Maelstrom – 4

Ya truena la sirena; parte el barco,
el océano abre sus puertas;
está cerca el solsticio y la nave
pone proa rumbo al polo. Atrás
queda Hamburgo con sus grúas como cíclopes;
paralelo tras paralelo los días se alargan,
hasta que el sol se niega a hundirse en el horizonte.

        En la cabina, en lo sólido,
        también se acurrucan los rincones.
        Subo las escaleras al puente cuatro,
        al puente cinco, veo la línea
        de morsas esperando en el mostrador.
        Se trabaja más, siempre más
        de lo que debería tocar
        en la recepción, en lo líquido.

Nací en el equinoccio, donde las noches
y los días se siguen con rigor,
sin que alguna vez uno de ellos
usurpe el dominio del otro,
pero en esas latitudes hiperbóreas,
el sol desterraba incluso a la aurora
y cada día se disolvía en el siguiente.

        Ojos que busco sin cesar en mis sueños,
        en este reino neptuniano de la muerte
        no aparecen, no los veo:
        los ojos, aquí,
        son lámparas fluorescentes
        en un pasillo desierto,
        luces rojas intermitentes
        en alguna costa;
        aquí, un borracho se mece
        mientras vuelve al camarote
        y las risas
        se apagan en el viento
        más inestables y ridículas
        que una boya en la costa.

Vasto era el océano, pero más vasto
el vientre de la ballena, y sobre todo
más extraños sus recovecos:
pequeño feudo, pequeña ciudad estado
donde a la manera antigua el uniforme
determinaba el rango y los derechos
desde el capitán hasta el último tripulante.
Poco entendía al principio,
y me perdía yendo del camarote
al comedor, del mostrador al camarote,
y no sabía qué hacer en mi puesto
más que esbozar sonrisas varias.

        En la cubierta, en el gas ilimitado,
        hasta oxidarse por la sal,
        ¿quién tropieza en la baranda?

Paso a paso logré desentrañar
el intestino de puentes y pasillos
que ahora contenía mi existencia
y aprendí el idioma extraño
que se hablaba en la Babel flotante.
Gradualmente perfeccionaba la idiotez
y por momentos perdía de vista
que afuera de las costillas metálicas
estaba la espuma del oleaje,
las nubes, los crepúsculos
y las alas de las gaviotas
(afuera estaba, se suponía, la medusa);
de a poco el universo entero
se reducía al interior de la bestia.

        Flores,
        si alguna vez hubiese tragado
        suficiente de ellas,
        algo más que la tierra
        más aún que el océano
        estaría conmigo
        en la ballena.

Y no existía la noche. Nunca
había oscuridad, nunca paraba nada.
En el centro del barco
        el atrio
                como un altar de Móloc
pasaba las madrugadas
        vacío e iluminado
                mientras los muertos en vida
hacíamos vigilia
        y el delirio era apenas
                otra forma de sobrevivir.

        Estás solo aquí abajo
        abajo de todo
        en el nadir del mundo
        donde cuelgan chimeneas
        bajo el mar.

Y más allá de Nordkapp
        entre pilas de carbón
                en una tundra inerte
donde ni los muertos
        pueden desintegrarse,
                sin una huella
que indique el camino
        de vuelta a lo que antes
                solía ser una vida;
de golpe entiendo
        y olvido
                que ahí comienza
el campo inexplorado;
        ahí
                donde no hay nada
donde soy nada
        el horizonte
                se abre al espacio
puro y vacío
        donde florece
                eternamente
el viento
        la mano de fuego
                el palo borracho.

Maelstrom – 6