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Mascota del poder

Cuando Stornelli se despertó aquella mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un perro. La inquietud inicial por el cambio se calmó cuando raudamente le pusieron un collar, que hacía juego con su pelaje. Era extraño, pero el collar le transmitía una sensación de seguridad.

Podía aceptar perder algo de libertad, pero cuando las preguntas en su interior sobre la autonomía se dispararon, una rica galletita dulzona de esas que tienen forma de huesito le borró el último rasgo de independencia.

A partir de allí lo llevaron del collar por un pasillo, abrieron una puerta y lo soltaron en un patio lleno de perros como él. Estaban todos. Ercolini, Luciani, Bruglia, Borinsky, Hornos, Giménez Uriburu, Rosatti, Rosenkrantz, Bonadío.

Se estaba acercando al grupo cuando un pitido chirriante y afilado le lastimó los tímpanos. Stornelli se tiró al piso del dolor mientras trataba inútilmente de taparse los oídos con sus patas de perro. A su lado, sus vecinos ladraban al aire enojados mientras salivaban espesa bilis. Sin que el sonido frenase, una voz irritante repetía:

Cristina.

Cristina.

Cristina.

El sonido por fin paró y Stornelli quedó agitado en el suelo. A su alrededor los otros perros iban extinguiendo sus ladridos mientras se tiraban en mantas de 800 hilos o tomaban agua mineral de una cascada.

Stornelli se paró con muchísima dificultad. Estaba conmocionado. Caminó con lentos pasos hacia la jauría.

Se estaba reponiendo cuando el pitido comenzó nuevamente. Casi sin saber por qué, Stornelli se puso a ladrar, con furia. Sólo la furia parecía reducir el dolor en sus oídos. A su alrededor, todo eran ladridos salivales. Luego la voz irritante:

Cristina.

Cristina.

Cristina.

El sonido agudo frenó de golpe y en una esquina del lugar se abrió una puerta desde la que se veía una figura. Cuando las luces la iluminaron, Stornelli y el resto de los perros notaron que era Cristina. Empezaron a ladrar, a correr, a torear y mostrar los dientes.

Al recién llegado se le erizó el lomo. Estaba ahí, intrusa, desobediente y humana. Que no fuera un perro lo enervó al punto de empezar a correr en dirección a ella, agrandando su mandíbula tragona.

Sin embargo, cuando llegó al objetivo, la jauría rodeaba a su presa y por más que buscó no pudo encontrar un hueco para sumarse a la matanza. Con profunda decepción se quedó esperando una oportunidad cuando un pedazo salió volando del centro. Era una mano de cuero y goma eva, con las uñas pintadas de rojo carmín. 

Después de olfatearla un rato Stornelli comprendió que esa no era Cristina. Paradójicamente se alivió porque su odio podía seguir intacto. Agarró la mano falsa para masticarla, mientras el resto de los perros despedazaban el muñeco.

Como una alarma, el pitido chirriante y afilado arrancó, inexorable. La voz empezó a sonar en la cabeza de Stornelli antes de que fuera pronunciada:

Cristina.

Cristina.

Cristina.      

Leandro Retta

Presidente de Trafkintu (por el momento)

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