Nunca fuí una persona de sueño pesado y esa madrugada no era una excepción, desperté apenas escuché el ruido de una botella caer al suelo, alarmado salí de mi habitación, pensé que quizás había entrado un intruso a la casa, pero a medida que me iba acercando a la cocina, escuché a mis padres discutiendo seguido de un grito de mi madre, corrí hacia la habitación en donde se encontraba y visualizé a mi mamá en el suelo, sobandose la mejilla mientras unas incontrolables lágrimas caían de sus ojos, mi padre había estado tomando y descargó su enojo en su esposa, no era una situación inusual, sospechaba que lo había hecho unas cuantas veces pero mi madre siempre me lo negaba, recuerdo que me habia dicho “es tú papá, aveces se enoja pero es un buen hombre, nunca me levantó la mano” claramente yo no me comia ese cuento y ver tal escena fue la gota que hizo revasar el vaso, tome la botella rota que se encontraba en el  suelo y se la clave repetidas veces.

Los gritos de mi madre, mis manos llenas de sangre y el cadaver del hombre que alguna vez, había sido mi padre se encontraba en la habitación matrimoñial de la casa de la “familia feliz” del barrio.

Mi mamá fue la primera en reaccionar, yo estaba asustado, las lágrimas empezaron a escaparse y la voz no me salia

-hace ya tu bolso y andate, andate lejos y cuidate mucho, te amo hijito mio.

Hay una canción que dice “los caminos de la vida no son como yo soñaba, no son como yo creia…” y es verdad, pasé de ser un buen chico, de tener las mejores notas del colegio y enorgulleser a mi madre haciendo que sus amigas le digan “que buen hijo que tenes Margarita” a ser un prófugo de la justicia.

Por Brisa Gabella