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Un hermano santo

Murió, simplemente, y me puse a pensar que la suerte de los hijos con los padres se asemeja bastante a la suerte de los niños que llegan tarde al cumpleañitos de su amigo: algunos llegan sobre el final, llegan desarmados, y así como pueden ligar el dulce de leche repostero o el chocolate con frutilla (por ende la paciencia, el amor y la guía paterna), también es posible que se lleven porciones agrias, más gulosas, porciones que tendrán el gusto del desprecio, del maltrato o por qué no de las sobras. Existe una vía de escape para todo esto, y se trata de que los niños tarderos no se queden más allá de lo debido, más allá de lo aconsejable. Consta de retirarse a tiempo, justo antes de que empiecen a llegar esos padres conocidos o de confianza que vienen para buscar a los amiguitos que llegaron primero y pudieron elegir el pedazo de torta. Ese fue el primer fotograma distópico que invadió mis pensamientos aquella tarde donde recogí las cosas para después dirigirme al asilo de mi madre y contarle la noticia. Fue cuando me detuve, fue cuando quise moverme y no pude. Fue cuando lo vi, lo recordé. Cuando lo soñé cómo lloraba, cómo peleaba. Lo recordé en su risa reprimida, en su llanto de dos pasos, casi siempre bajo la euforia terminada en contracciones de sollozo y en posiciones tipo bolita para tirarse en una cama recontra desordenada.

Aquella tarde me la tomé para gestionar lo poco que quedaba de él en medio de un mundo diezmado por los tiempos virtuales. Recogí sus ropas, pensé en sus hijos, pensé en mis padres. Pensé que mi padre ya no estaba en este mundo, pero mi madre sí, y que ella tendría derecho a saberlo todo por el amor y el sacrificio (en especial esto último) con el cual sobrellevó las desavenencias de su hijo menor: tenía derecho, aún a pesar de los pocos pliegues de conciencia y audición que le quedaban en su oído derecho. Desde tiempo atrás los estoicos me habían enseñado a reflexionar sobre la muerte de un hijo como la dolencia más pesada de todas, pero la posibilidad inmediata de tener que afrontar esto con mi madre me había hecho desestimar los consejos de Séneca en Diálogos I y II, y aunque mi padre hubiese dejado una lágrima en medio de su rocosa frialdad, mi madre no soportaría los mil pensamientos que devendrían después de preguntarse cómo y cuándo habían tomado a ese hijo los vericuetos de la depresión. Fue entonces cuando rondé la hipótesis de que la depresión es un estado del cual el sujeto no puede salir porque está aferrado a convicciones imposibles de rebatir.

Regaba las plantas de ese patio para cuando devino el tercer pensamiento de la tarde y bien llegó para indicarme que las cosas son muy distintas: que la depresión es un estado de duda postrante del cual el sujeto poseído se invade hasta en sus mínimas convicciones, dando cauce a un marasmo que lo pone contra el piso sin afirmaciones sólidas, sin sentido de salto. Desconozco la seriedad académica del asunto o los vericuetos por donde los no-argumentos van tomando esas nimias convicciones y así los deprimidos se van acicateando como demonios por el estrabismo de su subjetividad. Mi hermano tenía dificultades desde cuando llegó tarde al cumpleañitos de su amigo y a partir de allí no pudo salirse. Se le hizo tarde para volver y permitirse encontrar lo bello en estas aburridas costumbres impasionales del día a día: en nuestros hijos, en las bicicletas, en nuestras manos, en el roce de la merienda, en nuestras charlas, en el último 9 de Boca. Tenía dos hijos para cuando cortó la respiración, unas horas antes de que yo decidiera regar las plantas de aquel patio y repasar el fotograma de juegos fabricados muchos años atrás, esos que hacíamos contra las paredes donde convertíamos goles para después partirnos en un abrazo y vitorearle a una hinchada que no existía. Las agujas no paraban de marcar, y los relojes clavaban y clavaban más minutos. Fue cuando puse en marcha el auto, fue cuando me mentí. Fue cuando me engañé sobre la duración de la tristeza y fue cuando el rotor del auto hizo sus primeros contactos con el estator y así logré salirme despacito dejando atrás la parálisis de la tarde.

