El auto no estaba, las llaves tampoco. Tenía media hora como mucho antes de que mamá volviera, pero antes de que pudiera ir a mi cuarto, empezó a sonar el teléfono.
    -¿Hola?
    -Hola, ¿Lili? ¿Está tu mamá?
    -No vive ninguna Lili acá.
    Corté sin esperar respuesta, porque no tenía tiempo. Agarré el cassette que sólo tenía “Vogue” grabado y la radio y subí saltando los escalones de dos en dos. Me metí en el baño y cerré la puerta con la traba. Apoyé el aparato sobre el inodoro, abrí el agua, me saqué toda la ropa y recién ahí le di play. La voz de Madonna y el vapor del agua caliente llenaron el baño.
    Cada domingo a la mañana, mientras mamá iba a buscar a la abuela, era la oportunidad perfecta para escucharla una y otra vez sin que nadie me molestara. En la ducha, mientras me lavaba, estiraba los brazos y los movía al ritmo de la música, esforzándome por recordar el orden correcto de la coreografía y de la letra. Estaba en la parte más difícil de la canción, cuando Madonna enumera a las estrellas más grandes y legendarias, cuando un ruido afuera del baño cortó de golpe mi fantasía.
    Dudé un segundo antes de asomarme al pasillo, desnudo y chorreando agua. Todo seguía en silencio. No podía darme cuenta si había alguien abajo o era lo que pasaba siempre que llevaba a cabo mi ritual secreto, que el ruido del agua caliente pasando por los caños me hacía creer que había voces hablando. Aún alerta, puse nuevamente la canción desde el principio y reanudé mi ducha. Con los pies en posición, la expresión de Madonna en la cara y las manos en alto, volví a repetir los pasos una y otra vez, ahora moviendo los labios en silencio. Después de unos segundos, pausé la canción para escuchar: nada. No pude evitar preguntarme si no habría sido una señal. Me acordé lo que nos habían dicho en catequesis una vez, que Diosito siempre nos vigilaba. ¿También nos miraba mientras nos duchábamos? Sentí que me ponía colorado de la vergüenza y empecé a temblar incontrolablemente. El agua caliente se había acabado; otra señal.
    Agarré la toalla, salí de la ducha y me empecé a secar mirándome de pie frente al espejo del lavatorio. A mi izquierda, el espejo de cuerpo completo reflejaba mi perfil. Me miré en ambos, recorriendo mi cuerpo desnudo con las manos, como descubriéndolo por primera vez. Casi sin darme cuenta, me escondí el pito entre las piernas. Aún jugando, me envolví la toalla en la cabeza, imaginándome que mi pelo era así de largo. Mi mirada se encontró con la de mi reflejo, y así me quedé un ratito, mientras en mi cabeza se reproducían todas y cada una de las burlas de mis compañeros de la escuela. Todavía mirándome en el espejo de cuerpo completo con las piernas apretadas, estiré las manos y volví a imitar a Madonna en el video. Pensé en cantar, pero me contuve: si mamá no había llegado, le faltaba muy poco.
    Mientras me cambiaba, seguí pensando en la señora que había llamado antes: al principio, cuando era más chiquito, me molestaba que pensaran que era una nena por mi voz. Una vez, en la casa de mi primo Joaco, un amigo de fútbol me preguntó por qué hablaba como puto y todos se empezaron a reír. Yo no sabía lo qué era eso, pero igual dije que iba a hacer pis y me puse a llorar en el baño. Cuando le pregunté a mi mamá qué eran los putos, se puso roja y me dijo que no le preguntara esas cosas. Esa noche, agarré el diccionario de la escuela y escondido con una linterna abajo de la escalera, busqué hasta encontrarlo. “Puto: malo, fastidioso, hombre que se prostituye, homosexual”.
    -¡Ya llegué! -gritó mamá desde abajo- Gustavo, ¿ya te bañaste? Vamos a llegar tarde a misa.
    -¡Ya bajo!
    Mientras me miraba al espejo por última vez, me imaginé cuando fuera grande, con el pelo largo y rubio y los labios rojos de Madonna. Bajé la escalera y mamá me esperaba con la campera.
    -¿Qué pasa que sonreís tanto?
    -Nada, me acordé de un chiste -dudé un instante antes de seguir, pero las palabras salieron solas de mi boca-. Ma, si yo nacía nena… ¿no hubiera sido lindo llamarme Lili?