(Relato novelado  de un hecho histórico)

“La Historia es consoladora cuando se sabe interpretar …sino existiera esa justicia inmanente. Seria una sucesión de crímenes y sus anales no serian una fuente de enseñanza sino espejo perdurable de delitos.” (Gonzalo Bulnes.1927 Del Nacimiento de las Republicas Americanas)

Alonso Vizcaíno, es mi nombre. Marino retirado. Vengo a esta taberna a cultivar el único placer que un gastado hombre de mar se puede dar: tomar algunas copas de  Ron. A veces gratis. Muchas veces por suerte. Gracias a la curiosidad de los nuevos marinos, soldados o simples tripulantes, algunos sin barba todavía,  quienes pagan mis copas para que les cuente aquella Historia…

Otras también claro, pero prefieren esta que han escuchado mil veces. Pero cuando vienen frente a mi, están con uno de los últimos sobrevivientes de aquella Expedición que encabezara Don Pedro de Mendoza. Traen en sus oídos lo que tantas veces escucharon, pero yo les cuento lo que mis ojos vieron.

Suelen empezar diciendo:

– ¡Tú. Viejo marino!: ¿Es cierto que integraste la expedición de Pedro de Mendoza?

O:

– ¿Estabas en las Indias Occidentales cuando Don Pedro de Mendoza hizo  matar a Juan Osorio?

Y también:

– ¿Fue por ese crimen que la nueva ciudad de los Buenos Ayres quedó maldita y desapareció?

-Si estuve. Así ocurrió.- les digo.

Fue hace muchos años. En Noviembre de 1535. El asesinato de Juan Osorio fue una fatalidad provocada por el mismo Pedro de Mendoza, el Adelantado del Rey.

Al tocar las costas del Brasil, en Santa Catalina, se hallaba muy enfermo y temía no cumplir con el Tratado de su Capitulación. Ya habían naufragado dos navíos de los 16 que partieron de San Lucar de Barrameda, y más de 300 personas se perdieron con ellos. Quería asegurar su empresa, la de fundar una nueva población en el Rio de la Plata. Empresa por cierto que le había costado toda su fortuna. Hizo que los 1900 tripulantes de la expedición opinaran sobre un líder sustituto, un hombre sobre el cual depositar su confianza, en la creencia de que todos elegirían a Don Juan Ayolas, su sucesor jerárquico y mano derecha. Pero la gente temía que el nuevo mundo les deparara otras tragedias y votaron por Don Juan Osorio, a quien veneraban y seguían a ciegas.

– ¿Conociste a Juan Osorio ?- La infaltable pregunta. Veo el brillo en sus ojos…

Lo conocí. Era un hombre apuesto de ojos claros y pelo rubio, alto, gallardo, de una espada feroz. Sus hombres le adoraban, sus enemigos le temían y las mujeres enloquecían por él.

Para su desgracia Don Juan Ayolas se convirtió en su enemigo enconado, y al preferir a Osorio la gente; sin querer lo condenaron.

Jamás dejaría Pedro de Mendoza que la gloria que él buscaba, en caso de morir, le fuera dada a Osorio.

– ¿Pero… porque, como paso eso?-

Don Juan Ayolas embarcó como Alguacil Mayor. Y Osorio como Maestre de Campo de Infantería. Osorio era un militar joven pero afamado. Con destacadas actuaciones en el Sitio a Jerusalem y posteriormente al reino de Granada, que terminó con la expulsión de los moros.

La tragedia empezó cuando Osorio decidió encubrir el rapto de una doncella en el Puerto de Canarias por parte de Jerg Manthosa,  Capitán de una de las naves, durante una parada de avituallamiento, Ullrico Schmidel escribió en su libro “Versiones del Viaje”, que el rapto había sido en realidad un acto festejado por los padres de la joven y los Isleros. Pero las mujeres tenían prohibido subir a los navíos. Debían ser autorizadas por Real Cédula de su Majestad  con un propósito establecido. Cuando Ayolas se enteró que los marineros ayudaban a Manthosa y su amante a huir, estalló de furia y decidió castigar con 20 latigazos a la soldadesca, al capitán y a la joven.

