
Infancia de mortadela
Ahora el reflejo le devolvía a un tipo de traje. Pese a que su novia le había dicho que le quedaba elegantísimo, no parecía ser el caso. En este momento no era ropa, era disfraz. Se sentía como un contenido ubicado en el continente erróneo, como quién pone petróleo en una taza de té. Muchas cosas no eran elegantes además del porte. Los padastros de las uñas, la deformación de la mano a causa de los trabajos de la infancia. Mano que ya no tenía los callos pero tenía las marcas cicatrizadas de la vez que casi pierde un dedo ayudando al padre a alambrar un campo. Y otra vez tenía que ir a una entrevista a hablar de lo superador de su historia, de lo inspirador que podía resultar para otros que venían del mismo lugar. Perfectamente vio a los otros caer y no llegar, pero estos otros de los que hablaba en las entrevistas eran unos otros ficticios.
La infancia no había sido un infierno por el trabajo. En su opinión, el trabajo de campo siempre distaba del trabajo industrial. Cientos de veces le habían contado de esos niños que trabajaban en fábricas, en minas o que el hambre azotaba en África. Seguramente un hambre diferente a la suya.
Pero a su joven versión le apasionaba ser útil, fingir que los adultos lo tomaban en cuenta, en igualdad de condiciones. No como otro adulto, en ese caso otros niños no lo notarían, sino como un niño al que se le da la importancia que su singularidad requiere. Un súper niño. Juegos de rol e imitación le llamaba su novia, que sabía de esos temas. Había conocido niños con infancias infernales: Carlos, Daniel, Juan Pablo, Estéfani. ¡Qué infancia de mortadela! Esa infancia tenía olores y sabores ahora extintos. ¿Estarían bien los otros niños? No tan bien como él, eso seguro. Al menos de la infancia se egresa. Nadie es infante para siempre.
Sin embargo, algunos de ellos gozaban el privilegio de la ignorancia. Se prendió el primer botón y ansió con fuerza el privilegio de la ignorancia. ¡Qué ingrato era!
¿Hoy toca ir a hacer de la víctima? No había llegado a ese lugar haciendo de víctima, más bien negando esa naturaleza, pero mientras existiera, su papel era el de encarnar la posibilidad que ofrece una estructura mayor e infernal. En ningún momento parecía que esa estructura le ofrecería una posibilidad, más bien parecía esquivarsela. No recordaba en qué momento había dejado de ser dueño de sí mismo. Un patético milagro, una atípica estadística, un vulgar nivel de análisis al que era sometido como singular sujeto . No sabía con certeza que iba a tocar hoy. Un muerto de hambre glorificado o un profesional de vocación innata superpuesto a la circunstancia. Tocaría lo que el mundo quisiera de él. Guardó la libreta en la que escribía ideas para cuentos que nunca llegaban a desarrollarse. Era una libreta escasa, con hojas amarillas y tapas a juego con la indumentaria de trabajo. Una libreta que podía pasar por billetera. Anoche había anotado lo que parecía una buena idea pero hoy se daba cuenta de que no puede haber otro cuento más llamado “El matrero”. Se apartó del espejo con dos zancadas.

Si fuera un Elefante me molestaría mucho llamarme Trompita.
