico, seguramente querrán “ubicarlas” rápido. Por eso se dispusieron retenes y controles marítimos, aéreos y terrestres en todo el país y zonas limítrofes… Mandaron ropas de las niñas a las divisiones caninas para el rastreo vehicular, especialmente a camiones…

-Ah, muy bien –reconoce el teniente, leyendo en la computadora los nombres de las jóvenes buscadas-, para estas larvas, se trata de un cargamento valioso y van a querer ubicarlas rápidamente, pero antes, voy a perseguir a una hormiga que me va a llevar al interior del hormiguero…

-De acuerdo teniente… Mantenme informado… Ah y no te olvides de pasar por la morgue, a ver si descubres algo removiendo lo que quedó de estos últimos cuatro…

-Sí sí, gracias –responde el teniente, abrochándose el gamulán-… En un rato estaré por ahí.

Hora 17.00

Ya en la salida, ni bien se asoma a la antigua escalera de mármol que tantas veces usó, el maduro oficial da rienda suelta a su adicción predominante y enciende un cigarrillo dándole una gran bocanada… Después de bajar esos rutinarios veinte peldaños, el policía de ojos claros eleva su mirada, buscando el calor de un sol que comienza a esconderse tras la arboleda del parque. Por costumbre, mira hacia la playa de estacionamiento y recuerda que está sin su Gladiator, entonces consulta el reloj y encara una travesía hacia la avenida más cercana. Aún no tiene decidido qué va a hacer en esta hora que se impuso para despejarse, pero caminar, le parece una buena idea. La recomendación que Débora Sinclair y el comisario le habían hecho sobre visitar la morgue, la tiene muy presente y es lo que va a hacer, ni bien la forense Yanina Corbalán comience su turno… Poca gente en las calles, el otoño hace lo suyo y el viento desparrama las hojas secas, que se congregan en rincones como fantasmas que rehúsan separarse… En un momento dado, frente a él se presenta una tienda de chocolates y a la memoria le vienen las palabras de su compañero Quiroga sobre la atractiva forense:

“Lo tiene calado, jefe”

“No le gusta el café”

“Mmm, entonces no continúe prometiendo lo mismo… ¿Probó con chocolates o flores?”

 Pensando que Quiroga jamás se enteraría, el oficial se decide y entra a la bombonería…

Hora 18.00

En el subsuelo del gigantesco edificio policial, además de los polígonos de tiro, escuela de tácticas y microcine, funciona la morgue forense. Aquí se abren los cadáveres de personas involucradas directamente en casos criminales, como los recientes tres comandos explotados en la vieja casona y el empleado del matadero, Washington Taglieri, ajusticiado por un grupo de mujeres anónimas. Por estos amplios pasillos, con una coqueta bolsa dorada colgando de una mano, el rudo detective de homicidios se dirige hacia a la morgue, cuando recibe un llamado…

 “Teniente Malkevich” –atiende.

 “Soy José Antonio… Estoy en la Avenida del Pueblo llegando a la torre Imperio –habla el perseguidor desde su moto, por el casco manos libres-. Ahora entran al estacionamiento, intento lo mismo y le informo…”

 “De acuerdo, ¡anda con cuidado! Hasta luego…”

 En el pasillo, el teniente se cruza con algunos colegas de uniforme que lo saludan con cierta suspicacia, tal vez desconcertados por ver al recio policía Horacio Malkevich, cargando algo delicado… Después de transitar unos metros, comienza a desabrocharse su gamulán por sentir el rigor de la calefacción, hasta que finalmente se enfrenta a unas puertas de acero automáticas que se abren y accede a la morgue. Ni bien entra, puede ver a dos auxiliares trabajando sobre un cadáver en una especie de quirófano vidriado, los saluda al pasar y continúa al laboratorio, en donde descubre a la criminalista forense Corbalán -esta vez sin barbijo-, operando un microscopio binocular de varios objetivos…

 -¡Ejem! –se aclara la garganta al entrar.

 Ella termina el proceso y se retira de los oculares, exhibiendo unos enigmáticos ojos verdes, enmarcados en un rostro cautivador.

 -Buenas tardes teniente –lo saluda, bajando del taburete-, creo adivinar a qué obedece tu visita…

 El policía practica una hosca sonrisa y sin titubear le entrega la bolsa que mantenía oculta.

 -¿Y esto? –reacciona ella, sorprendida- Mi cumpleaños aún no llega.

 -Sé que no te gusta el café y me siento en deuda contigo Yanina… Siempre me atiendes muy bien.

 -Sí, pero ello no te exceptúa de cumplir con las normas de seguridad, señor –lo reprime, mientras abre la caja sellada con un moño rojo-… Allá tienes cofia, camisolín y barbijo.

 Malkevich cuelga el gamulán y ejecuta el ritual sanitario, pero sin perder de vista a la profesional, quien se asombra al ver una gran caja de bombones Rocher.

 -¡Oh! ¡Exquisitos! –exclama, sonriendo- A Carolina le encantan los bombones de avellanas… ¡Muchas gracias!

 -¡Me alegro! Tu hija ya debe ser adolescente, ¿no?

 -Cumplirá quince en octubre.

 -Ah, toda una señorita ya, ¿le harás fiesta?

 -No creo, sin el padre para el vals, no la desea…

 -Ya han pasado cuatro años de tu separación…

-Cinco -corrige ella, con una mueca de resignación, mientras se coloca el barbijo.

-¿El padre qué dice?

– A ese malparido no lo queremos cerca…

-¿No hay aún un padre sustituto?

-Un padre o una madre, no se pueden reemplazar.

-¿Lo dice ella o lo dices tú?

La profesional guarda el regalo y se apresta a continuar su labor, como queriendo esquivar la interpelación del hombre maduro…

-¿Vienes a investigar tus cadáveres? –le pregunta ella, mientras lo lleva a los nichos refrigerados.

-Sí.

-Los otros dos están igual –le adelanta la perito después de sacar el primero, que muestra un cúmulo de carne y huesos desarticulados…

-Por protocolo, debo verlos Yanina…

-Como digas –le dice entonces, exhibiéndolos-… Respecto al cuarto, estamos trabajando sobre sus restos carbonizados, el informe final estará listo a medianoche…

-Bien, gracias Yani… –no lo termina de decir, cuando el sonido de alerta de su celular en el gamulán, lo impulsa a ir rápidamente hacia allí.

“Teniente Malkevich” –atiende, ya en el último ringtone…

 “Soy yo –dice el dominicano desde su celular, escondido en un recoveco del estacionamiento-… Los seguí hasta al ascensor, lo llevaron al piso 8… ¡Aghhh!…”

“¿Qué pasa, José Antonio? ¡Responde!… ¡Mierda!”

-¿Qué ocurre, Horacio? –pregunta ella, sobresaltada.

–Algo malo, seguro –le informa él, mientras se quita sus protecciones para salir corriendo hacia la salida-. Después te cuento, doctora.

                                                        

                                                                                              CAPÍTULO V

Hora 19.00

Malkevich corre por el pasillo con el gamulán bajo un brazo, mientras intenta restablecer la comunicación con su contacto –al parecer atacado-, pero al comprobar perdido el enlace, se conecta con la coordinadora Débora Sinclair y le solicita envíe las patrullas más próximas… Una vez en la salida, se asoma a la playa de estacionamiento y puede ver a dos oficiales conversando al pie de sus motocicletas, se coloca su chaqueta y tras pedir prestado un casco, salta sobre una y se lanza a toda velocidad hacia la torre Imperio, ubicada a unos pocos kilómetros de allí… En tanto, en el alborotado despacho de la oficial Sinclair, se presenta la perito forense Corbalán, con intención de enterarse qué motivó la intempestuosa salida del teniente…

Avenida del Pueblo.

Hora 19.05

Tras la alerta general, se activa el sistema de seguimiento urbano con cámaras y se destacan móviles y drones hacia el lugar…

Torre Imperio.

Hora 19.15

“Teniente Malkevich, en el lugar” –susurra en su celular, acercándose a la moto de José Antonio, con el arma en la otra mano…

El policía, camina con sigilo en el estacionamiento plagado de autos durmientes, lo primero que observa es la moto de agente sobre su pata de cabra y también el casco inteligente sobre el asiento, luego inspecciona atrás de la columna más cercana, sin novedad, hasta que por debajo de un coche, puede ver correr un hilo de sangre, da la vuelta y descubre a su compañero de origen afro, degollado… Mira a su alrededor y todo se ve tranquilo, excepto algún movimiento de vehículos, propio del lugar, hasta que la campanita del ascensor del frente y la luz -que indica subsuelo- se manifiestan, entonces él queda expectante, con el arma aún en la mano… Ni bien se abren las dos hojas, puede ver a Alejandro Quiróz en su silla de ruedas, traccionada por su guardaespaldas…

-¡Oh, teniente! –exclama con cierto asombro el lisiado- ¡Qué sorpresa!… Por las dudas le informo; vine a ver a mi patrón…

-Eso, a mí no me interesa.

