Cada ochocientos años él sale.

Cada ochocientos años, durante un solo día, el pequeño Obaw sale de su cautiverio.

Se le fue designado a esta criatura ese único día para poder salir a la luz del sol y respirar el aire fresco de la superficie, como el resto de los seres vivos de la tierra.

El resto de los días, durante ochocientos años, debía pasarlos dentro de su confinamiento oscuro y rocoso que se encontraba a setecientos sesenta y nueve metros de profundidad bajo la superficie seca de la tierra. Así lo había dictaminado Dios.

«Los Golpin vivirán en las llanuras verdes, alrededor del acuario, pastando marjistans» -dijo Dios señalando a los Golpins y luego arrastrando su dedo índice ciento veinte grados a la izquierda en dirección sur.

«Los marapler brincaran en dirección norte a sur todas las mañanas sobre los cerros que fronterizan con las tierras vecinas de Ao «- dijo Dios mientras alzaba con su mano picudas elevaciones de tierra una al lado de la otra.

«Las Bagars reapiraran las olas del mar Masco y regalaran bailes exóticos y kilops a los extranjeros» -ordeno Dios.

«Los Higans se agruparan dentro de los corrales de alambre y fuego que los Hubis apostaran en en el Valle en mí nombre y serán la comida en los platos de las mesas de ellos y su descendencia mientras me sigan alabando » -decreto Dios mientras deprimía una superficie plana con la palma de su mano para dar forma al valle.

Por último, quedaba el Obaw.

Un animalito quejumbroso y de cejas algo desalineadas. Era el único en su especie y Dios lo envío a habitar las profundidades de un hoyo profundo cavado en una planicie plateada y de poca vegetación comestible.

«El Obaw habitará el espiraculo hondo de las tierras bajas del este, allí tendrá como tarea mantener el jawpat vivo, pero no le será permitido salir de allí y vagar a su antojo por la tierra como el resto de sus hermanos. «NO» -recalco Dios- Pasará oculto ochocientos años a partir de hoy, y el primer día luego de esos ochocientos años, cuando los Hubis, los Higans, los marapler, los Bagars y los Golpins caigan en un sueño profundo, el Obaw podrá salir de su hábitat frío y áspero hacia la luz de ese día. Caminará alrededor de todo el planeta sin culpa o miedo de aplastar a alguien con sus grandes alas o colmillos. Ese día, todos los Hubis, los Higans, los marapler, los Bagars y los Golpins dormirán profundamente gracias al soplo de mí aire, y la mañana siguiente despertarán, como si ese día nunca hubiese existido. Y el Obaw volverá a su espiraculo antes de que el mundo despierte reanudando su labor de alimentar el jawpat que nutre las tierras a su alrededor.» -Asi concluyó Dios.

Todos los seres vivos que escucharon sus palabras se dirigieron inmediatamente al lugar que se les había indicado a iniciar la labor que les correspondía.

Los Golpin comenzaron a pastar.

Los marapler comenzaron a brincar uno de tras de otro simultáneamente.

Las Bagars comenzaron a zambullirse en las suaves corrientes verdosas del mar Masco.

Los Hubis arrearon a los Higans en grupos uniformes dentro de los corrales.

Y el Obaw descendió a las profundidades del espiraculo. Allí el movimiento continuo de sus alas arrugadas mantenía el jawpat en su punto perfecto, ni tan ácido, ni tan brillante.

Cuando toda la creación se puso en marcha y funcionaba como el tic y el tac de un reloj, Dios se despidió de sus creaciones y cayó sobre las nubes que cubrían los cielos, a descansar y soñar.

Su respirar suave y sincrónico generaba brisas y tornados. Sus ronquidos formaban los truenos, sus lágrimas tras un sueño triste daban las lluvias. Sus sueños a veces escapaban de su cabeza y se transformaban en laxas aureolas boreales que adornaban las noches.

El tiempo siguió su curso.

Dios ya no estaba con ellos, su imagen era apenas una borrosa silueta que se reflejaba de vez en cuando en las gotas de lluvia.

