Sociedad

Querida Susana:

“Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo.” J.L.Borges

Caminando llegué a la estación. Mientras salía un tren colmado y por ese rato me senté en el banco verde, cerca de una estantería de madera que estaba junto a la ventanilla de la boletería principal, a esperar las tres horas y media.


Tres horas y media, pensé; mucho para estar sentado aquí, poco para ir a visitar a Susana.


Cuando el tren por fin se perdió entre los rieles, el bullicio se volvió una melancolía sepia y el silencio dejó al descubierto a los animales del campo. Quedamos solos con don Hilario, hombre de bigote canoso y chaleco verde que parecía tan antiguo como la propia estación. Estaba allí, detrás de la boletería, ordenando unos viejos talonarios y anotando en un cuaderno de tapas gastadas,sabrá Dios qué. Me acerqué a la ventanilla y lo llamé. «Don Hilario», le grité, tuve que hacerlo varias veces, me oía o no me oía, siguió escribiendo como si no me ollera. Después de un buen tiempo, se detuvo, dejó de anotar y rompió un pedazo de papel, lo doblo, emprolijo el corte, levantó la mirada hacia la ventanilla donde yo me encontraba, ya desplomado y harto de llamarlo. Se levanto lentamente. El tiempo, los animalillos, el eco de los pasillos vacíos, el atardecer, todo parecía ir a la marcha mansa y humilde del tren. Cuando por fin llegó a la ventanilla, me dio el papel sin pronunciar palabra. ¿Le habrán comido la lengua los ratones?, pensé. Le agradecí asintiendo con la cabeza, gesto que devolvió. Lo abrí, se lo devolví y le dicté la dirección de Susana. Hizo una mueca burlona al reconocerla pero asintió y, pausadamente, la escribió en el sobre que puso con todo el otro pilón de sobres para el correo. Después, volvió a la mesa de los ficheros y continuo con lo que estaba haciendo.
Finalmente me dispuse a esperar sentado en el viejo banco, no sin antes haber verificado si traía: partida de nacimiento, libreta de enrutamiento y una más que ahora no recuerdo. Ciertamente, siempre pierdo todo.


Fuera de él no he conocido a nadie llamado Don Hilario. ¡Don Hilario! Mala su madre, o su padre, o el cura que lo bautizó con semejante nombre, poca compasión por la criatura. Además de no haber sido por los rumores del pueblo, me jugaba la cabeza a que había nacido así: con la cara triste y hasta con bigote. Aunque sin embargo gallardas historias se contaban de él y doy fé que deben ser todas ciertas. Pocos, casi ninguno, ha despertado en mi tanto respeto como ese don.
Cantó el silbato tres veces, me dispuse a partir. Pero nunca he podido olvidar a Don Hilario. ¿Se conocerían con Susana? Conocerse, se conocían; pueblo chico…
Cómo olvidar los viejos faroles, los bancos verdes y las columnas de hierro macizo. Cómo olvidar mi pueblo. Dios quiera algún día reverdezca como antaño y que, con ella, también recobre su antigua gallardía el viejo Don Hilario, y que pregunte por este su amigo, que pregunte qué será de mi, si viviré eternamente o como el, entre aquellas vías y durmientes moriremos juntos junto al tren.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *