Nunca nadie, tierra, todo

es siempre un nunca nadie.

Ni en la casa, ni en parques,

ni en los huesos corroídos;

nunca, ni en lo que escribo

ni en la gente siquiera ya,

y mucho menos en lo que habito,

hay jamás nadie.

Planeta, Dios, Cesar Vallejo,

¿Andaré alguna vez por

el camino de Santiago?

Diccionarios, calles, tabaco

¿Vendrá quien me tienda algo,

aunque sea una trampa o un dedo?

Nunca hay ni hubo, gris cielo,

nadie dispuesto a este lenguaje,

a esta caverna que me soy,

a esta pretensión mortal en que indago.

Ni en las telarañas ni en los hospitales,

puesto que carezco de salud y esquinas,

y mucho menos en mi sombra, nunca

hubo una huella que no sea la mía.

Café quemado, media sombra, ya-no-luz,

¿Se descongestionara para mi

el camino hacia lo no experimentado?

Pulso, corazón ciego, marcha a contra tempo

¿Podre algún día leer o escribir algo

 que no sea epístola, despedida o epitafio?

Nunca habrá nadie, infierno que ya conozco,

en este aquí terrenal, que no sea tu patria,

tu hermano, o tu fogoso idilio.

No queda esperanza, evangelista, apóstol,

de que te hallen si te escondes tanto,

de caminar acompañado si ni contigo andas.

Y aunque aparezcan fantasmas o santos,

será todo esto un siempre nunca nadie.