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El sabor de la nostalgia

En mi infancia, Castelli era un pueblo tranquilo. Recuerdo las dos escuelas primarias y una secundaria. Incluso, en el mismo edificio, por las tardes se formaban los futuros maestros. Ahora Castelli se convirtió en una ciudad pujante. ¡Más de treinta instituciones educativas, en todos los niveles! Desde preescolar hasta universidades. La vitalidad educativa brinda oportunidades, sembrando la vocación en los anhelos de futuro, atándose los cordones, lustrando sus zapatos o calzando las alpargatas de yute.La población se expandió notoriamente hacia todos los puntos cardinales, los lugares que antes me parecían lejos, ya no lo son.Como un pantallazo las imágenes fugaces giraban en mi mente, las dos grandes tiendas: “La económica” y “Los Vinco” Hacía un lado, exhibían los rollos de telas coloridas. Del otro lado, ropa femenina y masculina confeccionada de diversos géneros y modelos clásicos.Los almacenes eran pocos y sabías exactamente a dónde ir cuando necesitabas alguna herramienta, material o mercadería. Las panaderías de hoy usan hornos eléctricos. La textura y el sabor del pan es diferente. La variedad de masas finas con mucha crema y facturas con colorantes están tentando en las vitrinas de vidrio, pero otras ya no las fabrican.Desde hace dos meses, la sensación de un sabor persistente, acompañado de la imagen nítida de partir un pan dulce me persigue. Lo visualizo dorado y brillante con una corona de crema pastelera en el centro, al tomarlo entre los dedos, su esponjosa miga de color amarillento se desprendía en hebras finas y al probarlo su exquisito dulzor invadió mis sentidos. Es el pan de leche, deseo degustar su delicioso sabor casero, decido entonces hacerlos, ¡más de tres intentos fallidos! cociné un pan, pero un pan sin la textura ni las características propias de aquel “pan de leche”.En esa frustración de no haber logrado replicar con mis manos el pan, la memoria de pronto me dibuja las tres panaderías de aquellos años con sus aromas, con emoción le comenté a mi hijo adolescente. Su respuesta llena de espontaneidad juvenil. —¡Vayamos mami! Busquemos esas panaderías y preguntemos si todavía lo hacen.Yo decidida a encontrarme con ese recuerdo, acepté y sin saber si aun existía subimos al ciclomotor, hacia el tradicional local, luego de cruzar el centro llegamos a esa esquina alejada. Las luces prendidas y la puerta abierta me dieron esperanzas de conseguir lo que buscábamos. Ingresamos y noté los estantes vacíos al igual que el mostrador, sobre la mesada, sólo había un canasto con algunos bizcochos. No se veía a nadie cerca, golpee las manos y aparece el dueño, un hombre canoso de pasos lentos, arrastrando los pies. Lo saludamos y le pregunté:—¿Tiene pan de leche?—No, hace muchos años que dejamos de hacer —respondió y siguió comentando— como ahora compraban factureros señalando los cajones —no comprendí a qué se refería, pero no lo interrumpí— el lunes le voy a decir al muchacho que amasa y se encarga de hornear.Nos despedimos amablemente y salimos del lugar que mantenía la tradición del pan cocido en hornos a leñas, aunque denotaba cierto abandono, quizás por la juventud perdida.Aún quedaban dos panaderías en nuestra búsqueda. La segunda, ubicada casi en el corazón de la ciudad, era famosa por sus bizcochos con grasa, dorados y crujientes, los scones con su textura perfecta y las tortas con hojaldre. Al entrar, fuimos recibidos por el cálido aroma, había dos personas comprando. Observé alrededor, aquí si había facturas, masas y diversos panes. El muchacho nos pregunta:—¿Qué andan buscando?—Por las dudas —dije, como preparándome a una respuesta negativa— ¿tienen el pan de leche?—Se terminó —menciona, mientras destapa un canasto con facturas y sugiere— estas masas son muy similares.—¡Ha! Entonces, ¡aquí todavía hacen el pan de leche! —exclamé para reafirmar que lo conseguiría otro día.—Si, aquí se fabrica todo lo tradicional —resolvió el vendedor.Compramos facturas deliciosas, fuimos a la placita cerca de la iglesia y tomamos mates. La búsqueda del pan de leche había terminado, aunque todavía no pude probar el sabor de la nostalgia.

Mireya Alfonsina Bobrovsky

Escribiendo encontré una pasión y así como se viven las pasiones escribo.

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