Volver al ruedo:
Finalmente me decidí a escribir, después de tanto tiempo. Estuve huyendo de este encuentro, ya que existen cosas que no quería escribir, hablar, ni mucho menos pensar. Pero hoy me encuentro nuevamente con el teclado, documento en blanco y mi propia cabeza. Ahí va.
A todo esto, me presento, frente a estas letras. Me llamo Florencia, tengo 31 años. Crecí en el seno de una familia violenta, abusadora y disfuncional. Yo era una niña timida, casi sin habla, de rulos independientes que crecían y se peinaban para donde querian, de color naranja como hoja otoñal.
Mi familia se mudaba de barrio muy frecuentemente, ya que éramos muy pobres y alquilábamos, provocando que yo tenga que relacionarme con nuevos compañeros de escuela una y otra vez, sin tener nunca un grupo a donde pertenecer. Siempre sentí que no encajaba en ningún lado. Como la pieza que no encastra en ningún rompecabezas. Mi aparente fobia social no colaboraba en que tenga relaciones con mis pares, ya que siempre sudaba a montones, tartamudeaba y me ponía nerviosa al menor contacto humano, sea quien fuere.
Entre abusos sexuales, violaciones, prostitución infantil, adicciones, amenazas de muerte e intentos de suicidio, me resguardé en la lectura y la escritura desde que aprendí a leer con un libro de Los Pitufos a los 5 años. Mis primeros recuerdos de vida fueron a los 2 años de edad, mientras mi padre biológico manoseaba mis partes tiernas e infantiles. No entendía nada de aquello, pero me hacía sentir muy mal. El contacto con los humanos no es algo bueno, pensaba. La persona en quien más confiaba se me acercaba y me hacía sentir terriblemente, ¿Por qué debería abrirme a los demás?
Estaba aterrada. Y así pasé muchos años con miedo a la gente, sin amigos. Todo lo que conocía era el abuso y las historias que podía leer en mi biblioteca, que me sacaban mentalmente de esa prisión sexual de la que todavía no podía ser capaz de escapar…



Excelente, amor