-Bien… No quisiera pensar que me está siguiendo.

-Por supuesto que no, sólo vine por una denuncia…

-¡Ah, ya veo!… ¡Cayó un motochorro! -señala el anciano argentino, viendo el cadáver del moreno- ¡Andan por todos lados!… Este, seguro quiso robar un auto, por suerte no fue el mío…

Con las sirenas de las patrullas acercándose, Malkevich se da vuelta para no ver más la cara del sarcástico anciano, de inmediato y sin mediar saludos, el asistente lo lleva a su camioneta y comienza a subirlo… El teniente oculta su ira, pero sabe con certeza, que al joven oficial lo mandó matar este inválido motriz.

Hora 19.30

Luego de dar una inspección ocular alrededor de su colega muerto, el investigador toma el casco de su moto y tras subirse a una patrulla, se lo lleva.

Departamento de Policía.

Hora 21.00

La noche se adueñó de la ciudad y un viento frío exhorta a la gente a levantar las solapas de sus abrigos. En la calidez de la sala de informática, el detective Malkevich -aún dolido por el asesinato del policía motoquero- cuelga su gamulán para acercarse a Luciano Báez, un joven y destacado oficial, encargado del sector…

 -¿Qué encuentras muchacho? –le pregunta, viéndolo trabajar con la cámara de video del casco de José Antonio…

-Tengo toda la secuencia, teniente –le informa el operador, reproduciendo las imágenes desde el puerto USB del casco-. Desde que comenzó el seguimiento, hasta cuando llegó usted… Estaba en modo automático.

-Bien, adelántalas… Quiero ver desde la entrada al estacionamiento.

-Sí señor –le dice con respeto, el joven de aspecto atlético y rostro anguloso.

 -¿Puedes creer?, es la única prueba que tenemos –lamenta el maduro policía-, borraron los registros de las cámaras del estacionamiento y el pelotudo del encargado no sabe cómo ocurrió…

En eso, se oyen dos golpes en la puerta y Báez responde, pero sin quitar la vista del monitor:

-¡Adelante!

La puerta ciega se abre y aparece la médica forense Corbalán, enmarcada en ese espacio vertical, como una diosa viviente… El teniente gira y al verla desprovista de sus elementos de seguridad, se asombra al descubrir la tersura de su rostro…

-¡Ah, Yanina! Pasa, por favor.

-¡Perdón! Me dijeron que aquí podría encontrarte, te estuve llamando, pero me daba apagado…

La profesional entra a la sala repleta de dispositivos electrónicos y su atrayente perfume invade el ambiente…

-¡Ah sí, discúlpame! –responde Malkevich, tomándose la frente- Olvidé pasarte mi nuevo número, lo cambiamos después de recibir ese audio de las Justicieras.

-Entiendo –responde ella, acercándose…

-Ahora estamos revisando el video que tomó la cámara del casco de José Antonio –le aclara él-… Te habrás enterado…

-Sí sí, pobre muchacho, tan joven…

-Veintitrés años –interviene el oficial, elevando la vista por primera vez-, mi misma edad.

-Ah perdón Yanina, no sé si se conocen… El Ayudante Luciano Baéz, de ciberdelitos… La forense Yanina Corbalán…

-Encantada Luciano… A mí no me registras mucho, pues ando siempre por las catacumbas…

El oficial ayudante sonríe y tras darle la mano prosigue con el teclado, hasta detener la imagen en el momento en que José Antonio hablaba por celular con el detective…

-Sí, adelante –le indica Malkevich, acomodándose sus lentes bifocales.

“Teniente Malkevich”

En esa secuencia, la escena muestra una mujer rubia, de pelo corto, vestida de negro, acercándose felinamente con un cuchillo táctico en la mano…

 “Soy yo… Los seguí hasta al ascensor, lo llevaron al piso 8…”

Hasta que esa mujer lo sorprende por detrás, degollándolo…

“¡Aghhh!…”

“¿Qué pasa, José Antonio? ¡Responde!… ¡Mierda!”

-Es Irena Symanski –murmura entre dientes Malkevich, mientras la asesina desaparece del cuadro, del mismo modo que apareció-, lo supuse.

-¡Pero, qué hija de puta! –suelta el muchacho, dejando correr las imágenes.

-Es una exterminadora a sueldo –agrega el detective.

El joven operador no puede ocultar su pesar y baja la cabeza, a Malkevich le extraña esa reacción en un profesional, joven, pero profesional al fin, entonces le pregunta:

-¿Te afectan estos cuadros, no?

-José Antonio era mi amigo –responde con los ojos enrojecidos-… Entramos juntos a la Academia y éramos compañeros de cross.

-Entiendo, lo siento.

Se produce un pesado silencio, hasta que las imágenes en el monitor, revelan la entrada en escena del propio Malkevich.

-Puedes apagar eso, ya sé cómo sigue.

-Sí señor, gracias.

La médica forense se aleja hacia la puerta, sintiéndose dolida por el patético episodio y Malkevich, tras darle una palmada de consuelo al sufriente operador, va tras ella.

-Gracias Luciano –le dice en la puerta-, avísame si hallas algún otro indicio. Ya tengo lo que sospechaba… Te debo el café.

-Por nada, teniente –le dice el operador y agrega-… Disculpe doctora.

-Por favor Luciano… De veras, lamento esto. Buenas noches.

Una vez en el pasillo, Yanina le dice a Malkevich:

-Quiero comentarte sobre el informe odontológico de los malandras…

-Ah sí sí, ¿qué has hallado?

-Nada revelador, sólo que dos de ellos tienen empastes molares de oro y por estos lares, este tipo de amalgamas no son usuales.

-Ah, tú dices que son extranjeros…

-Al menos no son de aquí, en Sudamérica hay países que aún siguen usando estas amalgamas. Mandé al laboratorio a analizar su composición, para mañana tendré un informe más preciso…

Mientras ambos dialogan sobre estos temas laborales, unos destellos luminosos filtrados por los ventanales, anuncian tormenta…

Hora 22.00

Sorprendidos por los incipientes relámpagos, policía y doctora deciden apresurar su salida del ambiente laboral… Él, viste un clásico pantalón de corderoy marrón, polera beige y gamulán y ella, un elegante trajecito de calle en pana azul, cartera negra y un abrigo de piel sintética en la mano, aunque no cuentan con algún elemento de protección para lluvia… Una vez en la puerta, las primeras gotas frías despabilan al teniente y le hacen recordar que su caballo mecánico, no lo espera -como siempre- atado al palenque…

 -¿Dónde has dejado tu camioneta? –pregunta ella, desactivando a la distancia la alarma de su coche eléctrico.

 -Entró al taller después de la persecución en el puerto –responde él, caminando a la par, mientras prueba -infructuosamente- encender un cigarrillo.

 -Puedo acercarte, pero en mi auto está prohibido fumar.

 -Si no te causa molestia, acepto –responde él, guardando su encendedor y tirando el cigarrillo mojado.

 Ambos abordan el automóvil de última generación, cuando la lluvia se incrementa…

 -¡Guau! Parece una nave –exclama el policía, mientras se le ajusta automáticamente el cinturón de seguridad.

 -¡Sí, ja, ja! –festeja ella, encendiéndolo sin necesidad de la llave.

 -¿No me digas que ya está en marcha? –pregunta el detective acostumbrado a lo clásico.

 -Sí. Piso el pedal de freno y listo, aunque a ti te resultará extraño no oír roncar el motor ¡ja, ja!

 El silencioso vehículo da marcha atrás para salir de la dársena y antes de concluir la maniobra, Malkevich se sobresalta por unos golpes en su ventanilla.

 -¡Disculpe, teniente! –lo llama el joven oficial Luciano Baéz, bajo la lluvia.

 -Sí, muchacho… ¿Qué sucede? –le responde el detective, bajando un tramo el cristal.

 -Que… quería pedirle por favor que me ponga en reemplazo de mi amigo José Antonio… Sé moverme en moto como lo hacía él y deseo colaborar más de cerca en sus casos.

