El ovillo

Felisa Benítez creyó encontrar la paz el mismo día en que murió su suegra. 

No era para menos. Cualquiera que haya atravesado la obligación de cuidar a una anciana senil sabe de qué se trata, cómo asfixia la demanda urgente, con qué ansiedad se espera el desenlace.  “Todo llega” ―se repetía Felisa para animarse―, y justo cuando ya comenzaba a sospechar que la inmortalidad era posible, se murió la vieja. Esa misma noche, a pesar del movimiento familiar de la tarde, Felisa se sintió tan aliviada que ni siquiera se le cruzó alguna forma de cansancio.

¡Al fin, al fin, al  fin tendré un minuto para mí!, se dijo.

Hacía tanto tiempo que no conseguía sentarse a tejer frente al televisor, por ejemplo, que la posibilidad de hacerlo le resultó una fiesta.  Decidida, no dudó en revisar aquella bolsa de tela que su suegra había cuidado con testarudez demencial en sus últimos años.

Felisa sabía que todo lo que contenía eran ovillos de lana de distintos colores y tamaños.  Después de observarlos un poco, lo suficiente como para elegir alguno, se quedó con el azul, quizá porque era el más grande y le alcanzaría bien para una bufanda.

Se acomodó en el sillón y apoyó los pies, cruzados, sobre una silla. Luego de colocar una aguja bajo cada brazo,  sus manos comenzaron a rozar la suavidad de la lana que entrelazaba una y otra vez sobre los dedos.  Mientras, su mente repasaba los últimos chismes familiares que habían protagonizado el velorio de la tarde.

De pronto notó que a medida que avanzaba su tejido,  el ovillo dejaba al descubierto un envoltorio hecho con papel y nylon.  Rápidamente quitó la lana que lo cubría, para revisar su contenido.  Entonces lo vio: enroscado adentro de ese envoltorio había un puñado de billetes. Al principio Felisa se quedó con la boca abierta, mirándolo.  De inmediato supo que esos billetes eran dólares porque los había conocido alguna vez.

“Pero mirá vos, ¡la vieja zorra! ¡Con razón cuidaba tanto la bolsita!”, se dijo. Con delicadeza extrema —no fuera a ser que se rompiese alguno— desenrolló el misterio: cuarenta y ocho papeles de cien dólares.

 Siempre se había sospechado que la abuela debía de tener guardado algún dinero, pero nadie sabía dónde. Y eso que habían revisado huecos y colchones de la casita vieja antes de venderla.

—Pero mirá vos dónde… –repetía Felisa, mientras dejaba a un lado el principio de la bufanda.

Su marido la sorprendió a la madrugada desovillando y re-ovillando lana.  Ella explicó que no podía dormir y entonces se entretuvo con cualquier cosa.  Ni loca le diría lo que había encontrado;  él era demasiado honesto y lo más probable sería que se le ocurriera  compartir  la plata con sus ocho hermanos.

Así es que cuando Felisa tuvo la certeza de que no había nada más por descubrir, desarmó su tejido y reacomodó los ovillos, incluso el de lana azul, que volvió a la bolsa con su contenido intacto.

Se durmió inquieta, pesando todas las posibilidades.  De algo estaba convencida: si ella había encontrado el dinero, era designio de Dios que le perteneciera.  Por algo había invertido  el tiempo en cuidar a su suegra estos últimos años, cuando todos andaban ocupados.  Claro, como ella no trabajaba afuera,  el mundo pensaba que no tenía obligaciones para cumplir, ni vida para vivir.  Ni siquiera tuvo opción cuando a su esposo se le ocurrió  traer a la vieja. 

Pensó en sus hijos,  tampoco lo merecían.  El mayor estaba casado con una histérica que seguro derrocharía el dinero en ropa y perfumes importados. Y la menor se estaba transformando en una total desconocida. ¡Si nunca paraba en casa! Es cierto que estudiaba mucho —o eso parecía—, pero jamás le había ayudado con la abuela así que no tenía por qué recibir un centavo.  Definitivamente, Felisa se sintió la única merecedora de aquella plata. Por algo la había encontrado.

Desde entonces anduvo ocupada en cosas nuevas. No se perdía información sobre la cotización del dólar, por ejemplo, y sacaba cuentas bastante seguido.  Cosió otra bolsa —un poco más discreta— donde guardar los ovillos y la vigilaba constantemente, no fuera a ser que alguien tuviera la ocurrencia de ponerse a tejer.  Al fin decidió llevar la bolsa a todos lados, ante la mirada perpleja de su marido, que comenzaba a sospechar de una enfermedad desconocida y contagiosa instalada en su casa.

Fuera de eso, Felisa seguía haciendo lo de siempre, pero con  un  cosquilleo interno que la animaba.  A veces se le daba por mirar las publicidades de las agencias de turismo y le nacían buenas ideas, como decir que había encontrado  plata en la calle, por ejemplo.  Claro que eso hubiera significado mentir y ella sí que no sabía mentir.  Quizá era experta en ocultar pero no es lo mismo.

Otras veces las ideas eran negras.  Como cuando pensó que si Dios es justo debería llevarse cuanto antes a su esposo para que ella pudiera disfrutar a tiempo  de su designio divino.  Hasta llegó a leer con interés el prospecto de ciertos medicamentos, con el fin de descubrir si en una de esas, mezclándolos con algo…  De inmediato desechaba estas ideas ya que tampoco sería capaz de semejante cosa.  Entonces volvía a invocar a la justicia, que alguna vez  tendría que llegar.

Sin embargo,  la vida se encargó de que el tiempo pasara sin que pasara nada más importante que la vida. Crecieron los hijos, brotaron nietos y florecieron los árboles del patio varias veces.

Cuando al fin se apagó la luz para el viejo Benítez, su mujer seguía custodiando el precioso tesoro, pero ya no recordaba para qué.

Y como todo llega,  también ella tuvo su instante final.

Desde entonces, el ovillo de lana azul, indiferente a todo, sigue latiendo viejas promesas de papel humano dentro de una bolsa nueva. 

Esa que estrenó hace poco, la nuera de Felisa.

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