Nos reunimos la guardia en “La Magdalena”, nave insignia de la armada, ante el Adelantado. Entonces hizo Ayolas la acusación y exigió su inmediato castigo. Pero los marinos allí reunidos, con mirada suplicante volvieron el rostro hacia Juan Osorio y éste se interpuso entre la tripulación y Ayolas para proteger a sus hombres.

Mendoza, mandó a encerrar a la pareja, y llamó a sus jefes a reunión. No podía contradecir a Osorio que abiertamente desafiaba las leyes sin arriesgarse a un motín donde todos morirían a manos del Maestre y su gente. Decidió abrir un Proceso y dar más adelante su veredicto.

Ayolas contempló atónito la impertinencia del Maestre de Campo. En secreto envidiaba la increíble popularidad que acompañaba a Osorio a donde fuera. Y desde entonces incubó un odio irracional hacia él.

Llevó su queja ante el sacerdote, quien maliciosamente lo consoló diciendo: “No debe acabar en tragedia lo que con astucia ha de resolverse”.

– ¿Nunca sospechó Osorio que lo iban a matar?-

Osorio no era un hombre desconfiado. Un par de noches antes de zarpar en una taberna de España, una mujer conocida por sus dotes adivinatorias se le acercó y le dijo:

– En tierras lejanas te espera la muerte.-


Osorio se había integrado a la oficialidad de la armada con la secreta determinación de no volver. Había visto mucha muerte, mucha sangre derramada sin sentido en las guerras de Europa. Y mientras portara una espada ese sería su destino. Quería otra vida, levantar una casa, prosperar, dejar descendencia. El Nuevo Mundo era su esperanza. Sonriendo dijo a la bruja:

– Seguro moriré allí. Partimos para las Indias mañana. Y no creo que vuelva.-

La adivina se le quedo mirando y agregó suavizando su oscura admonición:

– Una mujer de ojos, cabellos, y piel oscura será tu último deseo.-


Osorio, como buen soldado, no era un hombre de sutilezas, ni de encontrar dobles sentidos a las cosas.

– Que así sea.- dijo sonriente  y alegremente brindó por la profecía.

Por la noche soñó con la playa de esa tierra ardiente de la que tanto había escuchado. En ella una hermosa mujer desnuda, como había descrito la vidente, se acercó a él señalando la espesura de la selva invitándolo a seguirla.

El Puerto de Santa Catalina en el Brasil, era el más avanzado punto de reunión de conquistadores, indios amistosos, aventureros de toda laya y barcos negreros. La tripulación aliviada ponía el pie en tierra firme. Osorio fue comisionado para recibir un grupo de indios para llevar a las costas del Plata como sirvientes o futuros integrantes de alguna Encomienda.

Su corazón casi explota cuando de entre el grupo aborigen apareció una india de belleza increíble. Su porte erguido era el de una reina. La piel cobriza, los ojos profundos y un pelo tan negro como la noche. Era la mujer de aquel sueño en España. La India lo miró y sintió el alborozo de don Juan en su instinto de mujer. Osorio se acercó a ella, le tocó el rostro. Ella sostuvo su mirada, como si el tiempo entero, como si aquellas extrañas cosas que estaba viviendo desde la llegada de los blancos cobrara sentido. Osorio imaginó el Sol en su espalda, el sudor de una jornada, los frutos de la tierra, una casa, un lar y pensó: ¿Cómo serán los hijos de semejante cruza?

Preguntó al encargado del contingente por el destino de esa India, y las condiciones para tener esa mujer para él. Le explicaron que la misma debía ser bautizada. Entonces podría tomarla por esposa ya que la Corona prohibía que los indios fueran adquiridos como una propiedad. Como era el caso de los esclavos negros. La Iglesia deseaba incrementar el número de almas y la corona, convertir a los indios en sujetos libres para cobrarles impuestos.

Un desconocido y feliz torbellino corría por sus venas mientras el Capitán de la Guardia; Galaz Medrano venía en su búsqueda. El Adelantado ordenaba reunión de Jefes antes de zarpar  para organizar el viaje y tratar el resultado de la consulta a los integrantes de la expedición.

Llegaron con Medrano a una tienda en la playa, Ayolas lo saludó amistosamente. Estaba también el sacerdote y Don Pedro de Mendoza. Este lo tomó del brazo, y comenzó a caminar con él en dirección a una cabaña que fungía de improvisada sala de reunión.


