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Esperando abajo del sol, 
porque la garita solo da sombra
entre las 12 y las 14 de la tarde,
se escucha un estruendo a lo lejos.

Baqueteada y gastada
llega bufando un olor a polvo
que se siente desde que dobla
para agarrar Tarija derecho.

Primero pasa la gente mayor
que todavía tiene que ir a trabajar
o a hacer trámites engorrosos
y las mamás que van a buscar o dejar
a sus hijos en la escuela.

Cuando subo
un olor a tierra invade mi nariz.

Tiempo de introspección.
Tiempo de reflexión.
Tiempo.

Aproximadamente,
desde la periferia,
treinta minutos al centro,
cuarenta minutos hasta la uni
más cuatro o cinco cuadras caminando.

Yo calculo una hora para redondear,
pero depende quién maneje.

Los asientos son amarillos
sus respaldos, llenos de poesía;
a veces
descubrís que uno está enclenque
cuando te sentás.

Las ventanas
suelen estar sucias
con tierra petrificada.

El viaje es un baile de pozos y baches,
de saltos y puteadas,
de un golpe y alguna caída.

Cuando llueve
se llena de humedad y barro,
las ventanas se empañan,
la gente va apurada y callada,
la ropa se me pega al cuerpo.

No veo la hora de llegar a casa.

Faltan cuarenta minutos.

Cuando hace calor
se llena de humedad y olor.
Mi piel se pega al asiento
como un caramelo masticable a una muela.

No veo la hora de llegar a casa.

Faltan cuarenta minutos.

Para pasar el tiempo: música.

Miro a las personas
como si nunca las hubiera visto.
Analizo sus características,
analizo sus movimientos.
He desarrollado un ojo atento
y un instinto de presa
para saber escapar.

Sé reconocer
quién se sube por primera vez
para ir a un lugar puntual,
como quien le habla a alguien
solo para pedirle un favor
y no verlo nunca más.

Puedo memorizar rostros
que veo en casi todos mis viajes
aunque no les hable ni sepa sus nombres.

Casi siempre veo caras cansadas.

Cuando paso por el centro
(mi abuela le dice Bahía)
veo gente automatizada
pasar al frente de un indigente.

Veo los huecos que dejó el temporal
y las marcas de la inundación.

Veo una paloma muerta
aplastada en el asfalto,
otras que miran con miedo
los cadáveres de sus compañeras.

Veo vendedores ambulantes
subiéndose a los colectivos.

Veo grandes edificios
donde viven personas
que se roban todo el sol.

Veo una boca de lobo
hecha de asfalto y cemento
que quiere imitar al gran Buenos Aires
pero solo le copia la suciedad.

Veo falso porteño pomposo
contorneando la lengua
con su yeismo rehilado
mientras planea las vacaciones
en su casita de Monte Hermoso.

Todos contemplan la espléndida figura
como pueden, por el sudor
que les empaña los ojos,
mientras en sus pechos arde
el deseo de ser como él.

Bajo en Perú y Alvarado.
Me quedan cuatro o cinco cuadras
para llegar a la uni.

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