El asiento
Sube al colectivo como siempre: mochila cruzada, café en mano, y esa urgencia silenciosa de encontrar su asiento preferido. El de atrás, junto a la ventana. El que la esconde del mundo por un rato.
A esa hora, el colectivo es un desfile de vidas distintas. Un chico con la música en los auriculares a todo volumen, una señora cargada de bolsas que murmura listas invisibles, un señor con la mirada perdida en la ventana como si esperara que algo lo llame desde afuera.
Ella se sienta y respira. No quiere llegar, no quiere conversar. Quiere alejarse por un rato, imaginar un viaje sin retorno, una ruta que la lleve lejos de todo lo que la espera. Tal vez no es huida, sino pausa. Un momento de soledad ante tanta compañía.
El café se enfría. La ciudad pasa. Y ella, en su asiento escondido, se permite no ser vista.


¡Hermoso pasaje!