Confesión Roja

Al fin encuentro la oportunidad de confesar cómo sucedieron las cosas. La verdad es que no he vuelto a tener paz desde aquel día: apenas cierro los ojos y ya se me viene la imagen de Lobo suplicando justicia. Seguro ustedes se enteraron, pero nada ocurrió como se cuenta. Fíjense que asegurar que Lobo, MI Lobo, es el malo de la historia…

Él solía visitarme durante las tardes, cuando era más difícil que la manada notara su ausencia. Disponía de poderes olfativos que le hacían adivinar mis intenciones y se acercaba no bien presentía que le abriría la puerta para jugar. Puede que los parámetros culturales nos acusen, pero lo importante es que no hacíamos daño a nadie. Yo me transformaba en su loba y él, se disfrazaba de abuela. Bueno, jugábamos un poco, pero eso era todo; después comíamos pastel de manzanas con buñuelitos de acelga. Le gustaban tanto mis comidas que se hizo vegetariano por mí. Se retiraba al oír los primeros aullidos de sus parientes, dejándome tan exhausta como feliz.

Lo malo fue el día en que nos sorprendió mi nieta. Todo porque a mi nuera se le ocurrió la idiotez de enviarme la famosa canastita con dulces y rosquitas de almendra. Yo sabía que esa tarde vendría mi Lobo, así que por la mañana me había encargado de hacerle llegar una notita a mi nuera, diciéndole:

“Estoy con gripe contagiosa. Mejor no vengan a casa hoy”.

Tampoco es que me visitaran con frecuencia, pero yo necesitaba asegurar mi “soledad” esa tarde.

No sirvió.

En realidad, ahora sospecho que la intención de mi nuera, ese día, fue sacarse a la nena de encima; no por nada se comentaba que el cazador… bueno, esas cosas… es más, la nena se parecía mucho más al cazador que a mi hijo, pero dejemos eso para otra vez. Y que en paz descanse el santo de mi hijo, guardabosques de ley, que nunca tuvo vela en ningún cuento porque ya el pobre tocaba el arpa cuando ocurrió todo.

Era inaguantable, la nena. Se entretenía arrancando las flores más bonitas. Además cantaba, qué digo cantaba, chirriaba como un mono histérico mientras corría por los senderos espantando a los pajaritos que sufrían la desgracia de cruzársele en el camino. Más de uno se debe de haber muerto del susto nada más oírla llegar.

Mi lobo era un lobo que vivía en su hábitat, sin molestar a nadie. Es cierto, le fastidiaba la gente por eso que ya sabemos: si todavía hoy, cada vez que llegan excursionistas al bosque dejan todo lleno de mugre, latas, envases y cáscaras de naranja; pero de ahí a comerse a las personas hay una gran diferencia.

La cuestión es que esa tarde, mientras lobo venía hacia mi casa, descubrió a la nena cortando tulipanes a destajo. Iba vestida de una manera muy extraña, toda de rojo con una capucha puntiaguda.

Lobo la vio y pretendió hablar con ella, convencerla de que volviese a su casa. Pero la caprichosa insistía con el regalo para la abuelita y esas pavadas que todos saben. Y no solo no le llevó el apunte a mi pobre Lobo, sino que hasta se dio el gusto de tomarle el pelo con el tema del caminito. Porque él le propuso con amabilidad que eligiera el más corto, pero ella respondió alzándose de hombros:

“Y a mí qué me importa, eso ya lo sé. Además tengo mamá para que me diga lo que hay que hacer aunque yo no lo haga. Y para que sepas, en el camino corto no hay flores. ¡Mejor callate, lobo estúpido!”

Él resopló de rabia y salió corriendo; quería avisarme pero yo ni siquiera intenté escucharlo. Esa es la verdad. Tanto era el entusiasmo que se me había juntado en el cuerpo después de algunos días sin verlo. Comencé a sacarme la cofia y el camisón. Mientras le usaba el hocico de perchero yo advertía sus ojos (que ahora sé eran de súplica) y sus patas frenéticas, pero creí que estaba desbordado de ansias, como yo. Bueno, supongo que no es necesario ser tan detallista, solo diré que disfrutábamos del paraíso terrenal cuando oí ese chirrido inconfundible acercándose.

En un santiamén me encerré en el ropero y mi pobre Lobo se acomodó la cofia lo mejor que pudo y se tapó hasta la nariz. Justo a tiempo. Porque nada de toc, toc. No señor, la maleducada entró sin golpear, como siempre. Y ahí me di cuenta de que había que mandarla urgente al oculista, porque confundió a Lobo conmigo. ¡Conmigo! Y empezó con los malditos porqués que todos conocemos.

Al principio él se lo aguantó bien, con paciencia heroica. Le siguió el jueguito, digamos. Pero se puso como loco cuando ella se interesó por la boca y los dientes. Es que mi pobre lobo toda su vida tuvo complejo con eso, no por nada los otros animales le habían puesto “Bocaza” de sobrenombre. Venía de soportar una infancia de burlas y ahora esta aguafiestas clavando el aguijón justamente ahí:

“¿Por qué tenés la boca tan grande?”

Y les juro, él no la quiso lastimar. Apenas saltó de la cama y gritó:

“¡Callate de una buena vez!”

Porque les aseguro, eso otro que dicen que dijo:

“¡Para comerte mejor!”, solo me lo decía a mí y solamente a mí.

La desquiciada de mi nieta empezó a los gritos:

“¡Un lobo! ¡Un lobooooooo!” y corría por la habitación mientras él trataba de tranquilizarla.

Lo peor es que yo intenté salir para calmar a la nena con cualquier verdura pero la puerta del ropero se trabó y no tuve más remedio que golpear y golpear  para que me oyeran. Claro, se armó un barullo tan grande que apareció uno de esos cazadores que nunca faltan en los bosques.

Con rifle, por supuesto.

El resto ya lo saben. Mi pobre Lobo escapó por la ventana y jamás volví a verlo. Los hombres se encargaron de extinguir a los únicos ejemplares que quedaban en la zona. Tengo la esperanza de que hayan emigrado a otro bosque, pero ya no espero el regreso de él, mi querido Lobo.

Sé que mi peor pecado fue no decir la verdad. Me sentí acorralada y expliqué lo que me venía en mente para zafar del papelón. Vieron qué fácil es echarle las culpas a los que no están.

Nunca sospeché que la historia recorrería el mundo. Pero siento que llegó el momento de contar la verdad. Les pido, no guarden el secreto. Divúlguenlo, aunque me muera de vergüenza. Solo así encontraré la paz, al fin.

La abuela de Caperucita

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