‍(Un texto que escribí durante lo más crudo de la pandemia. El subibaja es este mismo que se ve acá arriba.)

Desde el subibaja

Yo sé que te sofoca esto de vivir entre cuatro paredes, de salir cada tanto como si fueras a la guerra, acumulando prevenciones y apurando la vuelta al encierro. No sos el único que muere por un poco de aire que no sea peligroso. Y sin embargo te quedás, te cuidás, no cedés a la tentación del sol ya veraniego, de la plaza en celeste y verde. Lo que es yo, llegué esquivando a chicos y viejas, internándome en los espacios más amplios y libres, y ahora estoy acá recostado, con la luz solar tiñéndome de azul el campo visual a través del barbijo.

Es fácil este retiro al sol, cerca y lejos de la gente. Se sortea la pared baja que rodea como una media luna la plaza propiamente dicha, se atraviesa la tierra pelada hasta los subibajas, se elige uno para recostarse, se anclan los pies en la agarradera de metal que queda cerca del suelo y se estira el cuerpo sobre la tabla. Si el sol molesta en los ojos, se corre el barbijo un poco hacia arriba, como hice yo, hasta dejar la cara tapada desde la boca hasta los ojos. La tabla es dura pero no se trata de dormir, aunque la tentación está.

Si alzo el barbijo, o lo bajo, y miro alrededor puedo constatar que no tengo a nadie demasiado cerca. Justo del otro lado del perímetro, dos chicas hacen gimnasia al ritmo de un reggaetón que no conozco pero que parece hablar de vos. A mi derecha, lejos, un flaco en buena forma hace flexiones sobre el pasto y después se tiende boca arriba. Si estuviera un poco más a la izquierda, el post de luz que se alza tras él, más allá de la vereda, parecería surgir justo del medio de su cuerpo, como una pija enorme y metálica. Mientras deambulaba en busca del punto adecuado para detenerme, vi pasar a un viejo en bicicleta, todo vestido de negro, sombrero incluido. Se parecía a Walt Whitman con su barba larga y blanca.

Nada de esto te importa, ya lo sé. En el fondo creo que esta catástrofe planetaria te sirve. Es como si el mundo se hubiera confabulado para brindarte una magnífica excusa. No vas a salir, está bien que no salgas. Pero lo que te sofoca no es estar adentro sino estar. Te ahoga la soledad y te ahoga la gente. Te sentís atrapado en tu casa y te sentís atrapado en la ciudad, en el país, en el planeta. No hay descanso para esa lucha sorda que tenés desde siempre con el mundo. Yo sé lo que te pasa porque en eso somos iguales.

Cuando todo esto se acabe vas a salir y vas a respirar hondo en un acting sin público. Vas a deambular por ahí, haciendo fuerza para registrar la supuesta novedad de una vida normal, de un exterior sin riesgo. Yo voy a hacer lo mismo. Y cuando nos encontremos (porque vamos a encontrarnos, seguro, más pronto que tarde), vamos a comentar lo raro que es todo y a reírnos y a ponernos al día y a despedirnos con una secreta impaciencia para exhalar nuestro alivio ni bien nos demos vuelta.