Los Golpin seguían pastando.

Los marapler seguían brincando a lo largo de los serros.

Las Bagars seguían flotando sobre las corrientes verdosas del mar Masco.

Los Hubis seguían procurando la reproducción de Higans dentro de los corrales.

Y el Obaw seguía alimentando el jawpat.

Llegó el día. El primer día luego del periodo de ochocientos años.

Ese día, los Golpin, los marapler, las Bagars, los Hubis y los Higans no despertaron. 

El día se sentía espaciado y silencioso. Vacío.

Temblores desde lo profundo del espiraculo hicieron temblar los altos lopars hasta sus copas y hondear las gotas de agua de la superficie del mar. El Obaw estaba emergiendo hacia la superficie.

Su larga cabeza serpenteo entre los primeros rayos del sol. Sus ancas acariciaban el fresco pasto a su alrededor.

Cuánto hacia que no olía ese endulzante aroma a melon que yacia de las colmenas de faho.

Comenzó a caminar hacia el norte. Lento. Un paso, una percepción, otro paso, un olor, otro paso, un sonido crepitante, un siguiente paso, un paisaje.

Como todos los wesp, caminaría por cada rincón del mundo, observando, escuchando y sintiendo con cada parte de su cuerpo todos aquellos panoramas, sonidos, y sabores, que para el mundo de ese momento era algo común y cotidiano, pero para el Obaw era totalmente novedoso e irrepetible aquel día.

Reptó por los pantanos de milpes, sobrevoló los poblados y sus diminutas cabañas de mimbre, trepó los pequeños arcos del Rojo y hasta descendió a las profundidades del mar Masco, donde ninguna Bagar había llegado antes, y de allí comió de los más salados qtus que nadie nunca podrá pescar.

El wesp estaba a punto de llegar a su fin. Ese pequeño día de más dentro de la semana no volvería a suceder hasta dentro de ochocientos años.

El Obaw se sentó cerca del espiraculo, para contemplar como todos los wasp el fin de su libertad.

El sol se puso, la oscuridad de la noche atrapó al mundo. Pero el Obaw seguía en la superficie.

Esta vez el Obaw no cumplió con su deber, no por accidente, sino como una acción totalmente deliberada.

En ese poniente había contemplado la idea de desobedecer. De quedarse fuera de su lugar. Y así lo hizo. Se dió cuenta de que nada malo ocurrió. 

El Obaw pasó su primer día fuera.

El sol se alzó sobre la tierra y los Golpins, los marapler, las Bagars, los Hubis y los Higans comenzaron a despertar como normalmente ocurría un lunes por la mañana. Al salir a la luz del día vieron una criatura desconocida y extraña. Todos se arrimaron cerca del Obaw. Nunca antes habían visto un ser como él.

El Obaw se vio aceptado entre ellos. Comenzó a vivir su vida sobre la superficie, sobrevolando los jojos, comiendo junto con los Higans de los frutos de temporada, conjurando lenguas místicas junto con los Hubis.

Pero pronto la tierra comenzó a perecer. El jawpat desprotegido estaba muriendo lentamente.

Los golpinslos, marapler, las Bagars, los Hubis y los Higans le pidieron al Obaw que regresará a las profundidades de la tierra para mantener el jawpat vivo, pero el Obaw se negó.

Ya se había aferrado a su nueva vida rica en aire dulce y luz cálida. Se negó rotundamente a regresar.

Incendios de lopars en masa se dieron por todo el mundo. El agua que componía el mar Masco se chupó hasta dejar un cráter seco de más de mil metros de profundidad. Movimientos tectónicos de gran magnitud separaban continentes, dejando nacer desde el el interior ríos de fuego, que derribaban montañas y cordilleras provocando avalanchas y tifones.

Golpins, los marapler, las Bagars, los Hubis y los Higans morían aplastados, incinerados o por hambre.

El Obaw danzaba entre los escombros, eufórico por ser espectador y protagonista del nacimiento de un nuevo mundo, un mundo en donde el sería un habitante.