Hay libros que se leen en la adolescencia. Es por eso, en parte, y también porque nunca me atrajo lo oriental (aquí no incluyo a los amigos uruguayos, porfavorrr), que jamás hasta ahora había agarrado Siddhartha, el famoso libro de Hermann Hesse. Tuvo que venir asignado como tarea, por así decirlo, para que me dignara a leerlo: fue elegido en el club de lectura del que participo, en el que leemos un libro por mes y nos reunimos, en una confitería, a comentarlo. 

Por lo que dije antes, tenía pocas expectativas respecto de esta obra. Sabía que era famosa, al igual que El lobo estepario, “el” otro libro de Hesse; supongo que sabía, también, que Hesse ganó el Nobel de Literatura. Por el título, ya de entrada, no me atraía la perspectiva de leerlo. Pero, empujado por las circunstancias, lo leí.

Y aquí lo notable de la experiencia de esa lectura: durante las primeras diez, veinte páginas, quizás, me confirmé a mí mismo que el libro no me interesaba, que esa historia esquemática, previsible, de búsqueda espiritual (soy ateo, entre otras cosas) no era para mí. El protagonista que está siempre seguro, el amigo que lo acompaña en todo, la figura prototípica del padre, la presencia de mentores que se sucederán uno a otro como escalones en el ascenso del personaje… todo eso, unido a una prosa con pocas sorpresas, me tiraba para atrás. 

Pero en un momento de la lectura me asaltó la revelación: Esto es Schopenhauer.

Pocos días después, en la reunión del club de lectura en la que hablamos de Siddhartha, alguien contó que la experiencia le había resultado emotiva porque le había traído el recuerdo de la primera lectura del libro, en la adolescencia. A mí, que no lo había leído, me pasó algo parecido, porque me hizo volver a los conceptos que me partieron la cabeza en la facultad, cuando leímos (más sobre que a) Schopenhauer y Nietzsche. Esas ideas volvieron a golpearme con fuerza, me hicieron cuestionarme cosas de mi vida. 

Después de un rato de reunión, alguien (otro alguien) observó muy astutamente que a nadie parecía haberle gustado el libro como libro, es decir, como novela: todos los que derivamos placer de su lectura lo habíamos hecho en base a la nostalgia o a las ideas que expone, en términos de filosofía de vida o de filosofía a secas. Y, en verdad, como novela, Siddhartha deja mucho que desear. Su valor está en traducir en los términos de una historia simple estas ideas que otros pensadores habían elaborado a partir de raíces diversas.

En mi caso, el momento de revelación me llevó a buscar (aun con el libro leído por la mitad) información acerca de la relación entre Siddartha y Schopenhauer, de quien sabía que había abrevado en la filosofía oriental y la había, digamos, traído a Occidente, pero sin demasiado detalle. Encontré esto que, si entiendo bien, es una tesis de grado, y que enriqueció muchísimo mi experiencia porque, de no haberla leído, no sé si me habría dado cuenta de que no sólo está Schopenhauer ahí, sino que la novela de Hesse escenifica la tensión entre los puntos de vista de esos dos grandes filósofos, Schopenhauer y Nietzsche. Y con ellos, entre la cosmovisión budista y la que Friedrich derivó de los griegos.

Esta tensión, dice Benjamin Dillon Schluter (el autor del trabajo), no se resuelve en Siddhartha, y tiene razón. Pero de alguna manera se integran ambos puntos de vista en algo que más que idea yo llamaría una actitud. Esta actitud que Schluter ve corporizada en la sonrisa, y que en el último tramo de su texto asocia a lo chino más que a lo indio, y particularmente al Tao Te King. A esa parte no le saqué tanto jugo (todavía) porque, aun habiendo leído el Tao, la filosofía china me resulta aun más desconocida que la india.

En definitiva, la lectura de este libro me resultó inesperadamente interesante y no sólo eso, quizás influyó en la audacia con que tomé algunas decisiones en estas últimas semanas. Volver a la desesperación desnuda de Schopenhauer y al optimismo desafiante de Nietzsche en medio de la angustia del mundo me hizo bien. Y aunque, como también lo comentábamos en la reunión, se echa en falta en la novela lo social, por no hablar de lo revolucionario, creo que necesitaba que de algún lado viniera este sacudón. Vino de Hesse, inesperadamente.