 -Pero a ti te necesitan donde estás-, responde el investigador, tratando de disuadirlo.

 -Podré con ello, teniente… Hay muy buenos técnicos informáticos en lista de espera que prefieren ese trabajo, al de la calle… Por favor, hable con el comisario, es muy importante para mí.

 Mientras el limpiaparabrisas va y viene, el joven oficial sigue bajo la lluvia, luchando por la aprobación, que al parecer persigue una:

 -¡Venganza! Eso es lo que buscas, muchacho y te puede jugar en contra…

 -Quiero ayudar a combatir el delito desde otro escenario, teniente. Pruébeme; deme una oportunidad…

 -De acuerdo –dice finalmente, Malkevich-, veo qué puedo hacer, nada prometo.

 -¡Gracias, teniente!… Muchas gracias, no le fallaré…

 -Ahora ve a secarte, te pescarás un resfriado.

 -¡Sí claro!

 El vehículo se pone en movimiento lentamente y Malkevich aprovecha para gritarle algo por la abertura de la ventanilla

-¡Puedes comenzar vigilando y grabando a ese viejo decrépito. Hemos colocado cámaras en su oficina del frigorífico Central!

El coche se aleja y el joven levanta su pulgar aceptando la petición. Malkevich alza el cristal y comienza a secar sus lentes…

Por las calles de la ciudad.

Hora 22.20

El vehículo de la forense se desplaza al ritmo del tráfico urbano, cuando un relámpago seguido de truenos, abren el grifo nuboso…

 -Este chico está dolido y busca vengar a su amigo –comenta Yanina, concentrada en la conducción.

 -Opino lo mismo –agrega Malkevich, relajándose en la calidez del habitáculo- por un lado mejor, ello le ayudará a agudizar su instinto de supervivencia para cumplir su cometido.

 -Es impiadosa esa mujer rubia.

 -Ajá -reafirma el detective-. Le gusta “trabajar sola”, los matones los usa de apoyo y son locales.

-¿Ya lo sabes?

-Sí, por el tipo de armas que usan –revela él, mientras manipula el celular-. Te dejo una llamada para que registres mi nuevo número.

-Dale, gracias. ¿Qué decías de esa asesina?

-Es experta en lucha y enfrentamientos tácticos…

-Nada que una bala en la cabeza no pueda.

-¡Hey, muchacha! Baja un cambio… La función de la ley –representada por nosotros-, es detenerla y arrestarla…

-Mejor, que no se cruce en mi camino…Yo no soy policía, trabajo para ella, no lo olvides, teniente.

-Para ser una doctora, tienes bien definidos estos conceptos.

-Primero, soy mujer y madre… Imagino el dolor de la mamá de José Antonio…

-Es verdad, no le podremos comunicar personalmente la noticia, ella se encuentra en la República Dominicana.

-A esta tal Irena –la mercenaria-, ¿la habrá contratado el Pulpo? –deduce ella, mientras digita la pantalla táctil que coordina las funciones de todo el vehículo.

 -¡Hey, qué bien informada estás! –se sorprende él, viendo las secuencias de imágenes que se proyectan en la pantalla frente a ellos.

 -Tengo amistades y la información trasciende, teniente –define ella, seleccionando la imagen de unos leños ardiendo, que aportan tibieza a la noche tormentosa.

 -Ah, pero mira qué bien –se asombra él por la confortable tecnología a disposición-… Ahora sólo falta una copa y música… Si es celta, mejor…

 -Todo se puede -agrega ella, tomándole una mano para enseñarle-. Música, hay aquí, toca; pero la copa, tendría que ser en casa…

 Visiblemente contrariado, el adusto policía se deja llevar… Y con su índice regordete, empieza a buscar un tema adecuado en la grilla musical, pero sucede, que un conductor imprudente se cruza y obliga a Yanina a frenar bruscamente, provocando el desliz táctil del tosco dedo del policía a otra sección y enseguida en la pantalla aparece un noticiero…

 “Camila sólo tiene trece años… Por favor a quien la tenga, le ruego que me la devuelva… es mi única chiquilla… Su padre murió hace poco por el coronavirus y yo no sé que hacer…”

 -¡Oh, mierda! ¡Qué oportuno! -masculla él, sin saber cómo quitar ese canal…

 -No no, déjalo –le dice ella, retomando la conducción-, son las niñas desaparecidas…

 Esta madre desesperada envía su súplica por los medios y en pantalla partida se van exhibiendo las fotos de otras dos adolescentes, mientras una periodista en off relata:

 “DESPUÉS DE ACTIVAR LA “ALERTA AMBER” MUNDIAL, MÁS LA “ALERTA SOFÍA” EN ARGENTINA Y LA “ALERTA EMILIA” EN ECUADOR…Y DESDE HACE DOS DÍAS, CON UN DESPLIEGUE POLICIAL NUNCA ANTES VISTO, AÚN NO HAY NOVEDADES DE LAS TRES ADOLESCENTES, PRESUMIBLEMENTE SECUESTRADAS POR UNA ORGANIZACIÓN DE TRATA INTERNACIONAL…”

 “Trata de blancas” –asegura Malkevich-. Buscan jovencitas para venderlas, si son vírgenes, mejor… Y Quiróz está involucrado…

 -La policía debe hacer algo y rápido, Horacio –urge ella, golpeando el volante con un puño.

 -Estamos haciendo, Yanina.

 -No lo suficiente, muchacho… No lo suficiente…

A la misma hora, en otra parte de la ciudad.

En un lujoso piso tipo loft, tres adolescentes se encuentran cómodamente sentadas en un sofá de varios cuerpos, se trata de las desaparecidas en distintas provincias del Interior, jovencitas, que probablemente no conocen ciudades con rascacielos de vista al mar, como en el que ahora se encuentran… Las tres contemplan hipnotizadas un canal de música moderna, que desde de una gran pantalla curva emite vertiginosos ritmos juveniles. Afuera, esporádicos relámpagos en el horizonte iluminan esta noche tormentosa, permitiendo distinguir algunos yates amarrados en un puerto. Las adolescentes visten ropas de primeras marcas y adecuadas a su edad y al parecer, se sienten cómodas, pues disfrutan de su estadía mientras toman jugos y gaseosas… Una puerta se abre y entra una mujer joven -de rasgos orientales- cubierta con una especie de kimono.

 -Hola chicas, ¿cómo están? –les dice, entregando una computadora portátil a cada una-… Soy Yhamira y me voy a encargar de su estadía hasta que viajen; veo que han elegido indumentaria muy a la moda… ¡Las felicito!

 Las jóvenes asienten casi al mismo tiempo, mostrando cierto grado de timidez.

 -¿Saben usarlas, cierto? –pregunta la mujer, sobre esos dispositivos electrónicos, comunes a cualquier adolescente- Ah, les aclaro que por la tormenta estamos sin internet y hay funciones inoperantes, ¿okay?

 Las tres -más confiadas- vuelven a asentir.

-Les comunico que pueden quedárselas, son suyas…Después de la experiencia, podrán llevárselas a sus casas…

Las tres sonríen y este bienestar se reproduce en monitores ubicados en otro piso, bajo la atenta mirada del “pulpo” Méndez y alguien más.

-Se ven bien –comenta Irena Symanski, desde la sombras, en un trabado castellano.

-Debemos cuidarlas como frutas de exportación –responde Méndez, de pie, mientras fuma un habano y disfruta de un trago…

-¿Cuidarlas como frutas? –replica la mujer polaca.

-Las manzanas o peras magulladas, no pueden ser seleccionadas para el mercado internacional, pierden su valor…

-Entiendo –lo sigue la mujer, observando a las chiquillas en la pantalla, mientras él sentencia…

-Y si están mordidas, no valen nada.

-¿Las tres son vírgenes?

-Sí.

-Mercadería valiosa para tus compradores –califica la mercenaria rubia, responsable de la seguridad y traslado de “esa mercadería”.

-Sí, esta cofradía es muy especial, no las quieren sometidas, ni drogadas y mucho menos abusadas…

-Mmm, increíble –se interesa Irena, enfundada en un mono negro de cuero sintético-, las requieren inmaculadas y sin vicios, en un mundo donde se promulgan las experiencias y las prácticas, como una exigencia para llegar a la consagración.

-Esa filosofía no me la planteo, no me interesa la religión, la política, ni la ética… Esto lo tomo como un negocio, un buen negocio y nada más -define el hombre de voz áspera, dando un buen trago a su vaso de whisky.