Mi hermano siempre había sido mi antítesis. Había sido pasional, celoso, desembozado, apresurado: ¡él hubiese actuado tan distinto en la misma situación! Hubiese explotado en un llanto maratónico para comunicar rápidamente mi fallecimiento, mientras que yo me empecinaba en sostener una distancia que no mellara mi cáscara de orgullo, mi cordura sin coherencia. Estaba ahí parado y recuerdo odiarme, verme vacío, miserable, arribando las horas de comenzar a cerrar las puertas del patio y enfilar al pórtico para acoplar valijas en un auto que estaba en marcha. Llegué a tener la frialdad de dirimir el mejor plan de acción para comunicar la noticia: si pasar primero por el geriátrico, si romper en mil pedazos el celular, si llamar primero a mis sobrinos, si primero mamá y después sobrina, si primero sobrina y después mamá. No tuve el coraje de hacer nada, pero sí tuve el valor de geo-localizar los caminos. Me odié más y más… y entonces la explosión del tímpano se hizo larga, me di el derecho de quebrarme, me senté como tumbado… lloré a tal punto que la soledad me salvó y me hundió al mismo tiempo. No recuerdo la cantidad de minutos que me mantuve así sentado, aunque estoy seguro de haber muerto. Lo cierto es que tampoco en eso podía parecerme a él. Ni en morir, ni en llorar, mucho menos en reír.

Habrán sido eso de las 16 ó 17 hs cuando tomé la decisión de poner en marcha el camino designado y así dirigirme al asilo. Dudé una vez más, dudé sobre la conveniencia de no pasar antes por lo de mi sobrina y asimilar mejor el digesto. Mi sobrina era más inteligente, más práctica, de carácter más perspicaz. Mi sobrino era distinto, y de hecho habíamos tenido escasísimo contacto en los últimos años, por lo que transmitirle la noticia por teléfono me hubiese liberado de la guerra interior y así poder excusarme en una comunicación más fría e impersonal. Mi sobrina, en cambio, me había compartido charlas, miradas, análisis sobre la situación de mi hermano, y ambos nos preguntábamos cuándo y cómo la vida le había dado ese vuelco inesperado como para terminar postrado en una cama rodeado de fantasmas de paja. No dejaba de turbarme la potencial imagen de ella quebrada en lágrimas al enterarse la noticia, pero empecé a barajar una o dos alternativas de consuelo que amainaran lo que viene después de semejante impacto. Fue allí que concluí que era mejor esperar, mejor decantar, que mejor el silencio, y entonces memoricé determinadas situaciones pasadas donde ella y yo habíamos tenido cortocircuitos estúpidos, como la vez que tomamos la comunión y ella decidió no bautizarse por el consejo de mi hermano y toda esa estigmatización de la religión como cosa de virgos que caía súbitamente en mí persona.

Eran las 18 hs, seguramente, y no paraba de pensar en su cara, en sus brazos, sus desnudos, porque mi hermano siempre estaba desnudo. Siempre estaba en calzoncillos, a lo sumo unos cortos. Llegué a pensar que eso era propio de su sabiduría de hombre derrotado, de que se trataba de una decisión traficada al interior de su alma vencida pues tenía que irse rápido, escaso de equipaje… marchito pero suelto. Eso me obligaba a mirarme en el espejo y observarme en mis putas preocupaciones para hacer de mis ojos unas bolas de fuego líquido y así… volver a él durmiendo, atormentado, en su alrededor vacío, todo vacío como estábamos nosotros, los que habíamos dado lo que pudimos para sacarlo de ese estado y nada funcionó. De recordar el día de la comunión y mi esperanza para captarlo por el anzuelo de la mano del Cristo redentor y así traerlo de nuevo a la vida. De recoger sus cosas y ver sus medias, sus fotos, sus remeras rotas, todo eso y mucho más, que ahora me llenaba y me destrozaba haciendo olvidar el cómo y el cuándo se originó el declive. Lo extrañé tanto que quise morir con él, lo quise tanto que quise reemplazarlo en el imposible. Simplemente verter mi camino en su alma… simplemente verter su cuerpo en mi camino. Emprendí viaje a lo de mi sobrina. Tomé una ruta lenta y decidí que la noticia sería más tarde para mi madre. Primero estaba la hija.

