Obrar por un impulso desconocido y otros vicios.

En el Postfacio de Paltas (y otros poemas); José Di Marco confiesa algo que me pareció hermoso. Al escribir poesía jamás piensa en un libro: más bien, obra por un impulso desconocido. Me pareció hermoso porque es una declaración cómo de guerra esta de obrar por un impulso desconocido. Este gesto, puede traducirse cómo una decisión de obrar por la vitalidad misma de la literatura. También, es posible traducir el gesto en una frase breve de Laura Forchetti: si el poema es un misterio, lo celebramos. Quiero decir: aún es posible escribir permitiéndonos esta herramienta vital del misterio en el porvenir; esa especie de unidad unida a esa cosa huérfana propia de la explicación del poema antes y después de nombrarlo como tal. Celebro el misterio en un contexto dónde en cada acción se espera una explicación, y ante tal sitio: escribir obrando por la insistencia de las obsesiones significa una posibilidad. La posibilidad de que el poema se defina en sí mismo, que la palabra se defienda por sí sola, que ella misma trace su propio caudal. Esta decisión no se trata de ilogismos, sino de una acción emancipatoria.

  Pienso en Sócrates, Sábato dijo que fue este filósofo quién inventó la Razón porque buscaba con urgencia contrarrestar sus pasiones más inmediatas. Hecho condescendiente de un sentimentalismo generacional; hecho que se hizo agua en los affaires de la lengua. También pienso en Breton, aquel poeta surrealista que declaró a la literatura como uno de los caminos más tristes que conduce hacia todas partes. En los poemas de José Di Marco prima un sentido cercano a este último. Por momentos el sentido de su poética navega en modismos técnicos muy bien cuidados; niquelados sutilmente en pregnancias, estamos ante poemas que conducen hacia todas partes, incluso por fuera de toda tristeza. En Paltas nos encontramos ante una poesía que insiste al poner sus aristas en un equilibrio consecuente de un ejercicio: el de la evanescencia y la contemplación. Lo que evanesce es el significado y lo que se contempla es su evanescencia. La convivencia de dos aspectos duales que en un trabajo sobre el lenguaje pueden convivir sin tensiones. Se ve lo que va más allá de la simple vista y no busca ser definido aquello que se es visto; sino se pone en práctica un trabajo de redescubrimiento a partir de una lengua que se permite mutar. Siguiendo una premisa conceptual teorizada por Jean Cohen, en Paltas es posible distinguir un acto de consumación estético junto al acto reflexivo propio de la ciencia. Por ejemplo: se logra hablar poéticamente del poeta: “y yo aquí / cómo si nada / arreando / en la noche galáctica / las ovejas del ser / haciendo / nada más que poesía: palabra demorada / una lengua en estado de quiebra: el aire el fémur / brillando húmedo el hueso / fuera de lugar y duele”. Cómo así también el poeta logra transgredir este acontecimiento a través de un sentido casi mítico, de forma bellísima: “Cuando arden las palabras / el hunde las manos en el fuego / No grita, se hace cenizas/ En lo que lees está su alma / diáspora de letra calcinada / limaduras tibias del olvido”. 

 Es que por momentos la poesía suele ser la bella consecuencia de un error trágicos. Otras, una herramienta vital sobre la cuál ardemos al trabajar y sobre la cual trabajamos arduamente: “cómo un forense / que tajea bajo la luz blanca”. Este es un trabajo antiquísimo y sagrado. No solo supone un trabajo sobre la lengua en sí misma, sino también sobre la emoción y su volatilidad. Los poemas de José Di Marco abren en cada instante un lenguaje volátil que fragua, cómo el fuego, cambia de frecuencia e intensidad con versos que parecieran defenderse por sí solos: que en su razón ontológica ponen a funcionar un pequeño universo hecho de transgresiones. Son artificios empeñados a explotar en lirismos ese borde filoso que es la lengua: y lo hacen metódicamente, con una lengua mullida. Se observa, se transgrede, y luego se permite el extravío. El poeta, por momentos consuma el extravío a partir de la belleza, y demuestra casi por antonimia, que la geografía que nos orienta es aquella que no puede ser sitiada: sino interpretada intermitentemente por una solidez que invita a la migración: “No me seduce la intemperie / Es bello el exterior que ruge endemoniado/ cuando son otros lo que migran / tras una casa solida de piedra”.  

No es casual todo esto: lo que es aparece solo para ser transformado. Lo anticipa la colección que presenta y trabaja sobre la edición de Paltas: Guadal.  Un guadal es parte de una geografía, define un espacio que no logra solidificarse, es la mutación. Nadie sale ileso de la poesía, como nadie sale limpio después de atravesar un guadal.

Somos

Te mintieron.

La primera palabra siempre estuvo dicha.

De la última no hay versiones confiables.

Tampoco hay mapas, ni claves, ni secretos.

La ley de la transformación lo abarca todo

pero nada dice acerca de los detalles.

Aquel perro y su ojo lastimado.

Ese niño que abrió su mano oscura

(mariposa triste, montoncito de barro en la lluvia).

Ese soplo en la noche, incierto.

Arena y humo somos, un texto lábil

que cada uno escribe a su manera.

Confesión de parte

No me seduce la intemperie.

Es bello el exterior que ruge endemoniado

cuando son otros los que migran

tras una casa solida de piedra.

Odio dormirme con los muertos,

y su canción de cuna en la memoria.

Escribo

porque este día es fatalmente único:

una grieta por donde respira el mañana

o una ocasión para el lamento y la derrota.

A quien corresponda

En la casa hay una mesa servida

para que el viajero cuente sus andanzas.

Cando llegue el viento y la neblina,

el vino lento, el queso dulce y el pan crujiente

le harán compañía.

Dirá que las ruinas son cimientos

que la desolación es un estado transitorio.

Las altas paredes oirán su voz, murmullos

del que habla junto al fuego, a solas en una casa abandonada.

José Di Marco nació en Río Cuarto (Córdoba, Argentina) en 1966. Licenciado en letras, es poeta, crítico y editor. Es Profesor Adjunto en la UNRC, donde enseña Estética y Filosofía del Lenguaje. Ha publicado dos libros de poesía: Mundo sublunar (2006) y Una música anterior (2010). Ha colaborado con artículos sobre narrativa y poesía argentina del siglo XX en las revistas Fénix, La Guacha, Cronía, La letra inversa, El laberinto de arena y Vuelo digital, entre otras. Codirige el proyecto editorial Cartografías.