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Blog 4. Heridas abiertas

Hay heridas que creemos cerradas porque dejamos de hablar de ellas. Seguimos adelante, cambiamos de ciudad, pasa el tiempo y creemos haberlo sanado.

Pero estoy entiendo que el pasado y quienes fuimos nos ponen en un contexto de reflexion diferente.

Empiezo a creer que las heridas del pasado no desaparecen, solo se quedan en silencio.

Y a veces basta con que algo del presente lo active para que esa herida se reabra y duela, sangre, pero que quizas empiece a terminar de sanar.

Hoy paso algo que me trajo recuerdos poco gratos de un pasado que crei superado.

No fue exactamente lo mismo. Las circunstancias eran diferentes. La historia era otra, pero hubo algo que reconocí.

Y lloré.

Al principio no entendía por qué me había afectado tanto. Pensé que estaba llorando por lo que estaba pasando en ese momento, por la tristeza de ver a alguien atravesar una situación injusta o dolorosa.

Pero después, cuando pude pensarlo con un poco más de calma, entendí que también estaba llorando por mí.

Por una versión de mí que alguna vez se sintió de una manera parecida.

Por esa sensación de vulnerabilidad, de incertidumbre, de no saber qué va a pasar mañana.

La vida del migrante, es un poco asi hasta que encontras al fin un equilibrio.

Y ahí comprendí algo que quizás nunca había pensado demasiado: hay recuerdos que no recordamos, sino que sentimos.

La memoria no vive únicamente en nuestra cabeza, también vive en nuestras reacciones, en nuestros miedos, en las cosas que nos cuesta tolerar, en aquello que nos conmueve mucho más de lo que esperábamos.

También pensé en el mundo en el que vivimos.

Un mundo capitalista del que reniego, aunque esté inmersa en él.

Un mundo que muchas veces parece pedirnos que funcionemos antes que sentir. Que seamos productivos, eficientes, reemplazables. Que podamos convertirnos fácilmente en un número más.

Un número más del que no quiero ser parte.

Porque soy única, porque somos únicos.

Detrás de cada trabajador hay una historia que no aparece en una planilla, una persona que tiene miedo, que se enferma, que ama, que necesita descansar, que tiene una vida entera sucediendo fuera de su horario laboral.

Hay una mediocridad en la que no quiero vivir.

No quiero acostumbrarme a un mundo sin preguntas, inmediato y frío.
No quiero que la velocidad tenga más valor que la reflexión.
No quiero que la productividad sea más importante que la humanidad.

Y quizás por eso algunas situaciones me atraviesan tanto.

Porque todavía me pregunto,todavía me importa.

Todavía me duele, y no sé si eso es una debilidad.

Tal vez, en un mundo que muchas veces intenta convertirnos en piezas intercambiables, conservar nuestra capacidad de sentir sea también una forma de resistencia.

Hoy algo del presente abrió una puerta hacia el pasado y detrás de esa puerta estaba una versión de mí que creía haber dejado atrás, asi que la abrace. No para quedarme ahi, sino para recordarle que ya no estoy en ese lugar. Y no porque ahora este mas a salvo, porque el mundo sigue siendo ese monstruo capitalista, sino porque soy conciente, menos ingenua pero no menos sensible.

Estoy acá. En esta nueva vida. Crecer no es conseguir que las heridas no vuelvan a doler, quizas sean reconocerlas cuando aparecen, entender de donde vienen y decidir que hacemos con ellas.

Porque lo que vivimos participa de quienes somos, incluso cuando creemos haberlo dejado atrás.

Somos también nuestra memoria.

Somos aquello que nos hicieron sentir.

Somos las heridas que alguna vez tuvimos y las formas que encontramos para seguir caminando con ellas.

Migrar, no es fácil, es re-armarse todo el tiempo, sanar en el camino, abrir heridas para cerrarlas, entender un poco más el mundo, preguntarse infinitamente todo.

Hoy…algo que creí superado, volvió a sangrar, pero lo trate con amor y entendimiento, me re-conoci un poco más.

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