  La ruta estaba repleta de autos, pero también desierta de afectos. Fue el viaje más largo de mi vida, porque amar a un hermano es una emoción compleja: el hermano viene con uno, es la teta de la madre, son las primeras confidencias, las primeras piñas… el primer amor, la primera envidia. Es por eso que nada me iba a sorprender o agarrar desprevenido después del shock de las 12 hs, y todo lo que sobrevino en el precipicio de la verdad fue una señalética para excusarme de no haber estado justo ahí en esa casa de paja. Fue también la coraza débil para empapelar la imagen de su vientre inflamado, porque así me lo imaginaba en la estación terminal: gigante, frío y profundamente triste en su deceso. Tuve que parar a un costado de la ruta para poder manejar sin chocar, sin marearme, sin perderme…porque ya no sabía adónde iba y no sabía absolutamente nada, sólo quería saber si el desasosiego paralizante me daría alguna tregua en medio de una jornada que se presentaba amarga, cruel, sin remiendo. Estaba tan mareado y ofuscado, que en verdad tardé en registrar el camino correcto. Recuerdo haber entrado a una YPF para secarme las lágrimas. Recuerdo que pedí un café que nunca tomé. Estuve a punto de robar, si no es porque la mujer del mostrador me dijera: Señor, el agua son tres mil.

Mi sobrina siempre fue rara. Había estado en Alemania unos meses antes de la muerte de mi hermano, y nunca hubiese imaginado que aquella niña flexible casi huérfana tuviese el vuelo intelectual por el arte y la ciencia del amor que había mostrado desde el instinto de niñez. Tío, ¿tomamos un café?, Tío, ¿damos una vueltita?, esas eran sus dos preguntas, sus modos de compartir conmigo. La empecé a amar tarde, la empecé a querer al darme cuenta de quien era hija y por ende de que tenía la obligación de estar con ella después del deceso temprano de su madre. La tomé como una enviada del cielo, una cruzada del amor etéreo: siempre fue linda, solemne. Era todo eso y mucho más, para cuando mi auto dio los primeros frenos en la calle Urquiza antes de llegar a Corrientes en el centro de Rosario. Esa noche descubrí todo lo que me disgusta el centro, porque vivía por mano derecha en un departamento alto. Cuando apareció, estaba más sabia que nunca, más admirable que en todos los tiempos. Bajó, abrió las rejas, las rejas negras. Recuerdo que dio tres pasos hacia atrás y se acercó. Detectó mis ojos de vidrio de fuego y me estrelló en un abrazo. Palpó unas palabras de tranquilidad y me dijo que hacía 2 ó 3 días intentaba localizarlo, y que la mujer que lo acompañaba le había advertido sobre algunos problemas y le agregó que se despreocupara, «que todo estaba bajo control». Pero ella y yo sabíamos que nada estaba bajo control. Tuve que sentarme en el piso para llorar con ella. Mi respiración era una cueva.

El momento de la verdad era inminente, el momento de la verdad cabalgaba. ¿Por qué los padres no sueltan la mano de esos hijos que le infringen daño? ¿por qué la verdad no calma la incertidumbre de tantos años? ¿por qué el cierre definitivo (si es que podemos llamar cierre al deceso), no aplaca las angustias y las decenas de preguntas inciertas que carcomen la conciencia familiar durante tantos años? ¿Por qué la depresión, las adicciones, los abandonos, las tardanzas, las mudanzas, nos dejan secuelas pasibles de convertirse en formatos de vida amoldables, acostables, abandonables? ¿acaso los enfermos son como sabios adelantados?, ¿se trata de bendecidos anticipados en eso del martirio y el sacrificio previos al más allá? El auto estaba en marcha y me aferré al silencio de reconocer mi soberbia pecadora juzgando otra vez. Era mejor salir por calle Salta, llegar a circunvalación por el Bajo, emprender camino al asilo donde mi madre escucharía la noticia definitiva. Bebí una pastilla. Me miré al espejo, puse música, la apagué inmediatamente. Me aturdían mis preguntas, me aturdían las viejas charlas. Me aturdía la ausencia, el clamor, el grito invisible. Me mataba eso de hablar cuando no tenía mejor cosa que hacer o peor por encontrar. El auto estaba en ruta. No paré de castigarme.

Antes de llegar al pórtico lateral del geriátrico descendí en la ruta para orinar. Era la primera vez que iba al baño en todo el día. Sobrecargarme de ese trámite al entrar al asilo hubiese puesto más nerviosa la escena. No sería posible jugar de nuevo con los nervios y las curiosidades al momento de decir la verdad. Se me acurrucaba el cuerpo, se me desvencijaba Séneca, se me olvidaban los mil consejos del romano para estos casos. No podía creer de nuevo que me revolvía en argumentos internos para afrontar la verdad sin a su vez proteger y cuidar a mi madre. Cerré los ojos, supe: así había sido desde siempre, desde cuando mi hermano no regresó de aquellas fiestas de cumpleañitos de sus primeros amigos, y yo sabía que iba a explotar, sabía que iba a partir, y que Dios no podía darme una señal inequívoca siendo tan chico y tan hambriento de Cristo al punto de haber sentido culpa por verme privilegiado… ser el invitado ese que se lleva las porciones del amor, la paciencia, la guía. Porque a diferencia de él, yo conocía bien el chocolate con durazno o el dulce de leche con almíbar cortado en porciones justas con servilleta blanca prolija y cuchara grabada en curva cóncava. Mi hermano no. Él no tenía idea del asunto. Lo miraba de reojo por la ventana, lo miraba desde la cama postrado, deglutiendo todo con sus adicciones lentas, esas que los amiguitos le trackeaban con argumentos hasta tomarle las defensas.

