Estoy en el patio buscando un trébol de cuatro hojas, pero todos los que encuentro tienen tres. Al principio tenía que contarlas y ahora ya con verlas me doy cuenta de cuántas son. Los busco porque en el jardín un compañerito me dijo que traen buena suerte, y mientras descarto los que no sirven, como si fueran pedacitos de piel seca que me arranco de las manos, me pregunto si lo contrario también será verdad, si no hallar ninguno será indicio de mala suerte, como romper un espejo. Una vez a mi abuela se le cayó uno de mano que a mí siempre me hacía acordar a las princesas de Disney, y ahí escuché eso de los siete años de catástrofes, pero después no la vi más, así que no sé qué sucedió. También se lo pregunté a mi mamá, y aunque me dijo que era mentira, yo me di cuenta de que no sabía qué contestarme, de que no tenía la respuesta. Ayer aprendí a escribir, me senté a la mesa y, letra por letra, fui nombrando lo que veía. Lo último que escribí fue “planta”, aunque mamá, cuando me escuchó, dijo que era difícil, pero yo ya la había escrito. ¿Será eso la mala suerte? ¿Que te digan lo que podés y no podés hacer? Sigo buscando, mientras adentro, mamá, papá y gente que no conozco suben cosas a un camión que hace horas está estacionado en la puerta de mi casa, como un vigilante, como un oso muerto. Está todo abierto, incluso el portón que da al patio, y aunque la perra llora porque está atada, no puedo soltarla. Le hago un mimo en la cabeza y empiezo a buscar el trébol cerca de ella para que no se sienta tan sola. No encuentro ninguno. Me aburro. Abrazo a Alondra y entro justo para ver cómo a uno de los chicos se le cae una caja y lo que está adentro se hace añicos, estalla, y el sonido tintineante se escapa por los rincones como si fuera una cucaracha. ¿Serán espejos, los de mi cuarto, los del baño? Mañana a la mañana nos mudamos lejos, muy lejos de casa.