Resurgimos
Los dedos se pierden en un frote
como el de la mantis a tiro del manjar,
las cejas se arquean bien tensas
frente a esas pupilas que descubren
lo que pesa otra mejilla.
Yo la entrego gustosa, sin susto,
que la lanza de quien me conquista
se atranque en la que era mi carne,
se ahogue en la que es su sangre
y se someta a nuestro dolor.
Es ofrenda que arde bajo pasión,
desbarata espíritus en guerra,
abruma fantasmas hambrientos,
y las bestias con su tuétano se afligen,
ungidos en cenizas que tanto les costaron.
Porque esta se otorga sin prestarse
al juego del miedo que se escabulle
ni a la ridícula ficción de la muerte,
no hay cacería ante el volcán
de donde nace un continente.
El divino lo reconoce exasperado
en fronteras que le exceden
a su ser acotado y dehiscente,
no hay interés en eternidades
que crezcan más allá de su propia tripa.
Pero el humano, él lo abraza con gracia
y es que el sacrificio es mutuo:
yo también contengo su otra mejilla,
y resurgimos en nuestra boca bendita
al hacer con ellas este dichoso hogar.

Escribo juegos, relatos y poemas. A veces algún ensayo.