-Cuanto más sepas con quién operas, tanto mejor harás tus negocios –retruca la mercenaria de ojos claros, denotando ambición en su mirada.

-Puede ser –reconoce Méndez, algo fastidiado-… Sólo sé que se trata de una secta o algo así, buscan cierta clase de jovencitas, castas y puras, pero no tengo idea para qué… Nosotros sólo las captamos, las preparamos y las trasladamos, eso es todo.

-Mientras paguen bien…

El ejecutivo, que viste un traje elegante y usa el cabello lacio peinado hacia atrás, le da una ojeada a otros monitores, en donde se ven varias dependencias en distintos pisos del edificio vertical… De esta forma, lleva el control de un amplio gimnasio, una piscina y un moderno quirófano o sala de cirugías, todo ello vigilado por personas de civil, que parecen centinelas…

-Sirve… Todo sirve, Irena… Lo que a ti debe importarte, es hacer bien tu trabajo y asegurarte de tener alejados a los curiosos… Nada más.

Frente a las adolescentes sentadas, la mujer oriental presiona un control remoto y en la pantalla curva aparecen variados platos gastronómicos, luego se acerca y les señala cómo elegir la cena. Teniendo en cuenta sus edades y costumbres adolescentes, las tres digitan los códigos de las “comidas chatarra” más comunes, aunque una -al parecer la mayor- además, se anima a pedir una cerveza.

-Mmm, sobre la bebida con alcohol tendría que consultar –le comenta Yhamira-. ¿Qué edad tienes, Antonella?

-Dieciséis, señora.

-Yhamy, puedes decirme.

-Dale, Yhamy.

-Mientras preparan lo ordenado –manifiesta la mujer, sentándose frente a ellas-, cuénteme si las doctoras las atendieron bien durante la revisación…

-Sí, sí, bien –responde Antonella, la más extrovertida-. Yo, nunca había pasado por un examen físico tan completo, mejor que para el colegio.

-Sí claro –comienza a explicarles la mujer-… Este “reality” es muy exigente y participan chicas de todo el mundo.

-En la página decía “Gran Hermano Kids” –anexa otra, con alguna reserva en sus gestos-… A mí, lo que más me gusta, es que ¡vamos a conocer a nuestros ídolos!

-¡Ah bien! ¿Y cuáles son tus ídolos, Marina?

-Miley Cyrus, Selena Gómez, Nicki Nicole…

-¡Yo adoro a los influencers que van a estar! –agrega con brillo en los ojos, la que aparenta menos edad…

-¡Ah sí, claro que sí Camila! Ahora, díganme cómo hicieron para que sus padres no se enteren de estas decisiones… Saben guardar secretos, ¿verdad?

-Yo no tuve problemas –arranca Antonella, la mayor-. Es más, no sé si se han dado cuenta de que no estoy, porque a veces duermo en lo de mis amigas…

-¿Te parece que mamá y papá no han notado tu ausencia, Antonella?

 -Mi madre siempre está ocupada con sus cosas y mi papá, se la pasa viajando… Disculpe Yhamy, acá no se puede fumar acá, ¿verdad?

La mujer de rasgos orientales le niega con la cabeza y luego se interesa por la de quince años…

-A mí no me controlan la compu, ni el celu –confiesa, Marina-. Yo manejo mis tiempos y selecciono a mis amistades… ¿Tengo derecho a la privacidad, no? ¡Y bueno, me anoté y ya!

-¿Y tú, Camila? –se apresura a preguntar la mujer, notando a la más chica, muy temerosa.

-Y, yo no estaba muy segura de anotarme, sabía que mi mamá no me iba a

dejar si se lo decía…

-Entiendo y tu papá, menos.

-Mi papá murió hace poco.

-Ah, lo siento Camila… Pero no te preocupes, has tomado una buena decisión, mañana -muy temprano- estarás en camino a esa experiencia única y fabulosa y conocerás un mundo de ensueño con palacios y sultanes como en los cuentos… Además conseguirás mucho dinero para ayudar a tu familia, como te prometimos… Sólo deberás hacer lo que te digan y listo… ¡Así de sencillo! Después, nosotros nos encargaremos de darles las buenas noticias a tus padres y la fecha de tu regreso para que vayan a recibirte al aeropuerto, seguramente estarán los medios y todos tus amigos aguardándote…

Los ojos de las tres adolescentes se agrandan.

-Ahora díganme… ¿Alguna vez, viajaron en avión?

Las tres niegan con la cabeza…

-Bueno, prepárense para vivir una experiencia de película… Después de cenar irán, a descansar para encarar ¡el gran día que les espera!

                                  

                                                                                        CAPÍTULO VI

En el auto eléctrico de Yanina Corbalán.

Hora 23.00

La lluvia arrecia, pero la insonoridad del automóvil la minimiza, detenidos frente a la casa de varias plantas de la forense, ambos profesionales continúan mirando a la vocera del grupo Familiares del dolor, Ana González, una mujer de unos treinta años, con media cabellera rojiza y la otra mitad rapada, que contesta una pregunta insidiosa de la periodista…

 “Usted bien sabe, señorita periodista, que las exigencias de la vida moderna nos obliga a permanecer mucho tiempo fuera de casa para cumplir obligaciones… Algunos padres podemos contar con la ayuda de los abuelos, pero a menudo, debemos afrontar solas la crianza de nuestros hijos y se nos complica… No obstante, sabemos cómo cuidar de ellos, pierda cuidado…”.

 -Tiene carácter esta mujer, parece –murmura Malkevich, mientras la periodista dispara otra pregunta.

 “Entonces, ¿no está de acuerdo en que parte de esta problemática, es debido a que muchos padres (me refiero a los dos, separados o no) están más concentrados en sus logros personales, que en la crianza de sus hijos?”

“¡No me venga con ese planteo estúpido, señorita! ¡Es el Estado, quien debería ocuparse más de investigar y localizar a estos grupos criminales que pululan en internet engañando a nuestros hijos con promesas y falacias!…”

-¡Es brava, eh! –acota el policía, embelesado con la exposición de la vocera.

 -Es una mujer que brega por la justicia –define la forense, mientras sube el volumen a la entrevista, evidenciando un particular interés por la misma.

“Y a las fuerzas policiales, se le deberían otorgar mayores facultades para intervenir y accionar contra estas organizaciones internacionales…”

“Entonces, señora González… Usted discrepa con quienes dicen que “estas captaciones y reclutamientos de jóvenes” se deben al estilo de vida actual”

“Mire señorita, si bien la sociedad se ha transformado en un ente individualista, el rol de los padres continúa siendo el mismo y lo que suceda con sus hijos, no siempre depende de ellos (tal, como algunos medios “comprados” le quieren hacer creer a la opinión pública) por eso, no sólo discrepo, si no que denuncio a estos medios que cuestionan a las víctimas y defienden a los victimarios, así como también a los jueces corruptos que actúan a favor de esos intereses…”

-¡A la mierda! –escupe Malkevich.

 “Observe el dolor de estas madres desgarradas por la pérdida de sus hijos y su desesperación por no saber dónde están y respóndame ¿si usted se atreve a mirarlas a los ojos y plantearles que la culpa de este sufrimiento, es porque no los controlaron lo suficiente?…”

 En ese momento, suena el celular del policía y al identificar la sección de dónde proviene la llamada, acciona el altavoz y atiende:

 -Teniente Malkevich…

 “Soy Luciano, teniente… Tal como me encargó, empecé a revisar las cámaras que le puso al viejo Quiróz… Descubrí que al llegar la redada, metió un celular en una bolsa y lo tiró adentro de la cafetera… Más tarde, cuando estuvo de vuelta lo rescató y estableció una comunicación…”

 -Claro, el que llevaba encima estaba limpio… ¿Sabes con quién habló o qué habló?

 “Dijo: (La entrega se postergó para mañana a las seis, en el sitio de siempre…), ahora estoy analizando las comunicaciones desde las coordenadas del frigorífico, para triangular las señales de la red y determinar el punto de enlace…”

 -Ah bien, muy bien… Avísame ni bien lo tengas.

 Después de cortar, el detective susurra:

-Te lo dije, “la sed de venganza no es buena, pero agudiza los sentidos”.

          -Para descubrir a estas organizaciones, la cibernética es imprescindible hoy día y este chico se ve dispuesto –le comenta ella, como para acompañar al tema justo cuando finaliza la entrevista.

