
Alguien que no sabe de fútbol, escribiendo sobre fútbol
El mundo se quedó quieto hace 3 días. Nadie trabaja, ni come, ni duerme bien. Todos contenemos la respiración. Nos saludamos despacito, como si temiéramos que cualquier movimiento pudiera romper la cábala.
Desde el último silbido, corneta y fuego artificial que se escuchó el miércoles, todo es silencio. Contenemos la alegría en el pecho con miedo de dejarla escapar, porque todavía no es el momento. Nadie se anda con provocaciones, no vaya a ser cosa de que se nos dé vuelta la suerte por bocones…
Prendemos velas a los santos, armamos altares, llenamos los freezers de papeles con nombres y figuritas, usamos camisetas que llevan un mes sin ver el lavarropas, nos juntamos en las mismas casas, con la misma gente, nos sentamos en los mismos lugares.
Afuera todo sigue igual, la realidad es como una trompada en la cara. Le siguen pegando a los jubilados, dejando sin tratamiento a las personas con discapacidad, la universidad sigue sin plata para pagarle a los docentes, el Gobierno todavía quiere vender nuestra tierra al mejor postor, permitir que cualquiera contamine nuestro agua y destruya nuestros glaciares, nuestros ecosistemas.
Nada de eso cambió.
Pero adentro de las casas y de los corazones, por un rato, por un efímero ratito, las nubes se disipan. El sol brilla bajito. Hasta pareciera que hace menos frío.
Desde el fulgor descontrolado que nos dieron estos tipos (que nos provocan felicidad y sufrimiento a partes iguales), remontando en 5 minutos un partido que parecía perdido contra la mayor de las potencias imperialistas piratas del mundo, desplegando una sábana garabateada con pintura barata en medio de una cancha como bandera, desde ese momento entendimos un par de cosas:
No nos va a devolver las Malvinas, pero ese gesto es un recordatorio simbólico de que nunca dejaron de ser nuestras. Y de que, a veces, un partido no es solamente un partido. Un partido a veces funciona como una reivindicación política, nos conforta heridas que todavía duelen, forman parte de la construcción de una memoria viva.
Yo no miro fútbol. No sé absolutamente nada de este deporte. Tal vez si hubiera nacido varón en esta cultura donde el fútbol es un estandarte de la masculinidad, si me hubieran llevado a la cancha, me hubieran puesto delante de una pelota y sentado a mirar partidos desde que tuviera entendimiento, tal vez tendría algo más de autoridad para hablar del tema.
Pero no sucedió y no importa, porque las narrativas que construimos como sociedad desde la mística del fútbol son algo que nos atraviesa y nos contiene. Nadie queda fuera. Ni siquiera es necesario nacer en esta tierra para sentirlo. Dicen que “el argentino nace donde quiere”, y cada día nos lo demuestran nuestros hermanos peruanos, paraguayos, ecuatorianos, colombianos, de toda centroamérica y latinoamérica en general. Pero también, desde más lejos, desde Líbano, Bangladesh, China, Japón, Corea, Escocia, Irlanda, y tantos más que me sería imposible nombrar. Incluso esta “campaña” vil que se extendió sin razón no puede acallar el grito albiceleste que llega desde cualquier parte del mundo.
Si algo nos enseñó esta gente, es que nunca se puede dejar de luchar. Aunque todo parezca perdido, hasta el último minuto hay una oportunidad. Y que no está mal tener ambición, querer todavía un poco más, sentirnos merecedores del lugar que ocupamos, no agachar la cabeza cuando se habla de nuestra Patria (aunque todas las naciones sean “comunidades imaginadas” y tengamos una constante relación de amor-odio con ellas).
Y sobre todo, que mantienen viva la ilusión de que, siempre, en cualquier momento, algo maravilloso está a punto de pasar…
Elijo creer… Y anulo mufa.

Profesorado y Licenciatura en Historia en la UNS. Poesía contemporánea (hago catarsis bah). Vértices, caminos, vórtices (2016) en la editorial artesanal Homoludens. Insomnia (2023) digital en Trafkintu. Coconductora de Radio TFK y redactora en 8000.

Me encantó! Y…
¡Anulo mufa!
ELIJO CREER