Hace ¡catorce años! escribí esta columna para una agencia de análisis periodístico que ya no existe. La ocasión era el 45º cumpleaños de Barbie. La realización de la película que se va a estrenar este año me trajo a la memoria este texto que, a pesar de la vergüencita que me da en algunos aspectos, republico en su forma íntegra y original.

Apetecible cuarentona

La rubia ya se ha instalado definitivamente en la mediana edad; sin embargo, milagrosamente, no ha sido tocada por los signos de la edad ni por los avatares de la vida moderna. Sus ojos y la comisura de su boca siguen siendo perfectos, a salvo de las molestas arrugas que denuncian, siempre, que uno ha vivido.

Pero ¿ha vivido Barbara Millicent Roberts? Nacida el 9 de marzo de 1959, cumple mañana cuarenta y cinco años, y durante toda su existencia no ha hecho más que divertirse. Trabajó, pero sólo en puestos cool, con poco esfuerzo y mucha pasión. Se hizo famosa de inmediato y su estrella parece lejos de apagarse. 

No tuvo hijos, y sí un novio del que se separó hace poco, poniendo frenética a la comunidad gay, que le había echado el ojo hace tiempo. Su vida transcurrió entre algodones. Algo habrá aprendido, pero no lo notamos en su actitud ante la vida.

Una cosa más: mutó constantemente. Fue blanca, anglosajona y protestante (WASP, precisamente; la palabra denuncia también su cintura avispal), pero también hispana, africana, oriental. Y hasta llegó a ser un poco gordita; no duró. Sí sobrevivió siempre en su forma original, la de esa rubia debilidad que puebla las jugueterías de todo el mundo. Hablamos, claro, de Barbie.

Ícono cultural del siglo, se mantuvo reveladoramente alejada de la pobreza: nunca le faltó ropa o un accesorio bonito para su cocina. No fue, lo repetimos, la madre de nadie.

Barbie nació poco después del rock and roll, y se montó en la ola del amor libre y el hippismo cuando ésta se hizo masiva. Fue neurocirujana, azafata y candidata a presidenta. Tuvo su propia banda de rock, supo esquiar y criar caballos. Más allá de sus cambios, siempre representó el mismo ideal, uno que no seremos los primeros en denunciar.

Porque, efectivamente, en algunos sentidos Barbie representa lo peor de nuestra sociedad de consumo. En primer lugar, tiene gustos tan caros que mejor ni pensar en las aspiraciones que promueve en las niñas. Pero lo peor es que encarna a la perfección la cultura de la imagen, es decir del vacío. ¿Su contracara? Karen Carpenter: esa chica llena de contenido que también estuvo en las alturas y que, precisamente en ese momento, sucumbió a su propio disgusto ante el espejo.

La chica diez es, en esencia, peligrosa. Aquello que en ella se mantuvo invariable (el cuerpo perfecto más allá de lo físicamente aceptable, el rostro sin arrugas, la sonrisa eterna) es capaz de hacer tanto daño como ese cambio permanente que siempre la mantiene en la cresta de la ola, siempre exitosa, siempre feliz, siempre a kilómetros de distancia de nuestras imperfectas vidas.

Girls can be anything, es el lema que hace ya cinco años, cuando Barbie cumplió cuarenta, Mattel Inc. eligió para promocionarla. Y no es cierto: la vida no nos da a todos las mismas oportunidades. Barbie, la chica que lo ha tenido todo, la que a los cuarenta y cinco es tan igual que a los quince, en realidad no es nadie.