 Malkevich sólo asiente, está pensativo… Entonces Yanina decide atraer su atención y dirigiéndole una inquietante mirada, le pregunta:

-¿Quieres pasar a tomar algo?…

Él reacciona enseguida…

 -No quiero incomodarte, es tarde.

 -No hay problema, debo hacer tiempo para buscar a Carolina y de paso te alcanzo, está reunida con compañeros del colegio.

 -Bueno, vamos por esa copa.

 Ambos bajan del coche y no pueden evitar mojarse hasta alcanzar la puerta.

 -¡Perdón!, el garaje está en refacción.

 -Es sólo agua –dice él, minimizando la situación.

 Ella se quita su abrigo y luego, mientras enciende un hogar a leños artificiales, le dice:

-Dame el gamulán, Horacio… Lo ponemos a secar.

El policía accede y mientras lo hace, observa el suntuoso interior del living ambientado al estilo nórdico y revestido en madera, asemejándose a una cabaña de troncos.

-¡Ah, pero qué bueno! –se sorprende él- Un rancho, dentro de una casa…Te gusta la madera, parece…

-Es de familia –responde ella, dirigiéndose al minibar-, me crié en una cabaña alpina… Papá las construía y bueno, el aroma a madera fresca me puede.

-Es acogedor este ambiente –reconoce él, reprimiendo su gran necesidad de fumar.

-Ajá –responde ella, mientras abre dos puertas vitrales que guardan gran variedad de bebidas-. ¿Qué te gustaría tomar?

-Lo que me gusta, generalmente no lo encuentro…

-Prueba conmigo –replica ella, muy segura.

-Arak.

-¿Con agua o limonada? –le pregunta, refutando su objeción, mientras baja una botella traslúcida de una especie de licor anisado, muy potente.

El policía se acomoda los lentes y se acerca a ella, visiblemente asombrado.

-Sólo con agua y hielo, por favor… No es común hallar este licor en Sudamérica; me has sorprendido.

-Tengo amigos de otras partes del mundo, muchacho –le informa ella, alcanzándole el trago-… Si no te importa, me doy una ducha rápida y regreso por mi copa…

-Sí sí, desde luego… Ve tranquila.

La forense entra al tocador, se desviste y comienza a ducharse, generando vapor tras una mampara decorada. El investigador comienza a disfrutar de su trago, mientras recorre el sofisticado interior observando cada detalle, lucha contra su deseo de encender un cigarrillo y se acerca a un ventana con intención de abrirla, pero la intensa lluvia aún reinante lo desalienta, entonces se sienta en un sillón de terciopelo blanco, justo frente al hogar encendido y en ese momento suena su celular.

-Sí Luciano, te escucho…

“La triangulación arrojó un enlace con la torre Imperio, teniente”

El investigador salta del mullido sillón y tras recoger el gamulán, se dirige al baño sin quitarse el celular del oído…

-Quédate en línea, muchacho –le dice, mientras toca a la puerta- ¡Yanina, disculpa! ¿Me oyes?

-¡Sí, ya salgo! -responde ella y se asoma apenas cubierta por un toallón- ¿Qué pasa?

-Voy a la torre Imperio, el viejo habló con alguien de ahí. ¿Me prestas tu auto?

-Sí sí claro, si te animas…

-Ehhh… creo que sí, sólo indícame dónde está el acelerador.

-Ja ja…Ven –le dice, saliendo así como está, sin poder evitar mostrar la unión de sus pechos, en donde se destaca un ángel tatuado-, con esta tarjeta lo abres y lo enciendes, lo demás te vas a dar cuenta…

-Gracias, no puedo esperar ni gestionar órdenes de allanamiento con jueces corruptos…

-Buena suerte, ¡cuídate!

Hora 00.30 del día siguiente.

Rumbo a la torre Imperio.

Ya amigado con la moderna tecnología del coche eléctrico de la forense, Malkevich –en medio del temporal- se dirige al punto señalado por Luciano Báez como enlace telefónico con el frigorífico Central… El ducho policía, tiene la corazonada que ahí se encuentran las niñas captadas engañosamente y no se equivoca, sólo que no confía en los mecanismos legales –manipulados por el pulpo Méndez- para solicitar órdenes y revisar el lugar, pues pondría sobre aviso a los captadores, por eso decide recurrir a la ayuda de alguien confiable y llama a Julio Quiroga…

 “Hola jefe” –responde el sargento, enredado en las cobijas de su cama matrimonial.

-Sé que es tu aniversario, pero te necesito, voy solo a la torre Imperio, creo que a las chicas las tienen ahí, nadie se debe enterar, nos vemos en veinte minutos…

“Sí, ya salgo teniente” –responde el leal compañero, quien negando con la cabeza, se disculpa con su esposa por hacerle interrumpir un acto bajo las sábanas.

A la misma hora, en casa de Yanina Corbalán.

Yanina se calza un enterito negro muy ceñido, toma una chaqueta de cuero y se dirige al garaje mientras hace una llamada…

 -Circe, debemos actuar. En quince minutos en el punto de encuentro. Convoca a las chicas…

 La receptora del llamado -Ana González- contesta saliendo de un canal de televisión, luego de finalizar una entrevista…

 “Comprendido, Hera… Yo tal vez no llegue a tiempo por la distancia, iré directamente al objetivo que me indiques” –responde la vocera de “Familiares del dolor” apurando su paso.

 -Bien, te aviso luego –le dice la forense convertida en la “Justiciera” líder, mientras va pasando por distintos ambientes de su caserón, entre cuales se destaca un gimnasio con sacos de boxeo y un ring.

Después de cortar, Circe activa una alerta a un grupo de Whatsaap compuesto por: “Artemisa, Atenea, Hestia, Némesis” y las convoca. Mientras la ahora Hera, descorre una lona que cubre a una camioneta van gris de vidrios polarizados y sin chapas patente… Y tras abrirse las puertas del garaje, sale rugiendo.

En el coche eléctrico, rumbo a la torre Imperio.

Hora 00.35

Malkevich realiza una videollamada a su apoyo del sector cibercrimen, el joven oficial Luciano Báez y le pide que rastree el piso de donde bajó el lisiado Quiróz, luego que mataran al dominicano José Antonio; respuesta que no se hace esperar…

 “Sí, lo tengo teniente… El ascensor fue pedido en el octavo”

-Bien, ahora necesito que interceptes todas las cámaras que puedas en ese perímetro, también las de la terraza y el subsuelo…

“De acuerdo, teniente… Voy a cerrar mi puerta con llave, debo violar ciertos protocolos legales para intervenir esa torre, cuenta con “cerco de protección legal…”

-Haz esto en secreto, nadie debe enterarse que voy en camino. Cuando lo tengas, pásame las imágenes al celular -remata el policía, observando al joven oficial en la pantalla de auto-… ¿Comprendido?

“Comprendido, teniente”.

En el automóvil de Julio Quiroga.

Hora 00.40

Cubierto por una capa con capucha, el sargento Quiroga coloca la baliza azul sobre el techo y de manera silenciosa se moviliza al punto indicado por su jefe, maldiciendo la copiosa lluvia que le obliga a circular con precaución.

Y así, tres vehículos convergen al mismo sitio, con el mismo fin, pero distintas motivaciones…

Hora 00.45

El coche eléctrico de Malkevich se desplaza bajo la lluvia por una ciudad durmiente, sin gente y sin tránsito. El policía está decidido a entrar a esa torre automatizada de más de trescientos metros de altura, que alberga sesenta plantas, en donde diversas empresas gestionan sus operaciones financieras, pero necesita de su apoyo remoto desde el Departamento de Policía…

 -Muchacho… ¿Puedes gestionarme un pase para el estacionamiento? –le pregunta a Báez, en modo manos libres, viéndolo en la pantalla del auto.

 “No teniente, nadie puede entrar ni salir de las playas subterráneas sin el pase que tienen los vehículos registrados, pero en planta baja funciona un centro de compras internacionales de 24 horas y le puedo conseguir un pase de visitante, se lo envío al celular, es un código QR”

 -Bien, me sirve… No quiero estropear este vehículo, me lo prestaron…

 “En un minuto se lo paso… Ya tengo el control de las cámaras de la terraza, hay un helipuerto…”

 -Bien, envía a dos drones de mi área, ya te mando la clave de acceso al sistema, pero insisto, nadie debe enterarse… ¿De acuerdo?

