Política

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 ¿Cuántas cosas trascendentales pueden suceder en un país en cinco décadas? Algunos pensarán que no es poco tiempo para, por ejemplo, un cambio cultural, aún con hábitos previos muy instaurados; para otros, quizás pasa entre vaivenes inconducidos. Lo cierto es que, en Argentina, acostumbrados a vivir con altos niveles de inestabilidad y un vértigo feroz, puede que el péndulo se mueva varias veces, incluso tocando los extremos. ¿Eso llega a convertirse en un rasgo de nuestro gen nacional?

 Raúl Alfonsín distinguía entre la democracia formal y la sustancial. La primera, aquella que nos permite decidir frente a una urna cada dos años; la segunda, con la que “se come, se cura y se educa”, que refiere a la esencia misma del Estado de Bienestar, inconclusa, arrastrando una deuda dolorosa y una desigualdad perversa.

  Los continuos fracasos, la ausencia de ejemplaridad, la vida hostil, desconciertan y desmoralizan. Como el agua adopta la forma del recipiente que lo contiene, las sucesivas frustraciones y la falta de un norte claro lleva a las sociedades a verse seducidas por espejismos embaucadores que les prometen oficiar como continente a sus demandas y no hacen otra cosa que profundizar disvalores y romper consensos básicos.

 Esos consensos protegen ante la arbitrariedad, no imponen, rechazan todo tipo de imposición, formulan normas para la sociedad en que habitan, construyendo comunidad, desafiándonos en encontrar lo común a pesar de nuestras diferencias. Menester resultan el diálogo, la escucha, el entendimiento de que todos tenemos algo para aportar cuando se persigue el bien. Pero eso requiere de una enorme vocación y capacidad. En yuxtaposición ante su ausencia devienen el individualismo, la violencia, donde la tesis y la antítesis se confunden, y esa convivencia con reglas comunes parece verse resentida ante las pretensiones circunstanciales del circunstancial más poderoso.

 Por ello, no resulta indiferente que la democracia sea preferida. Es el respeto y apego a la ley, es la expresión de la libertad, pluralidad, tolerancia, es solidaridad, igualdad, equidad, justicia.

 Vuelven a resonar dos palabras que ofician de ejes: representación y participación. Representar es hacer presente, es designar a quienes toman decisiones por el conjunto, por delegación. Participar es tomar parte en algo, para recibir parte de ese algo. Se retroalimentan. Se debe representar bien para incentivar a una mayor participación, al tiempo que se debe participar más para exigir una mejor representación.

 La hiperconectividad, paradójicamente, lejos de tan sólo garantizar la democratización de la información, pareciera inundarnos, por momentos, con una sobreinformación que desinforma, produce aislamiento y reproduce sesgos. La política del algoritmo y el algoritmo como discurso político. La polarización como respuesta a todo. Entonces, los colores se desdibujan ante lo blanco y negro. Se busca un enemigo para poder discutir por todo y a todos, todo el tiempo. 

 Estamos conmemorando los 50 años del último golpe de Estado. Las heridas subyacen y sobreviven al paso del tiempo. No cicatrizan porque falta verdad. Aún nos falta saber. Por supuesto que no escapa a la diatriba. La proeza política del ´83, y la concomitante respuesta judicial del Juicio a las Juntas echaron luz. Las pruebas hicieron que la sentencia despejara resacas de reduccionismos y negacionismos. Los abyectos e infames proyectaron un plan sistemático de violencia, violaciones, desapariciones, muerte, robos de bebés y crímenes ideológicos. En el marco de la ley se condenó, aún en un contexto de efervescencia y confusión.

 Y no, no fue lo mismo elegir el arduo camino de la reconstrucción de la paz cuando todo dolía; no fue lo mismo haber decidido integrar o no la CONADEP, colaborar o no con el banco de Datos Genéticos, estar a favor o no de la autoamnistía, partidizar o no los DDHH.  

 “NUNCA MÁS” es consigna, es lenguaje, es expresión, es cultura social. Es memoria como acción colectiva.

 Hay algo que nos debe interpelar. Eso implica hacernos cargo del momento histórico que nos toca. Vivir mejor es lo que anhelamos, lo que merecemos y necesitamos. Soñamos vivir mejor. No hay sueño sin libertad. No hay libertad sin democracia.

 El tiempo es ahora. Nuestro tiempo es ahora.

Pamela Maya

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