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Una cama habitada por la enfermedad es una cama que no ha vivido

Una cama habitada por la enfermedad es una cama que no ha vivido

Un colchón que fue comprado con el propósito del amor es ahora un lecho de muerte, una sentencia. Ha aprendido la forma de mi cuerpo y la silueta ya es, casi, perfecta. Ayudaron el peso del culo y las caderas aplastadas, marcadas como la escena de un crimen que salió bien, y la cabeza en la almohada como la huella milenaria de un fósil que aún no fue hallado.

Todos los juegos de sábanas: gastados. Transparentes. Se les hacen agujeros imparchables cuando me muevo bruscamente y enredo los pies. Ninguna de estas fibras estaba preparada para este maltrato. Apenas pueden soportarme ya: el calor, el sudor y el olor las agrietan aún más. Y la frecuencia tardía de la renovación: las cambian una vez por mes, no sé quién, porque yo no soy. Lo hacen cuando estoy durmiendo, no sé cómo logran que no me de cuenta o simplemente me dejo levantar como un objeto pesado, en peso muerto. Al despertar apenas podía darme cuenta que era un nuevo juego: por el olor a frescura, de esos suavizantes de ropa que arruinan todavía más cualquier tipo de tela. Yo lavaba con vinagre. Pero si no fuera por el aroma, los días son una formalidad para mi. No existen el día y la noche en esta habitación.

La columna es inquieta, la espina dorsal apenas puede soportarme ya. Las tetas caen por la gravedad a los costados de mi cuerpo, son tan fluidas que no parecen tetas ya. La barriga no es redonda, quizás una a favor, pero es blanda, flácida y está corrupta. Un ombligo que observa el interior sin detenerse porque afuera no hay mucho para ver: siempre lo mismo, oscuridad, alguna vez un rayito de luz artificial del velador o la televisión.

Adentro, en cambio, todo es revolución, aunque no parezca y yo presto atención. Usted seguramente tenga mucha más actividad en los órganos que yo, pero los míos siguen funcionando, siguen trabajando. No piden lubricantes, se arreglan con los pocos vasos de agua que tomo en el día y los miles de cafés y tés que me traen.

Ir al baño es un desafío que no me interesa enfrentar en lo más mínimo. Acostumbrada al pesado calor de las cobijas y del encierro, la tapa helada del inodoro me da mucho temor. Al revés de un sobrino mío, que ya está en edad de dejar los pañales y no hay nada que yo anhele más que probar uno de esos. Que alguien me regale uno. Uno de esos de adultos, bien grandes, con el mismo olor a los de bebé. Nadie piensa en esos regalos para la gente de mi edad, si es que alguien piensa en un pañal como regalo, o en mi siquiera.

Hay partes del cuerpo que no responden como antes. Las piernas siempre están entumecidas e hinchadas. Casi todas las extremidades del cuerpo están adormecidas. Siento la sangre circular con mucha labor, la siento correr por venas y arterias, la siento cuando se frena y cuando le cuesta continuar o empezar de nuevo. Lo lamento a veces y me da pena, es todo lo que se me permite habitar: la sangre, los jugos gástricos, la bilis, la mucosidad o el mal aliento.

En mi cabeza, todo lo que sucede como una maravilla de la naturaleza por las escasas e inútiles conexiones neuronales que logra mi cerebro por día, todo es horizontal. Una línea recta, trazada perfectamente. Casi dividiendo en dos mis ideas. Voy perdiendo la imaginación, las neuronas no se pudren pero pueden apagarse como una estrella que aún sigue brillando aunque no esté ahí. Me cuesta formar ideas, a pesar de mirar al cielo raso todo el día que se siente como un lienzo sin tocar, esperando un pensamiento mío que lo enchastre o lo pinte un poco.

Algo capaz de despertarme de un sueño largo y lento: una buena historia, un poema complicado, un cuento largo. Suena trillado y quizás lo sea, nada en mi vida es original, pero cualquiera de estas cosas logran transportarme y por momentos, casi puedo transformar todo lo que soy.

Habitar un mundo inventado, en el que soy por ejemplo un hermoso alien: morocha con rulos, las tetas grandes, una panza inexistente, un ombligo de adorno. Las piernas largas y delgadas, morochas, brillantes, sin pelos. Labios rojos y enormes. Una realidad paralela en la que he soñado ser una rubia con el pelo ondulado y con tanto volumen y en cantidad. Recién bronceada, se siente el sol en la piel. Los pezones tan chiquitos y rosados. Tetas que entran en todos los tops que me gustan y uso ropa con brillos. Botas altas que no presionan mis piernas. Los muslos que jamás se tocan y brillan del sol y la hidratación natural. El sudor es tan solo maquillaje. Huelo a vainilla y verano. Me regalan flores cuando uso polleras cortas.

Ninguna de ellas sabe lo que es el celibato involuntario. Ninguna de ellas sabe lo que es la depresión. Ninguna de ellas conoce lo grotesco, el desánimo o la fealdad. Entienden lo sagrado y divino a la perfección porque fueron tocadas por esa varita de Dios que yo nunca vi ni supe que existía. Son hijas de una gracia que solo puedo ver de muy lejos.

A mi Dios me soltó la mano No sabría qué pasó. “Cuando me dejé estar” me decía a mi misma hace un tiempo. “Cuando dejé todo de lado”. Pero tal vez siempre fui así, es lo más probable, y nací para hacer las cosas terriblemente mal sin saberlo.

Estoy postrada, en principio, por decisión propia. Pero ya no sé si puedo despegarme de este colchón sin perder un gran porcentaje de la piel adosada a él. Me da miedo desgarrarme. Mi dolor es apenas soportable, es al que me acostumbré. Me aterra sentir dolor, el mío por sobre cualquier otro, pero el dolor ajeno es imposible de ignorar también.

Mis amigos, que apenas pudieron soportarme al principio, me han abandonado. A veces pienso fugazmente que quizás fui yo la que los abandonó a ellos. Tenían mil y un razones para hacerlo pero siento un rencor que me quema las venas y coagula la sangre.

Antes de todo esto tuve un novio. Nos íbamos a casar. Él compró este colchón, donde cogimos, como mucho, dos veces hasta que me enfermé. Al poco tiempo, no podría precisar cuánto porque los días son una formalidad para mi, se fue y no volvió más. A veces dudo de su existencia, solo se que este colchón no lo compré yo. Pero había sido comprado para hacer el amor, para acostarse a ver películas por las noches, revolcarse, besarse, para que los cuerpos suden sobre él por la fricción pero nunca para aplastarse a uno mismo.

Una mañana, siento la fuerza de quienes levantan el peso muerto de un cuerpo que no da más. La tela de abajo del colchón tomó un color oscuro y bordó tirando a marrón. No puede volver a su forma, estoy ahí inmortalizada en una hueco húmedo y muy preciso. Quizás ya esté muerta, no sabría la diferencia. Nunca llegué a casarme pero la muerte nos separó primero de todos modos.

Este colchón ya aprendió todo de mi. La descomposición lenta de un cuerpo que está dejando de intentar. Estaré eternamente acostada, marcada, adentro de un cajón con tapa que abandonó a un cuerpo en lucha que dormía sin soñar.

rosamística 🙂

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