  Me saludó el tipo de la puerta. Tenía camisa blanca. Le dije «pará, me dejé las balizas puestas». Mis distracciones no podían proseguir y mis nervios no podían soportar un esquivo más. Nos saludamos como de costumbre, el tipo estaba alerta al ingreso de intrusos (nunca entendí cómo es posible un intruso en un geriátrico), y a unos 6 metros del ingreso mis ojos cansinos y pesados divisaron a mi madre sentada del lado izquierdo de la mesa, haciendo el movimiento de manos característico y enseguida apagando la televisión. Estaba en su hobby, ese que acentuó desde el divorcio con mi padre y pasó a convertirla en la mujer a quien yo debía mi pasión por el Cine y por ende mi tara de ver esas películas que narraban la vida de otro modo. Fue a partir de ella que pude ver mi frialdad fronteriza como una equívoca respuesta de mi ser ante situaciones determinantes. Fue a partir de ella que pude comprender que era más conveniente dar aire al corazón y no tanto combustible a la razón fría y calculadora. Que era preferible observar al amor como paciencia, y observar a la salud como el amor.

  Le pregunté cómo estaba y me dijo que bien. Me dijo que hacía unos cuántos días pensaba en mí y en mi hermano. Me preguntó cómo estaba y le hablé del trabajo, del barrio, lo de siempre. Esa noche me escuchó (con esa especie de laissez faire de los errores humanos que siempre sabía perdonar y castigar con dulzura), y después de contarle algunas desavenencias en el trabajo o algún chasco de romance, de nuevo me preguntó por mi hermano. Le aconsejé que fuéramos a la cama para acompañarla hasta dormirse y de paso nos quedábamos charlando sobre la familia. Me preguntó por las palomas que cagaban y caían como bombuchas desde las ménsulas de hierro ubicadas en la ochava de la esquina de su vieja casa y si seguía fanatizado con Vivaldi o cambié las cuatro estaciones por el Winter de Piazzola. La TV no mostraba nada y ella me vio desde el reflejo de la ventana. Mi camisa era distractora y su pelo ya no era negro. Nos tocamos las manos. Me re-preguntó por eso de la chica y nos reímos a carcajadas por una nueva palabra que reemplazaba al ghoosting, entonces ella la balbuceó y nos reímos de nuevo porque siempre pronunciaba mal el inglés. Mi garganta era un nudo y hubiese deseado romperme una muela para no hablar, pero su dedo meñique ya tocaba mi reloj. Le di un beso en la frente, le acaricié la cabeza. Me repuse, levanté unos centímetros la nuca. Me estaba por ir y me miró de reojo para que cometiera la última estupidez del día… esa que iba entre su sabiduría y el miedo de mí, esa que iba entre la experiencia de ambos y el deseo de tenerlo con nosotros. Me aferré a una foto, y en medio de toda esa noche de piedad ausente y de excesos y retrocesos sin preguntas asertivas, lo levanté de la cama, le sonreí a mi madre y le estiré todas mis comisuras. Él, contento, entró feliz por la puerta derecha gritando un gol y riéndose como sabía, defendiendo ante la hinchada el último reducto de felicidad que había tenido y del cual no debió desprenderse nunca. Lo miré, me paré. Le clavé los ojos y desde el costado me hacía un gesto como diciendo dale, dale… largalo. Fue entonces cuando abracé a mi mamá, entoné una voz solemne, dejé atrás el pasado y le dije de frente: ¡Mamá!, ¡mamá!, … al gordo… ¡lo declararon santo!         

  

Ignacio Adanero

Nací en Rosario en 1988 y tengo dos familias: mi familia de sangre, y la familia lucyfuercista. En este cuento (mi segundo cuento), indagué en torno a una imagen futurista sobre la pérdida de un ser querido, que por algún motivo asemejé a ese famoso interludio entre el summer y el winter de Vivaldi. Agradezco las observaciones de Revista Montaje, sin la cual esta nueva versión hubiera sido imposible.

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