Caja de música

Terminé de escribir un poema bastante estúpido mientras esperaba al pibe que me iba a ir a buscar. Meter enter (“la poesía es / meter enter / nada más” Jemanjá, c. 1990) más o menos poner que aceptar invitaciones sexuales de tipos te hace sentir perdida, deslizar alguna idea  que rebote con el feminismo, combinar con la época. Hay que aprender a picar la  pelota o en todo caso seguir su movimiento con la cervical. Íbamos a ir a tomar una birra pero me subí al auto y encaró para la casa sin preguntarme. ¿Me molestó? Necesito una feminista que me acompañe y me indique, con un dedo en la columna, cómo sentarme adecuadamente. Lo que sí hizo fue preguntar por mi carrera, conocía mi universidad pero no sabía que existía el departamento de artes multimediales.

– Hubiera jurado que estudiabas danza, en primer lugar. En segundo lugar diría que estudias teatro.

– Soy tímida.

– No sos tímida, ni en pedo. Vos que estudias eso te tengo que contar algo que ví, seguro te interesa. Es una cajita que cuando la abrís se acciona un mecanismo que hace girar un cilindro de metal. El cilindro tiene como unos relieves y al lado tiene un pianito también de metal, con teclitas, todo miniatura. Entonces cuando el cilindro arranca a girar sale una melodía tremenda. Es precioso, creo que te encantaría.

En medio de la explicación estacionó. Bajamos, abrió y encaramos un pasillo largo que parecía llegar hasta el centro de la manzana, abrió otra puerta y entramos a un patio. Miré las plantas con genuino interés y eran todas de marihuana, altas, aún sin florecer. Enfrente de ese jardín ilegal plantado en tachos de pintura me vino la imagen de una foto donde aparecía alguien que quería. Internado en el monte, de pie con los brazos extendidos hacia arriba, una planta de porro que superaba esa altura, dos perras amarronadas medianas cuyos gestos corporales indican atención y fidelidad. En otra foto un montón de porro adentro de una botella con alcohol. En otra foto un ring de boxeo, otra vez los brazos en alto, uno de los brazos está siendo sostenido por su entrenador.

Acabó y casi al instante se quedó dormido. A la pieza se accedía por una escalera que subía desde el patio. En la parte superior habían más puertas y yo no había logrado entender si esa era una casa familiar o compartida, ni con quienes. No se despertaba y al rato empecé a pensar que me iba a quedar encerrada a tres llaves de la calle. Lo moví, le hablé y como toda respuesta hizo un montón de ruiditos simpáticos. Unas crecientes ganas de hacer pis me estaban haciendo impacientar, así que para distraerme me puse a revisar las cosas. Un piano electrónico blanco, una alfombra marroquí, una computadora apagada, un escritorio escandinavo, más instrumentos irrisorios. Mi acompañante empezaba a roncar desde la cama, le dije que debería usar todos esos ruidos para sus canciones. Que habían hecho un disco decente pero podrían de una vez por todas empezar a incorporar el lenguaje, podrían hablar de autos. Los autos funcionan bastante bien en el arte, por ejemplo en pintura, retratar un auto sumergido hasta las ventanillas es una venta asegurada. Incluso en esos discos largos que escuchamos “El auto está en llamas y el conductor levanta / sus delgados puños como antenas al cielo”. Leo toca en una de las pocas bandas de post-rock de la escena local. Cuando me habla de música usa mucho la palabra “tremendo” después menciona los recitales y usa la expresión “la rompimos”. Con expresiones similares me escribe por chat. Habla como un distraído desprovisto de cualquier iridiscencia o reflejo o brillo de la mente, y yo nunca puedo negarme a sus esporádicas invitaciones. Mientras hacía mi imprescindible clínica de composición de canciones prendí la computadora. ¿Todo abierto, bebé? entré al explorador y googleé “¿Qué pasa si no hago pis después de coger?” para inmediatamente cerrarlo y apagar el monitor. Agarré una lapicera, una hoja de partitura y anoté: “Otra vez la catedral. Nuevo: aparición fugaz, un péndulo. Insectos desconocidos de color azul eléctrico, muy chiquitos, no vuelan. Parecen muertos pero si me los pongo en la palma de la mano se mueven delicadamente. Por el contacto se vuelven líquidos.” Imposible concentrarme con esas ganas de hacer pis, desnuda, en una habitación de un apenas conocido que duerme un sueño profundo, parecido a la muerte. Me vestí, me guardé la partitura en el bolsillo, bajé al patio, elegí una planta de porro, le toqué las hojas e hice pis en el tacho de pintura que hacía de maceta. Por supuesto me sentí observada y ciertamente pude notar que se abría la puerta del  patio que daba al pasillo. Aliviada por haber hecho pis, pero alertada por la situación, al principio pensé que se trataba de una piba. Por su estado físico lo parecía, pero cuando terminó de entrar y la luz tenue le iluminó la cara noté que era una mujer mayor. Nos miramos y me di cuenta que no había visto la escena, o de haberla visto tuvo la cordialidad de no hacérmelo notar.

– Hola – dijo, con una alegría que me pareció sobreactuada – ¿Vos estás con Leonardo?

– Eh, sí, soy su amiga. Está durmiendo, arriba.

–  ¿Y qué haces acá abajo?

– Me tengo que ir y es tremendo cómo se durmió, no puedo despertarlo.

– ¿Y te vas a ir en el medio de la sesión? 

Mi expresión le debe haber dado la pauta de que no entendía lo que me estaba diciendo. Parecía una de esas señoras que practican yoga, se dejan las canas y tienen los ojos brillantes y flexibles. Se notaba objetivamente que había hecho un arduo trabajo durante décadas para envejecer dulcemente. Me observó con miradas furtivas, algo desconfiadas, mientras ponía llave a la puerta que daba al pasillo y acomodaba algunas cosas del patio, cosas que no necesitaban ser acomodadas. En esos movimientos pude ver cómo perdía mi oportunidad de salir de ahí, escurrirme como un agua por la puerta entreabierta, huír. Pero de haberlo logrado todavía alguien tenía que abrirme la puerta que daba a la calle, así que mi plan era inútil, o bien yo no era aún lo suficientemente líquida.

– Yo soy Vera. – se presentó, sin dirigirme la mirada – ¿Querés subir a tomar un té o ya te vas a ir? La verdad es un desperdicio, si no te gustó o no te sentiste bien por algo podés hablar conmigo. Yo le manejo un poco las cosas. Digo, administrativamente, el tema de los turnos, pero también teniendo charlas, porque Leo… bueno, tiene sus cosas.

– Ya me estaba yendo, tengo que volver a mi casa. Gracias igual, sos muy amable.

– Ah ¡y yo te cerré la puerta! Casi por reflejo… vas a pensar que soy una vieja bruja que te quiere retener acá adentro. Bueno, me iba a poner a regar, es la mejor hora ¿sabés? Estas plantas tienen esa cosa, tan erótica, me hacen sentir joven hasta a mí. – Cuando dijo eso levantó su mirada diáfana- Bueno, yo estoy acá hablando y hablando como siempre y vos que te querés ir. Dale, vamos que te abro.  

Caminamos por el pasillo y durante todo el trayecto me pareció la más menuda, vieja y dulce mujer de pelo blanco que había visto en mi vida. Tuve la fugaz idea de pedirle, rogarle con todo mi corazón, que se fuera conmigo. Hasta pude imaginar en cuestión de segundos como vivíamos en un invernadero cuidando juntas plantas imposibles, masajeándonos las manos, estirando cada falange de nuestros dedos.

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