Los yuyos no desaparecen,
sin importar cuantos barriles
prendan fuego, provoquen cortes,
su lucha que nos sobrepasa
nos hace presas del verdor.
Pondremos brotes en el cielo,
bien alta la isla levitante,
y allí llegarán esas plantas
que se niegan a las funciones,
que solo ocupan y crecen.
Nos unimos para pisarlas,
convierten la tierra en mar
de hiedras, mentas y macachines.
Saben que no importa el ir,
se propagan sin ver ni el hoy.
Aprenden que no se nos da
el trabajo sacrificado,
reviven al día de muerte.
Ni jugando sucio ganamos,
no fuimos los primeros necios.
Desarrollan ya nuevos trucos,
resistencias que nos superan,
que penetran los perímetros,
que soportan nuestros venenos,
que arruinan nuestra vagancia.
Y pronto los barriles pierden
ese efecto pestilente,
claro que no para nosotros,
simios del barro celestial
ahogados en su ponzoña.
El mar trepa con rama y hoja,
rizomas sin lengua confusa,
las carcasas de nuestros egos,
ladrillos, metal y los restos
del odio que nunca triunfó.