
Los hombres hermanos
Una noche, un hombre bonaerense de nombre Fernando Quiroga se encuentra encerrado en un viejo estudio. A su alrededor, decenas de libros arrojados al piso por no encontrar allí las palabras correctas para escribir una carta a su mejor amigo. Algo dentro de él hace años que no se siente correcto y desea expresárselo a Carlos, un hermano del alma. La radio en una pequeña mesa, con un volumen moderado, hacía llegar a los oídos de Fernando declaraciones sobre Cuba, Washington, algún que otro pronunciamiento del gobierno y, entre una noticia y otra, la pronta Navidad. Escucha durante algún tiempo mientras termina su cigarrillo. Luego de bajar la radio hasta no oírla más, Fernando se posiciona en un escritorio frente a una ventana que da a la vereda y, tras mirar levemente la luz del farol, dejar la colilla en el cenicero y arremangarse la camisa blanca, comienza a escribir:

Mi querido Pichón,
He descartado demasiadas hojas, entre borrones de tinta y arrugones, intentando escribir estas ideas mías. Conozco tanto de tu persona que sé muy bien los reproches que me lanzarías si estuvieras en mi estudio en este mismo momento. Golpearías, si acaso pudieras, mi brazo levemente y dirías:
«¡Burro! Tanto papel arrojado a la papelera, ¿¡es que te sobra la plata a vos!? Dale, macho, levantá el desastre y decímelo todo al rostro. ¿Para qué querés las bobas hojitas?».
Y luego te reirías de mí, haciendo uso de ese humor que te caracteriza tanto. Claro está, en realidad para vos mis «bobas hojitas» no hacen diferencia en mi bolsillo.
Sin embargo, me es indiferente ahora mismo todo lo que podrías hacer. No estás acá. Hace un tiempo que tenemos distancia –hablo de kilómetros, lógicamente–, porque jamás habría abismos en términos de afecto entre nosotros.
Tuviste que irte al Gran Chaco por el laburo, y desde entonces, Buenos Aires se sintió más vacía en el último censo. Amigo mío, me es complicado descubrir en los destellos de mi imaginación qué cosas podríamos estar haciendo si siguieras acá. Quizás podríamos ir a Los Laureles, comer como siempre y quedarnos conversando hasta el anochecer. Luego podríamos bailar alguna milonga, ¿te apetecería? O Tal vez, compañero, ¿te gustaría que fuéramos hasta el Riachuelo? Si lo hacemos podemos mirar las mojarritas en la tarde como hacíamos antes.
O… si te agradara más la idea, se me ocurre solamente quedarnos en nuestro hogar. Justamente en el punto debajo del parral: ese espacio en el fondo de ambas casas, sentados en los sillones a la sombra verdosa. Me podrías dar tus típicos mates, quemando mi lengua como siempre.
Hermano, pensarás que estoy divagando. Puede que así sea, no lo sé. Estoy muy confundido. Sé que podría llamarte, sé que podría escuchar tu voz, pero opto por las cartas para poder expresarme mejor.
Entiendo que nunca demostramos afecto con palabras, no era necesario. Jamás nos hizo falta. Desde que te has ido siento que ya no uso las palabras, siento que ya no hablo. No recuerdo mi voz exactamente, no recuerdo el tono que usaba con vos. Se siente todo tan extraño.
Me han llegado tus últimas dos cartas, las he leído y releído muchísimas veces, en especial la última en llegar. Desde que las leí me siento mucho más confundido que siempre.
La primera, aquella en la que contestabas la que te envié –donde te hablaba cosas zonzas que leí en el diario, ¿era algo sobre Perón?– y me decías que quizás volverías para navidad;
Y la segunda, la más importante para vos, aquella donde me dabas la noticia de tu compromiso.
Recuerdo como si apenas ayer me hubieras mandado esas primeras cartas, en las que hablabas sobre ella un tiempo después de irte, donde me expresabas su belleza y luminosidad, ¿Graciela se llamaba, amigo mío? «una chispa», según tus ojos. Es ese recuerdo el que me lleva de vuelta a cuando aún estabas por acá, ¿te acordás que siempre me hablabas de mujeres? Era tu forma de celebrar: compartirme tus relatos con naturalidad.
Te voy a ser sincero, estoy hundido, hermano, estoy muy hundido en el fondo del charco. ¡Te vas a casar! Te vas a casar con esa mujer que no conocí, esa mujer que en tan solo un año y medio ocupó un lugar más privilegiado que el mío. Mi vecinito, ¿te acordás de la amistad de nuestros abuelos? ¿de que hicieron que nos conozcamos? ¿de nuestra infancia? Dios mío, ni aun siendo tu amistad más cercana y longeva pude yo ocupar ese lugar…
Lo siento mucho, hay algo malo en mí, Carlos. Hay algo malo hace años.
Te lo juro por Dios nuestro señor, por la vieja, Carlos,
¡Por la Patria nuestra, por lo que quieras! te lo juro que intenté cambiarlo. Intenté mirar hacia otro lado, intenté no ser un invertido. Intenté enamorarme de esas mujeres, intenté distraer estos sentimientos con otras pasiones, pero todas las mujeres y todas las pasiones tenían y tienen tu rostro. Hermano mío, este pecado de tantos añares me hierve el pecho. Este ardor quema mis entrañas.
Es una injusticia, ¡¿por qué tengo que ser así?! ¡¿por qué no soy normal?!
¿Es este mi castigo? ¿Recibir la carta de tu compromiso? Mi maldita amoralidad es castigada con saber que jamás tus ojos mirarían los míos de esa forma, nunca escribirías palabras con tanto júbilo al referirte a mí…
Hermano, si vos estuvieras acá, si tan solo vos vieras en mí lo que ves en ella, yo podría vivir de esta forma. Podría vivir así, aunque estuviera mal, sabiendo que vos también lo harías a mi lado. ¿Qué tendría de incorrecto ser marica si vos, la persona más importante para mí, lo fueras conmigo? Pero no, no será así. Y jamás lo será. Porque ni aun volviendo a nacer como una dama olvidarías la virilidad que nos hizo hermanos.
Hablando de nacimientos…se acerca la Navidad, el nacimiento de Nuestro Señor. Quizás mi regalo de este año sea escribirte esta carta.
Estoy destruido, Carlos, mi pichón. Llevar mi apellido me parece deshonroso; siento como lo mancho siendo así, y también a la imagen de mi familia. ¡Yo, el más maldito de todos los Quiroga!
No sé cómo podría mirarte, no sé cómo podría ir con vos a Los Laureles, bailar milongas o ir al Riachuelo. No sé cómo podría pisar ese espacio que conecta nuestros patios. No lo sé, hermano de mi alma, no sé vivir de esta forma. Me siento exiliado de mi propia vida, ¡un desterrado de mí mismo!
Me aborrezco tanto, y te amo tanto, y me aborrezco tanto. Siento que no me queda mucho en este mundo, quería escribirte una última vez.
Quiero que sepas que esto no es tu culpa. Te deseo felicidad plena con tu mujer; aunque me duela en el alma no estar ahí.
Te ruego, amigo mío, que si todos estos años de fraternidad significaron algo, por favor, rezá porque mi alma pueda descansar en paz. Y que quizás, solo quizás, si fui bondadoso al brindarte mi amistad, se me permita vivir en otro momento una vida donde no sea yo quien padezca esta enfermedad.
¡Buenas noches, mi gran hermano!
Tu amigo, Fernando.
20 Dic. 1962.

