
En coma
Despierto.
El tic-tac de un reloj.
El goteo del suero.
Los desvaríos de otro paciente en la camilla de al lado.
El incesante pitido de alguna máquina que, tal vez, me mantiene vivo.
Ese es mi mundo ahora: oscuridad y voces incoherentes.
O tal vez este fue mi mundo siempre. No tengo recuerdos de una vida antes de esta.
Duermo.
Despierto.
¿Hace cuánto tiempo estoy acá?
Intento recordar qué me trajo a esta situación.
¿Un accidente? ¿Una enfermedad?
Les ordeno a mis párpados que se abran.
A mis brazos y piernas, que se muevan.
A mi boca, que grite.
Ninguna parte responde.
¿Aún tendré ojos? ¿Cuánto quedará de mí?
Duermo.
Despierto.
Tengo la aterradora certeza de que llevo años en esta camilla.
Desde que puedo recordar, no he recibido ninguna visita.
Ni siquiera me prenden la televisión.
¿Quién era yo antes de ser esto?
¿Alguien horrible?
Tal vez estar acá es mucho mejor que lo que me espera afuera.
Duermo.
Despierto.
Siento mucha bronca.
Por estar acá olvidado.
Por no saber qué me pasa.
Por sentir que me están dejando morir.
Pero yo no pienso rendirme.
Junto toda mi fuerza de voluntad y, con un esfuerzo titánico, abro mis ojos.
Se vuelven a cerrar casi al instante por la luz cegadora que los golpea.
Intento hablar, pero mi garganta está seca.
Alcanzo a ver el rostro de una enfermera; mantener los ojos abiertos es un esfuerzo demasiado grande. Solo logro escuchar la voz de esta mujer que me dice:
—Señor, siga descansando y no se esfuerce. Su operación de extracción de apéndice fue todo un éxito.