– Os veo muy radiante este día Don Juan…- le dijo. Quizá imaginando que la alegría de Osorio se debía al favor de los hombres quienes lo adoptaban como su Líder natural.

– Es la dicha de acabar con bien el viaje mi Señor— respondió Osorio


Del otro lado Medrano, amistosamente lo tomó del otro brazo diciéndole:

– Verá Don Juan que todo finalmente saldrá como lo ha previsto Dios, nuestro Señor.-

Por la ventana de la tienda vio la ribera, la playa, el espesor de la vegetación y un cielo de tarde rojizo. En ninguna de sus aventuras había visto una belleza de paisaje igual. Vivía un estado de exaltación. Se perdió unos segundos. En su mente vio dibujarse el horizonte y el rostro de la India en él. “No sé su nombre” pensó. Fueron instantes de vacío mental. Tanto que le impidieron notar que era sujetado firmemente por Medrano y Mendoza, en tanto Ayolas hundía ferozmente la espada en su espalda. Aterrado se dio cuenta que lo estaban matando. Miró al sacerdote y rogó por su alma:

– ¡Confesión… confesión…!-

Más éste se apartó, y Ayolas volvió a hundir el filoso acero en su cuerpo.  El corazón le explotó. Un grito aterrador sacudió la tarde. A poco pasos de ahí la India presenciaba la tragedia a través del hueco que fungía de ventana. Comprendió que en pocos minutos se le habían revelado las caras siniestras de la Vida, la Muerte y el Destino. Osorio alcanzó a balbucear:

– Morir… en esta tierra…-

Ayolas asestó entonces la última estocada quitándole finalmente la vida.

Para llevar adelante este plan, Mendoza había mandado que 10 navíos se adelantaran, zarpando de madrugada. Quedó con 4 barcos y una tripulación adicta. No quería un Motín como resultado del asesinato. Dejaron tirado su cuerpo en la playa con un cartel que decía: “Aquí mato Don Pedro de Mendoza a Juan Osorio, por amotinador y traidor”.  Unos indios compasivos enterraron su cuerpo.


Tres meses después Pedro de Mendoza fundó el puerto y pueblo de “Nuestra Señora del Buen Ayre”, en homenaje a la patrona de los marinos. Era el 3 de febrero de 1536. Con un maligno presagio sobre la expedición. Jamás hubo paz para los conquistadores. Los soldados asumieron que aquel crimen traería desgracia a la futura población. Los indios atacaron ferozmente y en forma continua el poblado y cada salida de un batallón a combatirlos volvía desangrado con casi todos muertos por los naturales. En estos enfrentamientos murieron el hermano y sobrino de Mendoza. Los indígenas mataban, saqueaban, quemaban las casas y las naves. El hambre atormentaba a los sobrevivientes, algunos dicen que hasta comieron carne humana. Y una fatídica jornada los caballos huyeron tierra adentro dejándolos indefensos.

Ayolas llevó un contingente a remontar el Rio de la Plata y plantó un poblado al que llamó “Nuestra Señora de la Candelaria”, la que ahora se llama Asunción. Codicioso se internó en Febrero de 1537 en la selva buscando metales preciosos y lo mataron los indios Payaguás.

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Pedro de Mendoza tenía el cuerpo cubierto de llagas, en cabeza, manos, piernas… Esto le impedía toda acción de mando. Decidió volver a España, pero murió en el mar en junio de 1537 y arrojaron su cuerpo al agua. Afiebrado gritaba el nombre de Juan Osorio rogando que lo perdonase. A estas alturas ya se había dado cuenta de que solo un hombre como Osorio, podía ser el líder de un grupo de conquistadores amenazados por tan siniestras acechanzas.

A su muerte, los sucesores de Mendoza en Buenos Aires y Santa Fe, entablaron fieras disputas entre sí, hasta que el Gobernador de Asunción; Domingo Irala, en 1541 ordenó levantar la población y quemar las casas y el puerto.

Así terminó la expedición de Pedro de Mendoza, quien murió sin saber que del poblado de Buenos Aires, tan solo quedaría una calabaza con una inscripción que indicaba que todos los sobrevivientes se habían ido para Asunción. Ni siquiera quedó para la Historia el documento fundacional que se perdió y nunca fue encontrado.