 “Sí claro, teniente…”

 -Una cosa más, muchacho… Averigua cuántos pisos maneja la corporación del pulpo Méndez y cuáles son…

 “Ya lo hice, señor… En los pisos siete, ocho y nueve funcionan las oficinas comerciales habilitadas, el décimo es privado y los últimos cuatro son pseudo empresas que también responden a él”

 -Extraordinario… Mira si puedes intervenir las cámaras de estos pisos…

 “En todos pude, menos en el décimo, teniente…”

 -Bien, empezaré por allí, gracias muchacho…

 “Es muy probable que en ese piso no tengamos enlace, hay inhibidores electrónicos, vaya con cuidado, teniente…”.

A LA MISMA HORA, CASI EN EL MISMO LUGAR.

El furgón gris se aproxima a la torre Imperio con las cuatro Justicieras convocadas por su líder Hera (nombre tomado de la reina griega de todos los dioses, de naturaleza violenta y vengativa), mientras la segunda al mando, Circe (de la diosa conocida por su don en la magia y los hechizos), también se acerca en su automóvil… Y así, Artemisa (de la caza), Atenea (de la guerra), Hestia (del orden y la familia) y Némesis (castigadora por actos malvados); mujeres comunes y de vidas simples, indignadas por la apatía de los sistemas judiciales -corruptos y retrógrados- y motivadas por sus deseos de impartir justicia, se van colocando sus máscaras blancas y alistando armas de asalto para entrar en acción…

Torre Imperio

Hora 00.50

La lluvia torrencial impide distinguir contornos definidos, pero la enorme mole de cemento –ícono de esta ciudad sudamericana- ya se presenta ante el investigador. El automóvil se detiene en la barrera automática y el policía pasa su celular por el lector óptico, al mismo tiempo las cámaras de seguridad toman diferentes ángulos del vehículo y por supuesto registran las placas de identificación. La barrera se levanta y el automóvil queda controlado por un sistema remoto, que lo dirige al puerto de estacionamiento comercial asignado.

 -(A la mierda con el dominio supremo) –masculla el investigador, obligado a soltar el volante, ahora comandado automáticamente.

 Y mientras se mueve con lentitud a su dársena de aparcamiento, diversas pantallas publicitarias invitan a los visitantes a conocer lugares turísticos paradisíacos, con coloridas playas de arenas blancas y mares de aguas turquesa, apoyados por una música melódica que se filtra por un tramo de la ventanilla abierta y de repente, el policía se sobresalta al oír dentro del habitáculo, una voz femenina que le pregunta si ¿desea dejar su carro en un puerto de recarga eléctrica?, a lo que después de la tercera petición, el policía decide responder que no. Una vez estacionado, Malkevich quita la tarjeta del encendido y el cinturón de seguridad lo suelta, en ese instante sale, sintiéndose “liberado” del dominio tecnológico al que no está acostumbrado y se encamina hacia el sector de ascensores…

A la misma hora, en el mismo edificio.

El sargento Quiroga deja su auto a cierta distancia de la torre y con su capa de lluvia se coloca frente a las puertas del centro de compras, estas se abren para darle paso y antes de cerrarse se filtra con él Ana González, huyendo del aguacero…

 -¡Perdón! –le dice ella, por el atropello circunstancial- ¡Llueve de mil demonios!

 -Todo bien, señorita –responde el policía, sorprendido al verla-… ¡Eh perdón!, usted esss…

 -Sí claro, vocera de “Familiares del dolor”… Es normal reconocerme, por este corte…

 -Ah sí –reacciona Quiroga, observando su llamativa media cabellera rojiza, ahora mojada-, la sigo en las redes… Loable lo que hace por las desapariciones de adolescentes, la felicito.

 -¡Gracias! –responde ella, alejándose de él para responder una llamada…

 “Hola Circe, estamos listas”

 -De acuerdo Hera, cuando active la alarma entren por el acceso de emergencias –le indica la pelirroja, caminando entre algunos compradores nocturnos.

 Dirigiéndose al estacionamiento, el calvo sargento Quiroga hace lo mismo…

 -Hola jefe, estoy yendo a su encuentro…

 “De acuerdo, te espero en los ascensores” –le informa Malkevich y de inmediato retoma la videollamada con su asistente Báez-. Ehhh muchacho, ¿podré usar el ascensor con este código que me has pasado?

 “No teniente, los ascensores sólo funcionan con personas registradas o gestionando turnos previos… Utilizan un sistema biométrico de acceso por reconocimiento facial en 3 D. Haga una cosa; sáquese una selfie y envíemela, así lo registro”

 El adusto policía accede y posa para su autorretrato justo en el momento que llega su asistente…

 -¡Ah bueno! –se sorprende Quiroga, reprimiendo una sonrisa burlona- No conocía esa faceta suya, jefe.

 -Deja de hablar boludeces y haz lo mismo…

 Sin comprender mucho, Quiroga hace lo propio y estando a punto de capturar su rostro con el celular, se sobresalta por la activación de la alarma de incendio…

 -¿Y ahora? –masculla el sargento, observando a su alrededor…

 -Mmm, es humo y viene de los baños –estima Malkevich, subiendo la escalera que lo conduce a ese sitio-… Veamos.

Hora 01.00

La alarma disparada provoca confusión y espanto en los pocos asistentes del shopping y todos buscan las salidas de emergencia, ahora habilitadas, mientras el dúo de policías se acerca al pasillo que conduce a los baños… Cuando llegan, pueden observar -entre un humo cada vez más intenso- a una figura que se aleja rápidamente del lugar y al abrir la puerta, una densa cortina de humo violeta los obliga a colocarse pañuelos en la nariz, entonces descubren el origen…

 -Son bengalas de humo pirotécnico –revela Malkevich, mientras desliza con un pie a dos de ellas hasta la rejilla más cercana…

 -Seguro las tiró la mujer que salió recién –acota Quiroga-, ¡voy tras ella!

 -No, aprovechemos el momento; ya se activó el protocolo y los ascensores deben estar en planta baja, libres para los bomberos…

 -Como diga jefe –obedece el sargento, resignado-… Qué oportuna esta chiflada ¿no?

 -Mmm ¿el color del humo no te dice nada, Quiroga? –pregunta el investigador, llegando presuroso a los ascensores…

 -Me suena a protesta de Ni una menos… ¿Pero en un baño?

 -Tibio tibio –le devuelve el investigador, presionando el piso décimo, sin respuesta

 -Está bloqueado, jefe.

 -No el ascensor, sí el piso –le indica a Quiroga, digitando el número once, de inmediato las puertas se cierran y ambos comienzan subir…

Hora 01.10

Enterada por la conversación que el teniente mantuvo con Baéz a través de una cámara interior en el automóvil, la forense, convertida en líder justiciera, va subiendo por otro ascensor junto a Némesis y Atenea, armadas y con sus máscaras colocadas. Lo primero que hicieron al subir, fue tapar la lente de la cámara de seguridad con un aerosol violeta y digitar el piso 11.

A la misma hora, en el mismo edificio.

Piso décimo.

Alertados por la activación de la alarma, los guardaespaldas de Méndez se movilizan y acompañan a la oriental Yhamira a la habitación donde dormitan las tres adolescentes buscadas…

 -¡Vamos chicas, debemos salir! –las despierta, después de encender las luces- Se disparó la alarma de incendio…

 En tanto, Méndez -acompañado por Irena Symanski- vigila en las pantallas el movimiento en cada piso y así, ambos pueden comprobar que además del comportamiento himenóptero de la gente en el centro de compras, hay dos elevadores subiendo, ya que los otros cuatro, están detenidos en planta baja debido a la emergencia.

 -Esss ese policía –farfulla la mercenaria polaca, reconociéndolo por la cámara del ascensor- y no viene en calidad de detective –agrega, al verlo colocar un silenciador a su arma…

 -¡Pero, cómo se atreve! –exclama el empresario, mientras alerta por Handy a sus guardaespaldas.

 -Algún soplón –deduce la mercenaria, activando un plan de escape.

 -¡Essse viejo lisiado! –intuye Méndez, mordiéndose de bronca.

-Tú puedes escapar por la manga, abajo tengo gente esperando en una todoterreno, yo me llevo la mercancía en la nave; ¡comienza a sacarla ya!

Ignorando que la par suya van subiendo las justicieras, Malkevich se apresta a bajar un piso arriba del décimo en cuestión, cuando recibe un llamado de Báez…

“Teniente, ¡en la azotea hay un hangar oculto y están sacando un helicóptero de aspas plegables!” -le informa por una videollamada, mostrándole -desde un drone- la apertura de dos compuertas en el piso, que alberga la moderna máquina como en un portaaviones.

