Los hijos son de la vida, dicen, sí,  para la vida mía.

 El peso de la dulzura de sus pasos descalzos, trazarón, rayos, rayitas y rayones, rincones de tizas, labiales, sombras, fibras y crayones.

El desorden encantador de sus juegos.

Vientos, tierras, barriletes, bicicletas, cumpleaños, sandalias olvidadas en charcos de barro.

Escondites misteriosos, complicidad mutua, secretos ocultos, en el brillito de sus ojos, Tablas, clavos, anzuelos, sobre cáscaras de bananas. 

Con las piriposas rondando, medias sin estiro, anillos de chupetes ¡Auténticos!

 Pepito, Pepote y Pepe el mayor, moribundo, sin olvidar a Don cuchillo, que en algún lugar de ésta casa está.

Infancia, bella mujercita, irrisoria, que cada tánto ronca, MEDOLÍAS AZULES, rencorosa si está sola, rabiosa en las largas siestas de encierro, impaciente, en días lluviosos y fríos.

De intensas alegrías, por momentos y otros, de profundas rebeldías.

Un guardarropas inmenso, ropas de finas telas, lanas, plumas, trajes de princesas, principes, reyes y miserables.

Héroes de variados colores.

 Una grán sala de juegos,los mejores, bajo un árbol del fondo.

Una bolsa de golosinas, casi vacía, sucia de tánto arrastrastarla.

Tomó su bicicleta, algunos retazos colgaban de su vestido gastado.

Apoyó sus pies, sobre los pedales, rodando por un sendero angosto. 

Enredó su vestido entre las ruedas, perdiendo el equilibrio, dió unas volteretas sobre las ramas, dándo su rostro contra piedras,  que delineaban el sendero, comenzó a llorar ¡Con altavoz agudo, de súper héroe  doliente! 

Los pájaros, en los árboles de algarrobos, se aturdierón.

Los saltamontes del pasto, parecían resortes sin control.

Nadie la escuchaba…inútil su llanto…siguió su recorrido, cantando y riendo.