Literatura

DE GUARDIA

«¿Qué es ese ruido?», pensé. Ni la fuerte tormenta lo había logrado, pero lo que escuché al otro lado de la habitación interrumpió mi sueño.

No me moví, no emití sonido. Quería saber qué era lo que alteró mi descanso. La madrugada siempre la viví como una incógnita y nunca me había pasado algo así. Abrí los ojos, la oscuridad cubría todo. La luna estaba escondida, la luz de la calle seguía cortada y el calor se hacía sentir en cada mínimo movimiento.

Me costó unos minutos adaptar la vista y quedé en alerta. Aunque la mejor opción era no moverme, mi naturaleza fue más fuerte. Intentando ser lo más sigiloso posible, me senté al borde de la cama esperando lo peor, pero fue ahí que al verla descansando me dio un instante de paz.

Llevábamos mucho tiempo juntos. La casualidad hizo que nos encontráramos y, desde ese día, no nos separamos más. La conexión fue automática e inexplicable, sin conocer nada de ella sabía que estábamos destinados a estar juntos. En mi peor momento, me abrazó y cambió mi vida.

Podía oler la humedad en el aire, todo se arruinaba por el agobiante verano en la ciudad que volvía aún más incómoda la noche. Ella seguía durmiendo. Por eso debía ser cuidadoso, todo era una oportunidad para despertarla. Durante varias noches la vi dar vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño. Por eso, no me perdonaría si yo era responsable de perturbar el descanso de la persona que consideraba mi salvadora.

No imagino lo que está viviendo, el estrés que debe estar sufriendo. A veces me cuenta sus problemas con palabras que no logro entender, aunque no siempre lo hace. Hay días que la escucho llorar en el baño, toco la puerta para ver qué le pasó, pero no me acepta. En otros momentos no dice nada, solo me abraza y me pide que apoye mi cabeza en su pecho. Por eso, cuando no se siente bien, sé que tengo que respetar su espacio y apoyarla, pero tiene gusto a poco.

La había escuchado acostarse tarde nuevamente, venía con insomnio desde hacía tiempo y gracias al repiqueteo de las gotas que caían sobre el techo de chapa logró lo impensado: que se pueda dormir rápido. Creo que soñaba algo lindo porque su sonrisa la delataba.

Intento volver a acostarme. Cierro los ojos, el agotamiento que tenía era total y estaba a punto de caer, pero vuelvo a escuchar lo que me perturbó inicialmente y fue estremecedor.

Me asustó.

Ella despertó. Me vio con mirada acusadora como si fuera el responsable. Pero su juicio cambió al instante, al verme serio, preocupado y tenso. Sabe que estoy un poco loco, pero no tanto para ponerme así. Algo había pasado, mi expresión pocas veces la había visto.

Cada parte de mi cuerpo se erizaba. No recordaba haber vivido un malestar así. Aunque somos muy diferentes, ambos percibimos lo mismo, o eso creí al verla. Teníamos miedo y solo mirábamos el mismo punto al vacío.

Tic, tac, tic, tac, se empezó a escuchar. Una especie de reloj, de los antiguos, marcando cada segundo. Era imposible porque no había ninguno en el departamento.

La extraña situación hizo que dudara de mí mismo. ¿Estaré soñando? ¿Perdí la noción de la realidad? Tenía preguntas que no quería seguir pensando. En pleno silencio y con todo el pelo en modo rebelde era lo único que reflejaba mi estado. Tic, tac, tic, tac; ese sonido me hacía doler el estómago de los nervios, como si hubiese comido algo que no debía o peor, ese nudo que tenía antes de encontrarme con ella. Mi cuerpo me estaba manifestando algo que no lograba descifrar.

Cada vez más fuerte, ese ruido me aturdía, venía hacia nosotros y mi gran temor se hizo presente: que algo le pasara. Siempre supe que haría lo imposible para cuidarla al punto de estar dispuesto a sacrificarme si eso la salvara.

Me abrazó.

Esperando que algo pase o que solo sea un mal sueño. Cuando el rayo iluminó todo donde reinaba la penumbra y, por un instante, hubo luz. Solo estaban las sombras inofensivas de siempre. Unas zapatillas embarradas a la entrada, el paraguas abierto en el piso y la ropa sucia de ella sobre la silla, pero nada más. Al segundo, el estruendo hizo retumbar los vidrios de la ventana. El susto nos hizo saltar de la cama. Luego, nuevamente el silencio.

El tic tac, desapareció. ¡El ventilador! Sus paletas comenzaron a girar suavemente… Volvió la luz. Me dio un beso y se volvió a acostar. Me reemplazó abrazando a su almohada favorita, pero no me molestó porque mi guardia continuó un rato más al borde de la cama.

Al verla dormida, pensé: «Cómo odio las madrugadas». Me lamí las patas, estiré el cuerpo, volví a mi lugar junto a mi heroína confirmando mi rol: ser su anaranjado y peludo protector.

Fernando Ivan Bustos

Diseñador, docente y cultura-pop.

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