-¡Ya me vieron…! Ahora alerta al comando especial y no dejes de enviarme imágenes, voy a la terraza…

“Comprendido teniente”.

El elevador se detiene en la planta once, la puertas se abren y después de comprobar que no hay nadie en los pasillos, el investigador le da instrucciones a su compañero…

-Ve al diez y revisa con cuidado, sigo viaje a la azotea…

-De acuerdo jefe –responde el sargento, desenfundando su revólver, pero sin advertir que tres enmascaradas -antes de salir- oyeron todo desde el ascensor contiguo.

La gigantesca torre -aun transitando la emergencia provocada por Circe- se ve desierta en las plantas superiores ya que se trata de un edificio de gestiones comerciales, la alerta disparada convocó al cuerpo de bomberos que viene en camino bajo la lluvia torrencial y también a los comandos policiales, solicitados por Luciano Báez. En tanto, dos elevadores lanzados hacia la planta sesenta trepan velozmente, en uno va subiendo Hera, sin armas a la vista, en el otro y sin sospechar de esta intromisión, Malkevich, con su arma preparada; pero ocurre que ambas cabinas se detienen bruscamente, quedando sin luz entre los pisos 44 y 45…

-Detuvieron el ascensor, muchacho –le comenta el policía a su colaborador remoto, encendiendo la linterna del celular para ver cómo alcanzar la escotilla superior de emergencias.

“Ah sí, deben tener algún sistema de control sobre los ascensores, no lo puedo ayudar teniente; va a tener que salir de ahí como pueda…”

-En eso estoy –le responde, mientras enfunda su arma y guarda el celular, para después saltar hasta alcanzar la salida de emergencia.

Luego de trepar al techo de la cabina y salir, el investigador se enfrenta a enormes cables de acero y un oscuro vacío al que evita mirar, aunque puede comprobar que a su lado y unos metros más abajo, hay otro elevador detenido, al parecer justo en una planta y decide saltar sobre él, cuando Méndez, al no verlo más dentro del ascensor, acciona unos controles electrónicos desde su oficina y los activa nuevamente…

-(¡Pero la puta madre!) –profiere para sí, tratando de no perder equilibrio mientras levanta la tapa de emergencia- (Parece que no soy bienvenido…).

La gran velocidad que toma el elevador en su ascenso programado, le ralentiza sus movimientos y le impide levantar la tapa, pues le pesa como si fuese de plomo y así, aplastado sobre el techo, Malkevich puede espiar cómo la cabina se acerca al final del vertiginoso recorrido…

Torre Imperio. Piso décimo.

Hora 01.15

A quince minutos de haberse provocado la emergencia, con los bomberos evacuando el edificio y las fuerzas de choque subiendo, el sargento Quiroga, con sumo cuidado y procurando no ser descubierto, baja la escalera con su revólver entre las dos manos… La alarma aún activada en todo el edificio sigue estrepitosa y las luces destellan señalando las vías de escape, de pronto, se oye la campanilla de llegada de otro ascensor en el piso diez y Quiroga se apresura para ver quién sube o quién baja, pero llega cuando este comienza a subir y no ve a nadie, pero a él sí lo ven, pues recibe un disparo desde atrás que le obliga a soltar el arma…

 -¡Agh! –grita de dolor al sentir el impacto en la clavícula, por encima del chaleco blindado…

 El calvo policía intenta recoger el arma, pero otro disparo en la rodilla lo tira al piso, se da vuelta y ve a dos guardaespaldas de Méndez preparándose para rematarlo, ya resignado a no ver más a su “Clarita”, espera el tiro de gracia y cierra los ojos… Al oír dos detonaciones y no sentirlas en su cuerpo, abre los ojos y puede ver a los dos malhechores abatidos y tirados en piso… Petrificado por la tensión, descubre a las tres enmascaradas que le salvan la vida, de cuales una se le acerca…

 -Vivirá, no se preocupe –le dice la mujer, portando una pistola de gran calibre.

 -¡Gra… gracias! –responde desde el piso el policía, concentrando su atención, en un mechón de cabello rojo que le sobresale a la enmascarada salvadora.

 Al escucharse llegar las fuerzas de choque y por detrás los bomberos, las tres mujeres deciden irse.

Torre Imperio. Piso sesenta.

A la misma hora.

La puerta de acceso a la terraza se abre como un telón ante las tres adolescentes confundidas y asustadas, a más de trescientos metros “del suelo firme” –como dirían estas mujercitas captadas del interior- una tétrica escenografía nocturna se presenta frente a ellas; truenos, relámpagos, ráfagas de viento que transforman a la lluvia en látigos faciales y una máquina voladora que comienza a girar sus aspas…

 -¿No deberíamos esperar a los bomberos, Yhami? –se anima a preguntar una de las chicas.

 -Desde luego que no Camila, este helicóptero es para casos de emergencia y es mejor salir antes que el fuego suba. Ahora debemos ir hasta allí, todas juntas…

 Las cuatro mujeres corren hacia la máquina, custodiadas en la retaguardia por la mercenaria polaca, pero antes de llegar, Irena Symanski es abordada por una enmascarada que la tira bruscamente hacía atrás y se trenzan en lucha ante las atónitas miradas de las chicas que se descontrolan y comienzan a gritar, Yhamira intenta contenerlas mientras el piloto se apresta a despegar, pero una de ellas logra saltar de la cabina y sale corriendo…

 -¡Camila, ven aquí! –grita Yhamira, desaforada, mientras retiene por la fuerza a las otras dos.

 -¡Suéltame! –forcejean las chicas con la oriental, para salir de ahí tras su compañerita, mientras las contrincantes siguen su lucha bajo la lluvia…

A la misma hora, en el último piso.

El elevador había detenido su trepada a escasos metros del techo, Malkevich se recupera, toma aire y concluye lo que intentaba hacer con la tapa de emergencia. Una vez dentro de la cabina, abre las puertas y se asoma, tras comprobar que no hay nadie de un lado ni de otro, decide ir a la azotea por la puerta de emergencia. Destellos de relámpagos se cuelan a través de numerosas claraboyas y algún trueno confunde el tableteo del helicóptero que el investigador puede ver al abrir la puerta, es ahí cuando descubre a dos figuras femeninas trenzadas en una lucha profesional e inmediatamente las reconoce, pues una lleva una máscara blanca… Dispuesto a intervenir, puede ver dentro del helicóptero a una mujer oriental sujetando a dos adolescentes horrorizadas que quieren salir, mientras el piloto -aferrado a los controles- brega por elevarse; Hera recibe una gran patada que la despide unos metros y cae al piso, la polaca aprovecha para subirse cuando la nave comienza a despegar, entonces Malkevich apunta su arma a la cabeza del piloto cuando comienza a alejarse, pero antes de disparar evalúa el riesgo para las jóvenes retenidas y desiste, en ese instante de vacilación, tres matones abren fuego contra él con ametralladoras y el policía se tira por una de las claraboyas de vidrio, cayendo de espaldas a un entrepiso de mantenimiento. En tanto, el helicóptero toma altura y se aleja, pero con Hera colgada de uno de sus patines y bregando por sostenerse en medio de la lluvia que la castiga… Malkevich se repone de la caída y se estira adolorido para alcanzar su arma en medio de una ruidosa balacera, aunque se da cuenta que los disparos no son contra él… En unos instantes todo se acalla, sólo reina el repiqueteo de la lluvia, el investigador logra incorporarse y llega a ver a tres mujeres enmascaradas armadas, retirarse del lugar.

A la misma hora, en el cielo de la gran ciudad.

Desde uno de los drones enviado por Luciano Baéz, se van registrando las cinematográficas escenas del helicóptero, seguidas por todo el Departamento de policía y ahora por Malkevich desde su celular… La sicaria descubre a Hera colgada de uno de los patines de aterrizaje y se asoma con una pistola para tirarle, al ver esto, la enmascarada suelta un brazo y con una pequeña ballesta de muñeca le dispara un dardo que le impacta en un ojo, la sicaria pierde estabilidad y cae sobre el piloto obligándolo a ejecutar una brusca maniobra, el helicóptero comienza a girar sobre sí mismo y Yhamira se abraza a las chicas que gritan espantadas, en tanto, Hera logra trepar y tomar el control de la situación, ayudando al piloto a recuperar estabilidad y después lo reduce, apuntándole con la pequeña ballesta a la cabeza…

 -¡Regresa, ya! –le ordena, comprobando que la sicaria ensangrentada se halle fuera de acción, la tutora no represente un peligro y las pasajeras se encuentren bien.

