
INTRUSIÓN
El viaje aún no había terminado
Estábamos exhaustos pero sabíamos que aún quedaba un último lugar al que llegar, tal vez el último lugar en que nuestras almas habitarían en esta tierra.
Eliot era quien manejaba el auto ahora, unas pocas horas de práctica junto a Carolina y mucha voluntad lo volvieron un conductor principiante decente, suficiente para atravesar la carretera en línea recta hasta llegar a la orilla del mar.
Yo estaba sentada en el asiento del acompañante y sostenía la brújula de agua entre mis manos, artefacto alquimista de los intrusos, pero que no le quedaba mucho para que se deshiciera entre mis manos y perdiéramos el rumbo.
La brújula apuntaba al sur, por lo que teníamos que ir al norte.
Estábamos cerca, ya podía percibir el salado olor a pescado propio del mar y… Lluvia. Una tormenta oscura se avecinaba desde el hemisferio norte. Era un manto negro que ondeaba y ocultaba el celeste cielo a grandes zancadas.
La radiobeta del auto ya no recibía señal de las casas subterráneas. Esa tormenta electromagnética estaba estropeando todo. Era el último ataque de los intrusos.
Miré por el retrovisor. Ví a Carolina en la parte de atrás del auto. Con Eliot habíamos quitado y tirado los asientos de atrás para que se pudiera recostar y descansar. Apenas podía respirar, sus últimos alientos de conciencia los había dado en aquella clase de manejo hace una horas con Eliot. Su piel pálida y sudorosa como la de un reptil brillaba bajo la leve luz que atravesaba las ventanas del auto. Su respiración rocosa y gemidos entrecortados avisaban de su pronto deceso. El veneno de aquel intruso ya estaba por llegar a su cerebro. Debimos darnos prisa.
El camino de pavimento negro se terminó, habimos llegado a la playa. El oscurecido cielo ya estaba sobre nosotros, ellos ya estaban sobre nosotros.
Bajé del auto con cuidado, sin perturbar la fragilidad de la burbuja de agua entre mis palmas.
-¡Paula! – era Eliot desde el asiento del conductor. Su rostro aún no madurada, se veía igual que cuando empezamos el primer dia de nuestro último año de clases hace unos meses. Antes de todo esto. Se veía igual que cuando éramos niños.
Le sonreí con todos mis dientes, sólo para decirle que todo estaría bien, sin decirle que era una mentira.
Un ventarrón azotó mi nuca recordándome que el norte estaba allí. Volví la mirada al mar. Al inmenso campo de gotas de agua que calmas se movían unas sobre otras creando la ilusión de olas. Sólo la ilusión, porque agua real ya no quedaba en este mundo.
Caminé esta la línea que separaba irregularmente la arena del agua y la ilusión desapareció, un camino se abrió a cada paso mío. Unos kilometros tal vez fue lo que ande hasta llegar a lo más profundo del mar, hasta su fuente de poder, el Ojo de Ballena. La brújula de agua gigante, mil veces más grande que la que tenía entre mis manos, y con la que aquellos intrusos habían llegado a nuestro mundo.
Pero fue uno de sus artefactos líquidos el que nos dio la localización de su fuente de poder y la clave para destruirla.
“¿Por qué?”
Esa incógnita ya no tenía significado en este punto.
Estaba parada frente a la gran esfera de agua. Un cristal de cuatro dimensiones que no dejaba espacio sin iluminar. La luz surgía dentro de ella. La brújula de agua de mis manos se elevó y se unió a su fuente sin turbar su quietud.
Alce mi mano para poder tocar la esfera y apagarla desde afuera como las indicaciones decían. La intrusión acabaría por fin y los humanos volverían a la superficie. Los intrusos se irían, para siempre. Pero antes de tocar siquiera el espacio que rodea su superficie, una voz se escuchó a mis espaldas. Una voz sin sonido, pero que sonaba.
«¿Eran ellos?»
La voz en mi cabeza aterrada retumbó en aquella duda. No. Era dulce, y familiar.
Me gire apenas sobre mi hombro para mirar al que hablaba sin hablar. Un chico, de cabello negro y piel de seda. Tal vez un año menor que yo. Vestido con ropas extrañas pero pulcras, como si nunca hubiese conocido la tierra. Sus ojos no eran de intrusos, eran… Humanos. Como los míos.
Me alejé del Ojo de Ballena y me pare frente a él. Magnético fue mi caminar. Su aire era fresco y aromático. Era un humano, pero no venía de las casas subterráneas. No habló, sólo alzó su mano hacia mi con intenciones de que la tomara. Dudé, apenas unos segundos, pero la paz que sentía en mis huesos en aquel momento, no la había sentido desde hacía meses.
Tomé débilmente su mano y como rayo, un pensamiento se transmitió de él a mi, como cable que llevaba electricidad a toda velocidad. “No, dos neuronas conectando” – pensé.
«Eso es lo que somos». Dijo el muchacho. Lo dijo sin abrir la boca, sólo transmitiendo sus ideas a través de una corriente eléctrica entre nosotros. «En palabras simples, neuronas, millones de ellas, que habitan un espacio infinito, de infinito conocimiento que crece desde siempre y para siempre conectado a cada ser que habita dentro de él.”
“Y los intrusos… Ustedes» Resonaron mis propias palabras dentro de mi cabeza sin abrir la boca. Sabía que él lo había escuchado. «¿Por qué quieren acabar con nosotros?»
“Ustedes aún utilizan el lenguaje simbólico tradicional que dificulta la comunicación de nuestros motivos y acciones. Yo he sido capacitado para entender el lenguaje antiguo, y en simples palabras, puedo decir que No están en peligro.»
Solté su mano de inmediato y la llevé contra mi pecho. Estaba a punto de colapsar. Tenerlo dentro de mi cabeza, compartiendo cada parte de mi era desquebrajante y doloroso. Sentía que mi mente se fragmentaba y perdía en el aire.
“¿No era peligroso?” Miré atrás, a donde estaba el gran ojo de agua a punto de comenzar su trabajo final sobre la Tierra. “Acaso el artefacto extraño que nos había arrastrado hasta las profundidades de la Tierra y quitado nuestras vidas… ¿No era peligroso?”
«No»
Su voz de nuevo en mi retumbando como orquesta.
-Va destruirnos, ¿No es así? -pregunté con un tenaz dolor en mi garganta.
-No.
Por primera vez había oído su voz, palabras salir de su boca. Lo miré de nuevo y está vez sonreía con todos sus dientes. Un dolor grande pero familiar había abrazado todo mi cuerpo y diezmado mis fuerzas.
Su sonrisa me decía que todo estaría bien, pero sin decirme que era mentira. Me hice a un lado cuando la gran esfera de agua comenzó a operar su última gran oleada genocida sobre la faz de la tierra.
“Estaremos bien.”
Hola! Aquí les voy a estar compartiendo todas las historias que diseño a diario. Espero les guste y me ayuden a crecer a mí y a estás historias para que pronto pueda publicar en libros físicos. x: @_roc1o_97
