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Ensayo sobre la rutina

Me levantó, me cepillo los dientes, tomo la 519. Voy al laburo. En la oficina me ceban unos mates, atiendo a un par de personas, respondo algunos mails. Salgo, tomo la 500. Voy a dar clases.

(En el medio caliento las sobras del día anterior en el microondas y las como, apurada, en la sala de profesores mientras docentes de mayor antigüedad a la mía hacen catarsis sobre la situación actual).

Entro al aula. Tan particular y única como cruel. Un aula real, diversa, volátil. Con mejores y peores días. Salgo de dar clases.

La 500, la 519.

A casa.

Llego cansada a una casa cansada. Llego transcurrido gran parte del día. Llego sin ganas, sin ánimos. Soy sólo un cuerpo itinerante , nómade, que no tiene voluntad de pensamiento.

No hay lugar para el pensamiento cuando estas cansado. No hay lugar para la reflexión cuando estás cansado. No hay lugar para la creación cuando estas cansado.

Llega la noche, preparo la cena. Me ducho. Como. Me acuesto.

Repetir.

Repetir. Repetir. Repetir

¿Dónde está el lugar para el encuentro, el disfrute, la comunidad? ¿Cómo puedo sentirme humana si no tengo tiempo ni plata para si quiera salir de mi hogar?

Porque el boleto, y los colectivos, y el ahorro, y las prioridades, y producir importan más que tomar una birra con tus amigos. Porque cuando sos pobre, docente y de pueblo no te queda otra, nena.

¿Qué esperabas? ¿Dignidad?

Esa está reservada para los que producen millones, nena. Jodete por no elegir bien tu carrera.

Repetí, dale, que mañana es lunes otra vez.

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