El azulejo dañado

La alarma del celular marca el comienzo de un nuevo día; sin embargo, entre que suena la primera vez y me levanto, me lleva unos treinta minutos. Me doy un baño rápido, tomo las llaves del auto y me dirijo hacia el trabajo. Rara vez desayuno en casa, en la oficina hay café suficiente, y la cantina brinda una variedad razonable de tortas, bizcochos y galletas.

Llego con el vaso de café a mi escritorio y observo las alertas que muestra la computadora. Todo parece en orden: no hay indicadores por debajo o encima de los intervalos críticos. Por suerte, ayer llegaron nuevos circuitos y cables para cambiar algunas piezas que ya tienen un desgaste importante.

Las horas pasaron y no sucedió nada importante. Ya se dejó de utilizar la máquina; puedo ir y cambiar los componentes usados por los nuevos. Luego de esta labor, observo en mi celular que ya cumplí con el horario laboral. El día está soleado y hay como treinta grados afuera; ideal para tomarse una cerveza.

Voy caminando por la calle y, de repente, mi corazón comienza a latir de forma acelerada. Creo que vi a Victoria, una novia que tuve en la adolescencia. Estábamos muy enamorados cuando ella tuvo que ir a España con sus padres. Eran tiempos revueltos; sus padres quedaron desempleados y tuvieron que emigrar. En aquel tiempo la política entorpecía el normal funcionamiento de la economía; ahora, los equipos son más profesionales y el gobierno es un gestor más.

Nuestras miradas se encontraron.

-¡Ricardo!

-¡Victoria!

Nos dimos un abrazo bien apretado. Le comenté que iba al bar “La chopera” y se decidió a acompañarme.

Dos horas de conversación, sobre lo que ha sido de nuestras vidas, transcurrieron entre risas y miradas. Algo me decía que había ganas, por parte de ambos, de retomar nuestra historia quebrada por la crisis económica. De pronto Victoria preguntó qué hago en mi trabajo.

-Yo me encargo del normal funcionamiento de una máquina. Mi trabajo es sumamente técnico: observo indicadores cuantitativos que aparecen en la pantalla sobre el desempeño del equipo, los regulo mediante ciertas acciones que opero desde la propia PC y, si se observa algún deterioro, me dispongo a calibrar o cambiar circuitos o placas electrónicas de la propia máquina.

-Pero ¿qué hace la máquina?

-No tengo idea, supongo que mejora la salud de las personas de manera eficiente, ya que trabajo en una especie de hospital privado relacionado con males mentales. Sin embargo, esa información no es relevante para llevar adelante mi trabajo. No me interesa en absoluto saberlo.

-Debería interesarte. Lo que hacemos afecta a otra gente.

-Me parece que tu punto de vista es propio de las teorías conspirativas. La tecnología está para darnos comodidades y mejorar nuestros estándares de vida. Veo que el pensamiento político de tus padres continúan influyéndote.

-Me parece que tenés una visión muy inocente de la tecnología; no creo que haya absoluta neutralidad en ella. No nos vamos a poner de acuerdo. Conversemos de otras cosas.

Luego de ese momento de tensión, hablamos de nuestro pasado y de los sueños que no pudieron ser. Unas cervezas más tarde, fuimos para mi casa y pasamos una noche magnífica.

La luz del sol y la alarma del celular indicaban que debíamos despertar, dejar el mundo ideal en el que estábamos sumergidos. Mientras me vestía, Victoria vuelve del baño y me comenta sobre un azulejo dañado, casi imperceptible, que se encuentra detrás del espejo. Le comento que siempre tengo en mente la idea de cambiarlo, pero me olvido de comprar los materiales para hacerlo. Nos despedimos con un beso, que prometía un reencuentro, y retomamos nuestras vidas.

Dos días más tarde, luego de haber terminado un partido de fútbol con ex compañeros de la facultad, veo a Victoria saliendo de noche por la puerta trasera de mi lugar de trabajo. Esto me pareció muy extraño; decidí ir a su encuentro.

-Victoria, ¿cómo estás?

-¿Qué hace, señor? ¡No me toque! ¿Quién es usted y por qué intenta besarme? Aléjese de mí o llamaré a la policía.

Quedé bastante impactado por su comportamiento y la dejé marchar. Sin duda, no estaba bromeando. Para ella, yo era un completo extraño.

 Estaba decidido a investigar lo que había pasado. Descubrí que Victoria no estaba entre la lista de los pacientes que fueron al hospital. Fui hasta la oficina del gerente y le comenté que estaban ocurriendo irregularidades en el hospital. Le puse como ejemplo el caso de Victoria, pero no se mostró asombrado.

– ¿Qué es lo que hace la máquina que controlo y mantengo cada día?

– Eso no es de tú incumbencia. Tú trabajo es bien específico y no te aporta nada saber para qué se utiliza el aparato.

La respuesta del gerente me provocó una indignación muy rara, casi instintiva, la cual me llevó a presentar la renuncia. Este la aceptó con una sonrisa en la cara; increíblemente, parecía poco asombrado con mi reacción. Salí del hospital y manejé hacia mi casa. Miré, casi por azar, el espejo del auto y observé a un tipo que me parecía conocido. Creo que estaba en el bar el día que fui con Victoria. Mi corazón amenazaba con salirse del pecho y mi mente comenzaba a elaborar todo tipo de hipótesis a una velocidad desconocida. Podría afirmar, casi con seguridad, que en vez de razonamientos eran actos reflejos.

Estacioné el auto y subí hasta el apartamento. Observé sigilosamente desde el balcón y vi que el sujeto que me perseguía iba a entrar junto con otras dos personas. De forma intuitiva, recogí una lapicera y un papel, que estaban dispuestos en la vieja biblioteca de mi padre, y escribí todo lo que me había pasado: lo de Victoria, las hipótesis que tenía sobre el hospital, la máquina y los sujetos que me perseguían.

Terminé la carta y volví al lugar las hojas y la lapicera. Corrí hacia el baño, quité el espejo y saqué, con sumo cuidado para que no se rompiera, el azulejo dañado. Una vez que lo retiré, cayeron dos hojas de papel escritas que trataban, de manera profunda, las hipótesis que tenía acerca de la máquina y el hospital. Sin duda alguna, fueron escritas por mí en algún momento del tiempo. Volví a colocar las cartas, el azulejo y el espejo.

Suena el despertador; falta una hora para pasar la tarjeta que inicia la jornada. Estoy muy cansado, pero aún puedo dormir un poco más. Siento como si hubiera estado toda la noche tomando cerveza, pero no recuerdo nada de lo que pasó. Antes de seguir durmiendo, pondré el recordatorio para no olvidarme de comprar los materiales y cambiar, de una vez por todas, el azulejo dañado detrás del espejo del baño.

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