Literatura

Gianelli

Es discreto. Sin estruendos. Está. Solamente en Mar del Plata está, y resalto ese verbo: está. Nunca tuve noticias suyas, no conozco su historia ni quiénes son sus dueños. Desde que empecé a ir para las vacaciones, pasada la primera infancia en la que no pudimos hacer ningún viaje porque no teníamos plata, la heladería Gianelli siempre estuvo. No tengo idea de cuándo fue la primera vez que tomamos ahí un helado porque lo hice mil veces. Mil veces caminamos por la rambla, mil veces me tomé luego un helado en Gianelli.

Es barato de una forma extraña. El cucurucho chico tiene un precio alto para lo que es, pero el cucurucho grande, que es muchísimo más grande, sale sólo dos monedas más (no hablo de montos exactos por el suplicio eterno de la devaluación). Conviene, por eso mis viejos lo eligieron. Al cucurucho grande y a la heladería.

Le tengo mucho cariño a Gianelli. Intento recordar y se me viene a la memoria mi sorpresa de que haya dos Gianellis a 100 metros de distancia el uno del otro: el de Lamadrid y Peralta Ramos, el de Lamadrid y Colón. Nosotros siempre fuimos al primero. Siempre ahí, literalmente. Por más que yo insistí en probar los palitos recubiertos de chocolate que exhiben las heladeras color metal de heladerías Italia, mis viejos no me hacían caso. No sé por qué, me decían que mañana lo íbamos a hacer y terminábamos, si nos daba para tomar una helado, haciéndolo en el Gianelli de Lamadrid y Peralta Ramos. También hay Gianellis salpicados por toda la ciudad, pero solamente conozco ese. Repito para que quede claro: el único helado que he probado en Mar del Plata es el del Gianelli de Lamadrid y Peralta Ramos.

A esa heladería le dedico todo este cariño. Mis viejos podían estar peleados, pero en esas mesitas de vidrio que se pegoteaban lentamente con el helado derretido (el cucurucho grande, ya lo dije, es interminable), en esas mesas no había más discusiones. Pedimos siempre dulce de leche, crema americana, vainilla. Alguna vez frutilla y otra, cuando fui más grande y osado, frambuesa. Tomábamos el helado en silencio, mirábamos la parada de los colectivos que hay sobre Lamadrid, y sin darnos cuenta empezábamos a recordar cosas de la familia. La prima que vive en Santiago, el tío que se nos fue demasiado pronto, la abuela que se negaba a usar bastón a pesar de su renguera “porque era orgullosa la vieja”.

¿Se come el cucurucho también? Yo lo empecé a comer sin saber la respuesta, y descubrí que sí. Pobres, sin nociones básicas de urbanidad. Ni cómo tener un recreo sencillo sabíamos.

Mi viejo se dio cuenta un día que hay una canillita ahí al costado, junto al baño. Está puesta a propósito, la gente se enchastra las manos. Eso me encantó, porque significa que no es un simple local que decidió vender helados. Es una heladería, piensa en cómo la gente toma el helado, hace las cosas que en algún momento descubrió correctas, una y otra vez porque funcionan. No cambia Gianelli, siempre está, siempre hace las mismas cosas, esas que al final permiten que podamos ir con los viejos a tomar un helado de noche en Mar del Plata, cuando el cielo se oscurece y esconde el mar, cuando el viento nos lo devuelve trayendo a la calle el olor de la sal.

Eso es todo, no sé nada más de Gianelli. Con esta heladería me pasa como con Mar del Plata, que la quiero en silencio más allá de que ella nunca lo vaya a saber.

Sergio Lurz

No ha realizado grandes contribuciones hasta el momento y se espera que continúe así.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *