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Federico Falco – parte de un cuento llamado: «Flores nuevas»

A Lilia Lardone

Terminaba el verano. En el aire ya había olor a humo, pero todavía se veía limpio, con mucho sol. Las mujeres barrían las veredas y quemaban las primeras hojas secas. Junto con las clases empezaban los cumpleaños de quince. Yo hacía poco que había visto mi primer cadáver. Tolchi Pereno se tiró abajo del tren porque estaba embarazada. Nos sentábamos en el mismo banco y en la hora de geografía se largó a llorar sin que nadie le dijera nada. Blanquita Calzolari había hecho pasar a Tano Buriolo a dar la lección y Tano trataba de explicar la historia de los meridianos y los paralelos.

Se dice que los meridianos son líneas que dividen al mundo por mitades, decía Tano y Blanquita Calzolari asentía.

Se dice que las dos mitades son iguales y la línea que hace la división es una línea finita, finita, que no se puede ver, decía Tano y Blanquita Calzolari asentía.

Se dice que los paralelos son las mismas líneas pero puestas al revés. Se dice que si se cambia de hemisferio y se pasa arriba de un meridiano o un paralelo a uno le da un escalofrío por la espalda. Blanquita Calzolari levantó la vista, los ojos de pronto atentos.

¿Quién dice eso?, preguntó.

Tano Buriolo replicó enseguida:
Los sabios dicen.
No, está mal, sentenció Blanquita Calzolari. Vuelva a su banco.
Entonces Tolchi Pereno se largó a llorar. Blanquita la miró y le preguntó qué le pasaba.
No me pasa nada, dijo Tolchi. Tengo nervios internos, eso nada más, dijo y empezó a gritar y me tomó la mano a mí, que estaba a su lado y apoyó mi mano sobre su pecho.
Sentí, sentí, dijo. Sentí como se me revuelven los nervios por dentro.
Yo noté el borde del corpiño abajo del pulóver y como termitas sobre el corazón de Tolchi. Me puse colorado.
Vaya, tómese un vaso de agua y vuelva para acá, dijo Blanquita Calzolari.
Tolchi me soltó y se quedó hipando en silencio, sentada en su banco. Nosotros la mirábamos. Se levantó y volvió al rato con los ojos rojos y la cara hinchada. A la tardecita se tiró abajo del tren. No pasaban muchos trenes por acá. Tolchi debe haber esperado agachada al lado de las vías hasta que vino uno y pudo tirarse. El maquinista jura que no la vio. Estaba distraído, si no a los suicidas los espanta siempre con un pitazo de bocina. A veces me pongo a pensar en Tolchi deseando con fuerza que pase el tren, que pase el tren, que pase el tren, ya decidida a matarse. Primero no se supo que era ella. Tocó la sirena de los bomberos, estábamos en el bar de Soda, jugando a los jueguitos. Salimos atrás de la autobomba. Antes de llegar nos frenó el comisario, pero no le hicimos caso y seguimos. El padre de los mellizos Tambu, que era bombero, nos contó que juntar a Tolchi había sido, por lejos, lo peor que le tocó hacer en su vida. No se lo deseaba a nadie. Nosotros habremos estado a unos diez metros, no nos dejaban ir más allá. Igual veíamos. Al principio no se sabía quién era pero al rato empezaron a decir que era Tolchi, que se había tirado porque estaba embarazada. Vinieron y nos preguntaron a nosotros, nosotros les dijimos que no sabíamos nada. Era verdad, no sabíamos nada. Pero no faltó el que contó que esa tarde Tolchi se había largado a llorar mientras Tano Buriolo explicaba los meridianos y los paralelos y que me hizo tocarle las tetas. Chismosearon que Tano era el padre o que el padre era yo. Al día de hoy que lo dicen. Fue un martes. El miércoles vino Stela Maris de Mancini, vicedirectora en funciones. Nos dio una charla sobre el valor de la vida y la moral y la responsabilidad de estar vivo. Lo escribió con tiza en el pizarrón: la responsabilidad de estar vivo. Mientras hablaba se transpiró debajo de los brazos y se manchó la blusa. No le salían las palabras. La habían mandado del Ministerio, ella no quería tener que explicarnos. Algunos intentaron dar asueto el día del velorio, pero la Comisión de padres se opuso. Le tenían miedo al efecto contagio, pensaban que si se le daba mucha importancia a lo de Tolchi a nosotros nos iba a parecer lindo suicidarnos. Así que no hubo asueto. Trajeron a una psicopedagoga y dio una charla para los padres, en el colegio, de noche, y dicen que fue mucha gente. En la misma charla también habló el cura Porto. No supimos muy bien qué les dijeron pero a partir de entonces nos empezaron a tratar con más cuidado. Mi papá volvió de la charla y escondió la escopeta de salir a cazar. La guardaba siempre en el ropero del galponcito y después de la charla desapareció.

Me acuerdo de Martín Besone diciendo que era imposible que la hubieran juntado toda, que al final habían tenido que limpiar las vías con una manguera y que los últimos pedacitos de Tolchi se quedaron entre las piedras de los durmientes y la fueron a lamer los galgos del barrio. Le dijimos que no hablara más y se calló enseguida. La madre de Tolchi mandó hacer una cruz de madera y la puso a la orilla de las vías, justo en el lugar. Cada mes, para la fecha, le llevaba flores.

Después, Blanquita Calzolari se olvidó de los meridianos y los paralelos y nos hizo hacer un trabajo en grupo sobre los cinco continentes. A mi grupo le tocó África. Teníamos que investigar sobre las tribus y las zonas del planeta donde todavía nunca el hombre había puesto un pie. Fernando Giraudo estaba suscripto a la Muy Interesante, sacamos un montón de cosas de ahí y en otras mentimos. Yo me inventé una tribu de cazadores que una vez al año salían de la selva y caminaban miles de kilómetros hasta llegar al borde de una ciudad. Entonces esperaban la noche y al abrigo de las sombras se introducían llevando un niño elegido y lo dejaban como sacrificio en la playa de estacionamiento de un shopping. Me gustaba imaginarme a ese chico ahí, solo en el medio de los grandes edificios de acero y vidrio. Blanquita Calzolari se lo creyó, le interesó mucho el tema y nos puso un Superó los objetivos. Estaba cansada ya, en esa época, Blanquita Calzolari, y fue la única, además de Stella Maris de Manccini, que habló con nosotros sobre Tolchi. Un día nos explicaba algo y se le despegó la dentadura postiza. No nos dio tiempo ni a reírnos, se sentó en el escritorio, se la sacó, le agregó Corega y se la volvió a poner en un santiamén. Se agarró la cara con las dos manos y se refregó los ojos. Nunca he visto una mujer tan cansada. Tenía edad para jubilarse pero de Gobernación no le llegaba la papeleta y le daba lo mismo. Habían pasado quince o veinte días de lo de Tolchi, no nos imaginamos que iba a salir con eso. Blanquita Calzolari se puso a hablar. Al principio parecía que hablaba de cualquier cosa, que estaba ida. Nos contó del tiempo en que ella era una nena. Se levantaba a las cuatro de la mañana para ir al potrero a buscar las vacas del ordeñe. Tenía un hermano más chico, sonámbulo. Lo encontró en la quinta y se asustó, creía que el hermano era un ánima en pena. Del susto, Blanquita dio un grito y despertó al hermano, que quedó trastornado para siempre. Tuvo que cuidarlo ella hasta que el hermano murió joven, de un fallo al corazón. Pero nunca fue una carga. Ella lo quería, era su hermano, cómo iba a ser una carga. Contó de su papá alcohólico que le pegaba a los animales. A ella le habían regalado un perrito, pero el padre le cruzó el lomo con un látigo, el perro lo mordió y se escapó del campo. Se fue a vivir con los perros de un vecino, se hicieron salvajes, atacaban en manada y hubo que matarlos con la carabina. Contó de su casamiento. A los dos meses se dio cuenta de que no estaba enamorada de su esposo, solo se había casado para sacarse a su familia de encima. Contó cómo le hubiera gustado irse, viajar, ver el mundo y entender, pero la plata no le alcanzaba, así que tuvo que conformarse con estudiar para profesora de historia y geografía. Que iba de lunes a viernes a Villa María, al terciario y que a la mañana daba clases en la escuela fiscal y que así y todo tuvo tres chicos y los crió y salieron buenos chicos. Nos contó del frío que hacía en la garita, a la orilla de la ruta, mientras esperaba el colectivo y de cuando se enamoró de un compañero del terciario, se juntaban en un hotel cerca de la Terminal de Villa María, a la salida de clases. Ella seguía con su esposo, era un buen hombre, le daba lástima, pero un día su esposo se murió de una trombosis, porque comía mucho salame y tenía ácido úrico y colesterol malo. Blanquita pensó que Dios era justo y que las cosas se habían arreglado solas. Mientras velaban a su esposo Blanquita fue a la telefónica, pidió una llamada y habló con su compañero y su compañero le dijo, ahí, así, por teléfono, que él solo la quería para estar con ella en el hotel, frente a la Terminal, pero para otra cosa no. Así es la vida, dijo Blanquita Calzolari, y sin embargo ella no se había tirado abajo de ningún tren, de ninguno. En ese momento nos dimos cuenta de que hablaba de Tolchi Pereno. Después, aunque todavía faltaba para el recreo, Blanquita Calzolari dijo que nos fuéramos, que la dejáramos sola, nos daba hora libre. Salimos al patio sin decir una palabra y ella se quedó sentada en el escritorio. Yo la vi acomodarse el pelo y con un dedo asegurarse la dentadura en el paladar.

*

Enseguida vinieron tiempos lindos. Tolchi nos unió más como grupo. Antes, las chicas no nos miraban, andaban con los de cuarto, los de quinto, se hacían asados en la casa de Ezquino y no nos invitaban, iban ellas nomás, con los más grandes. Neto Paladizini se había puesto de novio con Belkys Ezquino y el viejo Ezquino le daba plata para que se fuera de locas y que a Belky no se la tocara. Pero a Tolchi Pereno la gente decía que la habíamos embarazado Tano Buriolo o yo. No importaba cuál de los dos, alguno era. Y éramos nosotros los que habíamos ido hasta las vías a ver el cadáver. Los de cuarto y los de quinto no fueron. Y a nosotros nos habló Stella Maris de Manccini y Blanquita Calzolari. Empezaron a mirarnos con otros ojos. Bichín Peirano todavía perfeccionaba su plan secreto de la hormona de las vacas y de pronto ya no hacía falta. Lo habíamos probado un par de veces. Bichín sabía por el padre, que era veterinario y se la inyectaba a las vacas para que dieran el celo todas juntas. Nosotros le pusimos en el agua del mate a Carinita Plaza, mientras estudiábamos Lengua y Literatura en el verano. No le hizo efecto. Le salió un salpullido pero no se excitó. Bichín pensó que nos quedamos cortos, pasaba eso. Agarramos a la Telesita Currido, que estaba vieja y no era linda, pero era medio tonta y cada vez que uno le pedía que nos mostrara la bombacha se abría el batón y nos la mostraba. Le dimos de tomar una botellita pura. La llevamos a una obra en construcción, hicimos un círculo y empezamos a aplaudir. La Telesita nos mostró la bombacha un par de veces y se quedó dormida. Dicen que al día siguiente la encontraron frotándose contra el alambre tejido de un gallinero, nunca supimos si había sido el preparado nuestro o locura nomás. Después de Tolchi la hormona de las vacas ya no nos hizo falta. Andábamos con algo trágico encima. Los de cuarto y los de quinto eso no lo tenían. Tano Buriolo se acostó con Noemí Orozco, ellos fueron los primeros, en el playón de gimnasia, atrás del colegio, debajo de las gradas. Pusieron unos cartones y las camperas. Noemí sangró mucho, manchó los cartones, manchó las camperas. Se asustaron pero siguieron. Ese día, en el recreo, todos hablamos de la sangre. Las chicas le preguntaban cómo se sentía. Noemí decía que bien, no estaba mareada ni nada. Para sacar la sangre de la campera usamos agua oxigenada del botiquín de primeros auxilios, se la pedimos al portero. Belkys me invitó un día a su casa y empezamos a probar. Belkys se pensaba que yo conocía cómo hacerlo, que yo había embarazado a Tolchi. Yo no sabía pero no le dije nada, que ella pensara lo que quisiera. Belkys era ducha, me di cuenta enseguida. Ella me enseñó a mí. Fue la primera que vi, me impresionó tanto pelo. No sabía que podía haber tanto. Ella me dijo que no fuera pavo, cómo me iba a impresionar si era suavecito y me mostró. Esa vez yo no duré, me vine enseguida. La próxima vez Belkys me dijo que íbamos bien, ella también estaba por llegar. En ese momento me avisó. Me vengo, me cuchicheó al oído pero yo igual me asusté porque como que se salió de sí. Se agarraba los hombros y se puso a llorar. Mucho. Yo pensé que le hacía mal, me quedé quieto. No pares, no pares, no sos vos, me dijo ella sin dejar de llorar. De a poco se fue calmando, se bajó y se acostó al lado mío. Le pregunté si estaba bien. Ella me dijo que sí. Me contó que cuando era chica la había agarrado un peón del campo y de acordarse lloraba. No era culpa mía, que no me diera preocupación. Belkys. Llora siempre que acaba, porque recuerda al peón. Pobre. A mí me impresionó y por una semana no lo intentamos más. Pero seguimos. Atrás de las puertas y en el cuartito de los mapas y en el laboratorio. Las paredes del laboratorio estaban forradas de cajas entomológicas y en los armarios y arriba de los armarios había zorros y lechuzas embalsamados y garzas y un telgopor con un sapo seco abierto y clavado con alfileres y un esqueleto al que le habían robado la quijada y una mano y un feto en formol. Abrimos el frasco, el feto flotaba y la punta de la cabecita sobresalía como una pelota que se ha caído en una cisterna de agua. La tocamos con el dedo. Aunque parecía blanda como la cabecita de un bebé, estaba dura porque el formol la había resecado.

Al mes, Belkys quedó embarazada. Lo hablamos mucho y me prometió que no se iba a tirar abajo del tren. Yo le tenía confianza, pero el resto no, así que la vigilaban y el padre fue y habló con el maquinista y le dijo que nunca más pasara distraído por el pueblo, porque era un peligro. El maquinista le prometió que iba a tener cuidado. Stella Maris de Manccini aclaró que no había nada contra la ley pero habló de ser un mal ejemplo. A Belkys le pusieron amonestaciones y no cedieron con las faltas. Al final no la echaron ni se quedó libre. El consejo de padres dijo que había que hacer algo pero no hicieron nada. Nos llevaron a hablar con el cura Porto. Dijo que no dejaba de ser un pecado, pero que mejor conviviéramos porque casarse tan jóvenes era arruinarse la vida. Nos obligó a confesarnos y nos absolvió. En esa época ya había empezado con la campaña de recolección de fondos para construir la iglesia nueva y el padre de Belkys donó mucha plata. Un día vino una grúa y un equipo de ingenieros y dinamitaron el campanario y la parte vieja de la iglesia. Fue una implosión, no una explosión. En la escuela nos explicaron la diferencia. Nosotros fuimos a ver, cada uno por su lado, Belkys con las chicas del curso y yo con mis amigos. Se levantó una nube de polvo y llovió guadal cuatro manzanas a la redonda. De lejos dicen que parecía una bomba atómica pero chiquitita. El polvo se asentaba y de a poco apareció de nuevo el cielo entre los ladrillos y la mezcla reseca. Entonces empezaron a llover papelitos. Planeaban en el viento, aterrizaban como si fueran hojas cuando a los árboles los agarra el otoño. Pero eran papelitos amarillos, apenas doblados, escritos. Mi papá corrió y manoteó algunos todavía en el aire. Los leyó y se largó a reír. Los amigos de mi papá también cazaban papelitos en el aire. Se subían a los escombros para alcanzarlos, se los intercambiaban entre ellos. La cara se les ponía gris del talco que caía. Les sobresalían los ojos, el borde de los ojos, bien rosa. Los papelitos eran de la época en que se construyó la Iglesia, ellos tenían siete u ocho años. A la hora de la siesta los albañiles se dormían y por dañinada, mi papá y sus amigos se metían a la obra, levantaban los ladrillos frescos y entre el ladrillo y la mezcla escondían mensajitos para Dios, cosas que le pedían. Papá encontró algunos suyos y encontró de otros. Les reconocía las letras, los iba a buscar y les decía: este debe ser tuyo. Tres o cuatro eran de amigos que ya estaban muertos. Papá los quemó. Yo le pregunté qué decían sus papelitos y no me quiso contar.

A la Iglesia de Cabrera hubo que tirarla abajo porque se hundía. Los cimientos estaban mal hechos, no soportaban el peso. Las baldosas se partieron, los zócalos se incrustaban en la tierra y en el techo se hicieron grietas que dejaban ver el cielo. Los rayos de sol entraban por las grietas e iluminaban adentro. De doce a una del mediodía el sol daba justo sobre el altar y parecía que bajaba un ángel. No había manera de salvarla. Por eso los del arzobispado decidieron demoler la iglesia y construir una nueva.

El padre de Belkys nos prestó una casita y nos fuimos a vivir juntos. Al tiempo me encontré con mi papá en misa. Me esperó a la salida. Tenemos que hablar, dijo. Salimos a dar vueltas en chata. Papá dijo que yo ya estaba grande, que venía un hijo en camino, había que darle de comer. Me propuso que a la tarde, después del colegio, fuera al negocio a trabajar con él. Me iba a dar un sueldo. Yo le dije que no sabía, porque no me gustaba atender a la gente y no quería ser ferretero para siempre.

Pensalo, dijo papá, no tiene que ser ya mismo, todavía falta.

Nos callamos y seguimos dando vueltas. Cada vez que veíamos un auto nuevo papá decía de quién era.

Ese es de los Gugliermi, vendieron la cupé Fuego, la cambiaron por un Peugeot. 

Ese es de los Espina, es importado, cero kilómetro, no se consiguen los repuestos. Se rompe y lo tienen que mandar al fondo, de gallinero.

Ese es de la viuda Lamónica, lo compró con lo que le pagaron del seguro.

Papá hablaba y yo, de pronto, caí en la cuenta de que se había hecho viejo. Estaba canoso y el pelo que le asomaba por el cuello de la camisa también era gris. Me acordé de un fin de semana que nos fuimos a las sierras, a Santa Rosa. Estábamos en el río, frenó un auto, bajó alguien de Cabrera y se acercó a mi papá. Le preguntó si ya sabía lo de Mustín Puchino. Papá le dijo que no. El hombre nos contó que a Mustín le había explotado el tanque de solvente, se había quemado el noventa por ciento del cuerpo y estaba en terapia intensiva, esperaban que se muriera. Cargamos las reposeras en la chata, buscamos los bolsos y partimos. Fue la primera vez que lo vi llorar. Papá manejaba y se le caían las lágrimas. Mustín era su mejor amigo. Había sido cajero del Banco pero lo echaron y Mustín se puso a hacer experimentos para fabricar aceite de maní. Armó un laboratorio. Lo instaló en el living de su casa. Tres o cuatro tanques pintados de verde, unidos entre sí por cañerías. En algún momento hizo algo mal. Murió a los dos días. De él eran algunos de los papelitos que mi papá quemó cuando implosionaron la iglesia.

Ahora que ya estoy grande, ¿me vas a prestar la chata?, le pregunté entonces a papá.

Ni se mosqueó.

No, ya te he dicho que no. Hasta que no tengas el carnet no te la presto, dijo.

La podríamos necesitar por alguna urgencia. Por Belkys, insistí.

Llamame por teléfono y voy a buscarlos.

Al Tano el padre le presta el auto. 

Me importa tres pitos qué hacen los Buriolo, dijo papá y estacionó frente a casa. 

Me bajé sin saludar.

El año que empecé el secundario me hice amigo de Fata Buriolo, el primo de Tano. Fata era alto, grandote y los chicos decían que era medio pelotudo. Yo lo miraba y tan pelotudo no lo veía. A Fata le iba mal en el colegio, no alcanzó los objetivos en casi todas las evaluaciones. En el curso empezaron a decir que el padre le había tenido que enseñar a hacerse la paja porque de tan retardado solo no le salía. Yo le fui a preguntar y él me dijo que no era cierto y por probar empezamos a tocarnos y ensayamos cómo era, para estar seguros cuando nos tuviéramos que ver con alguna de las chicas de verdad. Fata tenía un perro que se llamaba el Flecha y agarró la costumbre de volcar y quedarse con la leche en la mano para llamar al Flecha y dársela de comer. El Flecha la comía entusiasmado. Fata decía que a un perro le dabas una golosina y no le gustaba tanto. Yo intenté darle de comer a otros perros, pero venían, me olían la mano y se iban. El Flecha nomás tenía esos gustos. Con Fata estuvimos así un tiempo. No le contamos a nadie porque nos dábamos cuenta de que la gente no iba a entender. En la escuela hacíamos como que no éramos tan amigos. Nos veíamos afuera, yo iba a su casa o él venía a la mía. En primer año Fata fue mi mejor amigo. Después repitió de curso y él mismo empezó a decir que era medio pelotudo, que el colegio no estaba hecho para él, que dejaba y se iba a trabajar al campo. Mi mamá me pidió que fuera a hablarle para convencerlo de seguir. A mi mamá se lo había pedido la mamá de él. Fui y Fata me confesó que de chico creía que las palomas del cementerio eran Espíritus santos (….)

Lucas Nicolás Quiroga

@lucasnicolasqu

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