El retrato

Hace unas semanas finalicé lo que serían mis prácticas docentes en secundaria. Fue una experiencia hermosa, que no sólo me ayudó a formar herramientas emocionales y actitudinales, sino que también potenció la creatividad que había en mí para realizar consignas y actividades. Hace un tiempo había publicado tres cuentos para trabajar las nociones de cuento maravilloso, cuento realista y cuento fantástico. Hoy, les traigo un nuevo relato para trabajar la descripción y el retrato literario.

En principio, fue una clase interdisciplinar, ya que trabajamos desde el arte visual hacia la palabra. De esta manera, llevé impresos cuatro retratos pintados por Antonio Berni para que pudieran reconocer en el texto que les comparto a continuación. A medida que íbamos leyendo el cuento, me iban señalando a qué personaje creían que pertenecía y porqué. Al finalizar de leer, les entregué una nueva hoja con la siguiente propuesta de escritura:

 “ACTIVIDAD 2: ¿Cómo continúa la historia del/la periodista?

Elegí uno de los siguientes retratos y describí el próximo personaje de Puentes Amarillos.  Una vez que termines, lee la descripción en voz alta y tus compañeros/as deberán adivinar a qué cuadro pertenece.

En fin, ¡espero que les guste! Si necesitan los retratos a los que refiero, pueden escribirme al mail y se los paso.

Correo electrónico: lourdes.m.lopez.96@gmail.com

UN LUGAR LLAMADO PUENTES AMARILLOS
Puentes Amarillos es un pueblo chiquito, tan pequeño que muchos no saben de su existencia. Por eso, cuando me invitaron a investigar la gente que vivía allí, no dudé en hacerlo. Sin embargo, en el medio del viaje, me di cuenta de que no tenía la cámara conmigo.  ¡Qué desgracia! ¿Cómo iba a hacer para mostrarle al mundo cómo eran aquellos pintorescos personajes que habitaban ese misterioso lugar? Por suerte, llevaba lápices y papeles en la mochila, por lo que pude realizar algunas descripciones. 

La primera mujer que me encontré se llamaba Andrea. Ella trabajaba en el amigable hotel donde me alojaba. Si bien sus rasgos faciales la hacían parecer una chica seria, en realidad resultó ser muy cariñosa y divertida. Era alta y esbelta, especialmente cuando usaba tacos. Cuando se soltaba el cabello ondulado de color castaño oscuro, la gente solía sorprenderse que no fuera más largo: este llegaba hasta la base de la nuca.  Tenía una frente prominente, donde no descansaba ningún flequillo. Los ojos estaban rasgados, por lo que siempre parecía que estaban a punto de cerrarse. La nariz, en cambio, era extensa y llamativa. Me confió, íntimamente, que en una época solía llevar piercing pero ahora era muy vergonzosa y no quería llamar la atención. Su boca era diminuta y los pintaba todos los días con labial rojo, del mismo color que su camisa favorita y con la que solía trabajar en el hotel. No pude dejar de notar que sus manos eran grandes y huesudas en comparación a las mías que eran tan chicas y, al mismo tiempo, robustas.  Me entregó las llaves de mi habitación con una sonrisa amplia y nos despedimos con un ligero ademán de amistad, breve y cordial. 

Luego conocí a Julián. Estaba jugando con otros niños cuando se acercó curioso por lo que estaba haciendo. Debió parecerle simpático verme en el frente del petit-hotel anotando todo lo veía en mi viejo cuadernillo celeste de tapa gastada. Me preguntó mi nombre,desconfiado de esa anomalía en su rutina diaria, de ver a un completo desconocido en su ciudad. Me presenté, le dije que era periodista y que estaba describiendo a los habitantes de Puentes Amarillos. Me miró con sus ojos grandes y abiertos, aunque cansados de estar bajo el sol radiante jugando a la pelota toda la tarde. Sus mejillas se enrojecían de la timidez, contrastando con su piel morena. Bajo una gorra azul, asomaban abundantes rulos negros queriendo salir del escondite. De sus labios rosados, salía una voz bajita infantil, llena de preguntas. Así fue, cuando me volvió a preguntar si no era más fácil traer una cámara.  Después de contarle la desgraciada historia del destino de mi olvidada cámara, se fue corriendo hacia donde estaban sus amigos. 

Seguí caminando por el pueblo cuando paré frente a una casa un poco decolorada por el tiempo. Ahí, en el jardín desbordado de flores, se encontraba José sentado en un banco de madera, como si estuviera esperando algo o alguien. Bajo el brazo tenía un cuaderno parecido al mío. Me pareció un tema interesante para empezar una conversación con él. Me observó de costado mientras me acercaba, para darse vuelta finalmente cuando estaba demasiado cerca como para ignorarme. De los bolsillos de su tapado recién perfumado, salió su mano para saludarme. Precavido, pero cortésmente, me preguntó si necesitaba algo. Le conté toda la historia y le pregunté cuál era la de él. Bajo la polera abrigada pareció esconderse, como si no quisiera que yo sepa nada. Pero luego de un rato, prendió un cigarrillo y las palabras brotaron de su boca como esas flores del jardín.  El pelo limpio y corto brillaba con la luz del sol por la presencia de unas ciertas canas. Tenía el cabello grisáceo oscuro. El copete peinado delicadamente hacia arriba dejaba mostrar algunas arrugas onduladas de su frente. “Estoy esperando a alguien muy especial” admitió con esa mirada que siempre estaba de perfil. 

Y en ese momento, llegó. Roma, con un libro rosa pálido entre sus manos delicadas, una remera de seda blanca y sencilla,  un sombrero bordó puesto dulcemente sobre los cabellos castaños claros que le caían sensiblemente sobre los hombros. Era de estatura medianamente baja, pero lo compensaba con un pequeño taco en sus zapatos de charol negro. La mirada tierna y comprensiva hacía justicia a su nombre, anagrama de amor. Los ojos verdes esmeralda se depositaron en José, mientras sus cejas delicadas ascendían hasta casi llegar a su recortado flequillo recto levemente ondulado. La nariz era tan pequeña, el igual que su boca. Tan pequeñas eran ambas, como ese pueblo de personajes inolvidables. 

Continuará…

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *