S. me comenta que ya tiene medio cocinada Historia Constitucional. Termina ahora la secundaria y en diciembre quiere rendir su primer final de Abogacía. Me pregunta si se puede. No sé, voy a averiguar.

J. viene con la planilla de inscripción para la universidad. Puede elegir Abogacía o Contabilidad. Prefiere Abogacía. “Apurate”, dice S., “estoy desde junio haciendo los exámenes médicos y todavía no terminé. Viste cómo están de interesados los muchachos”.

J. me pide 5 minutos para llenar la planilla. “Sexo: poco últimamente. Dirección: ¿Qué pongo? ¿La dirección del penal? Nombre de la escuela: no tiene nombre. ¿Padre vive?: no sé.”

A D. le tengo que adelantar los exámenes y el cierre de nota porque se va en libertad. Está feliz pero también sereno, es reincidente y sabe lo que le espera afuera.

C. comenta que a él le negaron la libertad condicional. El instinto de conservación no permite que le ganen demasiado las emociones. Sin embargo está mal y no lo puede disimular. “Terminé la primaria acá, este año termino la secundaria, no tuve ningún conflicto en este tiempo. Parece que nada importa. Uno se acostumbra, lo asume. Pero la que sufre es la familia. Mi padre murió mientras yo estaba preso.

Mi mamá se hacía ilusiones en la última junta. Yo le decía que no se hiciera ilusiones. No me hizo caso y se le rompió el corazón. Le dije a la abogada que no apelara. Ya está.”

J. detecta que está a punto de quebrarse e intercede muerto de risa. “Tranquilo, compañero, arriba que son cosas que pasan. A vos te visitan y se preocupan. El día que yo tenga la visita de un familiar, lo voy a tener que reconocer con un adn. No todo está perdido. Podés estudiar en la universidad. Pedí la planilla”. “La voy a pedir”, dice C.

Es de noche y llueve como el último día. Me olvidé la moto afuera. Salgo. Por la puerta de casa pasa una mujer en moto, bien despacito, mientras cantidades impresionantes de agua le pegan de frente.