 -¡Oh, igual que en las series! –exclama asombrada, la adolescente más extrovertida- ¡Nos salvó una enmascarada!

 -Hasta que no aterricemos, no estaremos seguros –le responde la enmascarada y luego le pregunta: ¿cómo te llamas?

 -Antonella, señorita.

 En ese momento, en un descuido de Hera, la polaca saca una pequeña pistola de su bota y le apunta, pero Antonella le advierte:

 -¡Cuidado señorita!

 Con un rápido movimiento, la justiciera esquiva el tiro que impacta en la espalda del piloto, dejándolo mal herido, de inmediato Hera reacciona intentando quitarle el arma, pero la rubia se desprende de ella con una patada, mientras la nave comienza a subir descontroladamente, entonces, la sicaria abre la puerta y se arroja al vacío bajo la atónita mirada de todos, pero ocurre que a los pocos segundos, desde una mochila incorporada en su traje, se abre un mini-paracaídas que le ayuda a frenar la caída libre…

 -¡Maldita! –la insulta entre dientes la valiente mujer, viendo cómo la asesina de José Antonio logra huir, pese a tener una fosa ocular destrozada.

  Sin vacilar, Hera toma la palanca de mando y estabiliza la máquina, luego le ordena a la japonesa que asista al piloto con la pérdida de sangre, mientras ella -desde atrás de él- intenta normalizar el vuelo… Finalmente lo logra y retoma la ruta hacia el helipuerto de partida, en donde los aguardan los equipos de rescate.

 -¡Lo logramos! –exclama la enmascarada, levantado un puño.

Las imágenes transmitidas por el dron -dirigido remotamente por Báez desde su puesto de control- tienen en vilo al cuerpo policial y a Malkevich, quien se encamina -acompañado por fuerzas de choque- nuevamente al piso diez en busca del Pulpo Méndez, pero este -lejos de quedarse en su loft- despliega una manga para incendios y se lanza por ella desde la parte trasera de la gigantesca torre…

 -Bien, puedes continuar piloteando –le dice al piloto la médica forense, en su papel de justiciera-… Ahora descenderás en la terraza del edificio Gigar, cercano a la torre, haré que te asistan de inmediato, si no… te mueres, ¿entendido?

 El piloto asiente y retoma los controles, mientras Hera habla por un transmisor adosado a la muñeca contraria a la armada.

 -Hola Circe, ¿me oyes?

 “¡Sí Hera, gracias a Dios!” –responde su compañera, desde la camioneta justiciera.

 -Vamos a aterrizar en el Gigar -le comenta-, tengo a dos de las chicas, están bien, el piloto está malherido, necesita transfusión y con la mujer que lo acompaña son cómplices de estos criminales. Contacta al teniente Malkevich para que envíe personal médico… Yo me reuniré con ustedes antes que ellos lleguen, sólo dame unos minutos…

 “De acuerdo Hera, acá tenemos sana y salva a Camila –le revela Circe, viendo a la jovencita arropada y mimada por todas las componentes del equipo-. ¡Nosotras, la devolveremos a su madre!”

 -¡Magnífico! ¡Las felicito!… Nos vemos.

 Ni bien termina la comunicación, la enmascarada se agacha a la altura de las dos adolescentes y las arenga:

 -Chicas… Toda esta gente que conocieron son muy malas personas y las querían para venderlas como esclavas sexuales en otros países, las engañaron montando una farsa para alejarlas de sus hogares, ustedes deben confiar en sus padres que las aman y están desesperados por verlas; Camila está a salvo y se va a reencontrar con su familia, ustedes también lo harán. Ni bien bajemos, yo seguiré mi camino y Antonella y tú…

 -Marina –le dice la quinceañera, con timidez.

 -Marina y Antonella estarán seguras con la policía, ellos las llevarán de vuelta a casa –prosigue Hera, como madre que es- y estas dos malas personas irán a la cárcel y a los que huyeron, los perseguiremos hasta atraparlos… Ahora necesito que ustedes se conviertan en las súper-heroínas de esta película y mantengan bajo control a estos dos, hasta que vean a la policía, para eso -a vos Antonella- te enseño como apuntar y disparar esta arma…

 -¡Cuente conmigo, señorita! –responde Antonella, bien predispuesta.

-Hera, me llamo…

-Muchas gracias, Hera.

Piso décimo.

Hora 01.30

La columna de fuerzas especiales se detiene frente a la puerta blindada del piso diez, Malkevich -parapetado tras un escudo- observa cómo colocan un adhesivo de C4 y cómo -tras una quirúrgica explosión- la derriban, los primeros entran con escudos y tras comprobar que “está todo despejado” el investigador descubre la manga ignífuga expandida hasta la planta baja y advierte por radio sobre ello…

 -¡Atención!… Méndez se lanzó por la manga de incendio trasera.

 “Sí teniente, tengo en pantalla a una todoterreno que acaba de salir de ese lugar” –le informa primero el joven oficial Báez, viendo en los monitores a la camioneta tomada por las cámaras de otro dron.

 La incesante lluvia complica la persecución aérea, sobre todo, por las dificultades que le imponen los cables ilegales cruzando las calles, pero la situación mejora cuando el vehículo toma una autopista rumbo al aeropuerto.

 -Bien muchacho, no lo pierdas, ya envío refuerzos hacia allí.

Las imágenes tomadas por el pequeño dispositivo volador, muestran la “ventana al cielo” de la todoterreno abriéndose y un fusil automático que se asoma provocando fogonazos, después de reiterados disparos algunos impactan sobre el artefacto y lo derriban, entonces la señal se corta y se pierde la ubicación del vehículo, bastante antes que algún móvil policial pueda alcanzarlo…

“Lo perdimos, teniente”.

-Me di cuenta, muchacho, me di cuenta –lamenta el policía. De pronto, ve cómo suben a una camilla a su compañero Quiroga y se acerca a él…

-Lo bueno de esta desgracia, es que tienes quién te cuide, viejito.

-Mmm, eso seguro jefe, pero no se queje, ahora usted también tiene…

-¿Quién me cuide?

-Ajá…

-Ah, lo dices por las justicieras…

-Yo las llamaría “Diosas, justicieras”.

Malkevich no responde, sólo asiente apretando sus labios y lo libera, luego la puerta del ascensor se cierra.

A la misma hora, en la terraza del edificio Gigar.

Embestido por las ráfagas de viento que soplan desde el mar, el helicóptero se balancea sobre la terraza del edificio Gigar, pero finalmente logra posarse y detener el motor, las fuerzas especiales que recién llegan los abordan y comprueban que Antonella mantiene a raya con su arma al piloto casi desvanecido y a la mujer oriental, entonces socorren a las niñas, las protegen y se hacen cargo de la situación convocando luego a los paramédicos… A todo esto, en medio del alboroto, se puede distinguir una sombra femenina saliendo felinamente de escena para perderse por una puerta solitaria…

 -Estoy bajando, Circe –le informa Hera por el transmisor de muñeca, mientras arroja a un cesto su máscara, para luego bajarse el cierre de su enterito, hasta dejar expuesta la unión de sus senos, para exhibir con orgullo al arcángel Raguel, el ángel de la Justicia Divina.

 “Listo, Hera… Te esperamos en la salida oeste”.

  Y así, soltando su cabello castaño y ocultando “su arma” bajo la manga de la chaqueta, Hera, vuelve a convertirse en la forense Yanina Corbalán, quien se mezcla con la gente alborotada por la incursión de las fuerzas de seguridad y ahora también los medios periodísticos, alertados por tales movimientos…En tanto, en la ahora normalizada torre Imperio, Malkevich se dirige al estacionamiento a recuperar el automóvil prestado para devolverlo y estando a punto de subir, recibe un llamado en su celular…

 -Teniente Malkevich…

 “Soy Báez, teniente… Detuvieron al lisiado Quiróz y no hizo falta interrogarlo… El solo se ofreció a brindar información valiosa, a cambio de protección y anonimato”

 -Ajá, dime qué dijo…

 “Que conoce los negocios del Pulpo en Latinoamérica y sabe hacia dónde irá ahora a “manejar esos negocios”…”

 -Interesante, muchacho… Entonces, adelántame adónde tendré que ir por él…

 “A Argentina teniente, nada menos que a la Argentina”.

                                                                      

                                                                                         FIN                        (primera temporada)

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