Cuando pienso en la Pandemia hay una frase que me viene siempre a la mente:

“No hay mayor dolor que recordar el tiempo feliz en la miseria”

Creo que esta frase de la “Divina Comedia” de Dante Alighieri, más específicamente de su Infierno, es la que mejor nos representa en estos momentos, como comunidad y como individuos. Porque en momentos dónde la muerte y el dolor están presentes, cuando la soledad se siente con mayor fuerza que nunca, la nostalgia se vuelve tanto nuestra mejor amiga como nuestra peor enemiga. Ante el dolor solo surgen los recuerdos de la antigua felicidad. ¡Y qué pequeño y ordinario parece todo lo que extrañamos, las cosas que sin saberlo nos llenaban de inmensa alegría! Cosas como la risa de un amigo, la sonrisa de un abuelo, y la caricia de un padre…

Extrañamos  la simple cotidianidad.

En mi caso he llegado a extrañar cosas que jamás pensé que podría. Extraño el bamboleo del tren bajo mis pies cuando viajo a la facultad y el ver el movimiento de los autos en la autopista, que siempre me hacían pensar en un mar de olas furiosas. A su vez, extraño los sonidos de la gente en la calle y los olores que salen de los restaurantes y cafeterías.

Es casi gracioso como damos por sentado las cosas. Damos por sentado que habrá un mañana, que nuestra rutina de cada día no cambiará a menos que nosotros queramos, y que aquellos a quienes amamos siempre estarán con nosotros. Todo esto lo damos por sentado, y para el momento en que llega un gran cambio a nuestras vidas, casi como si nos impactáramos de cara contra una pared, no estamos listos. Ni física ni psicológicamente hablando.
Y qué dolorosa es la incertidumbre, el no saber si volveremos a ver y vivir todo aquello que nos hacía feliz. Pero como un viejo sabio dijo una vez: “Muchas veces no se valora lo que se tiene hasta que se pierde”

Como los seres sociales que somos por naturaleza, creo que nuestro mayor reto es estar distanciados. Los medios de comunicación y las redes sociales han impedido de forma favorable que haya una pérdida total de socialización, pero…nada remplaza el contacto humano. ¿Oh no han notado que cuando nos juntamos con otra persona nos es casi imposible no tocarlo? Ya sea un beso que implique un saludo o despedida, un apretón de manos o quizás un abrazo, siempre sentimos la necesidad de tocar a quien tenemos en frente. Como si una parte nuestra inconsciente necesitará confirmar que el otro no es un espejismo. Que realmente está allí, frente a nosotros, de carne y hueso.

Ernesto Sábato es quien una vez dijo que la tecnología era la mayor fuente de separación del hombre con el mundo y con los otros, y ahora es casi lo único con lo que contamos para que eso no suceda. Es nuestra ancla, lo que a duras penas nos impide hundirnos en un océano de desesperación. De soledad. Lo único que nos permite sentir al otro cerca, aun cuando lo tenemos tan lejos.
No sé qué sería de mi si no pudiera contar con plataformas online como son zoom para poder ver y comunicarme con mis compañeros y profesores de la universidad. Y tampoco sé cómo podría aguantar este tiempo lejos de mi familia si no contara con las video llamadas de WhatsApp o Skype.
Sin duda la tecnología ha sido de mucha ayuda.

Creo que también nos hemos visto obligados a cambiar de una forma drástica, cambiarnos a nosotros como comunidad y como individuos. Nuestras costumbres han cambiado, nuestras ideas y sobre todo la creencia de que el hombre del siglo XXI ya puede preverlo y superarlo todo. Porque si somos capaces de prevenir cosas como las tormentas ¿Cómo no fuimos capaces de estar preparados para una enfermedad casi medieval?
Pero no todos los cambios son malos.

Últimamente, mientras paso tiempo encerrada en mi habitación, suelo pensar en los primeros días de la cuarentena. Esos días en que el encierro era absoluto pero la preocupación era poca, porque nadie pensaba que las cosas podrían durar más que unos pocos días.

Al vivir frente a una calle transitada estoy acostumbrada a escuchar toda clase de sonidos durante las veinticuatro horas del día, sonidos de alarmas, bocinas, gritos, música a todo volumen saliendo del estéreo de un auto e incluso tuve más de una vez la desafortunada suerte de escuchar algún que otro tiroteo. Pero los primeros días de la cuarentena se produjo algo casi insólito: Se hizo el silencio. Un silencio absoluto y casi sepulcral que llegaba a dar miedo, porque me era totalmente desconocido.

Pero pronto pude presenciar algo nuevo, otra clase de sonido que si prestamos atención siempre está presente pero oculto entre los ruidos de la ciudad y la gente. Empecé a escuchar a las aves, a la lluvia e incluso al pequeño choque que se produce entre las hojas de los arboles cuando el viento las mese. Sonidos tan simples pero tan hermosos que parecen casi surrealistas, mágicos y completamente nuevos. Y el empezar a escucharlos me hizo sentir muy triste, porque son sonidos que hemos perdido, que casi hemos olvidado al tener tan naturalizados otros como el de las bocinas, alarmas e incluso el de disparos.

De igual forma que hay menos contaminación auditiva y ha disminuido el nivel de las emisiones de gases de efecto invernadero, el agua en varias partes del mundo se ha vuelto más clara. Al mismo tiempo me ha impresionado, y seguramente a muchos otros, la cantidad de animales que ahora somos capaces de ver, al igual que las estrellas, que en ciertos lugares ya son más divisibles en el cielo.

Se podría decir que el mundo en cierta manera está tomando un respiro del hombre. Un corto suspiro que nos deja ver todas aquellas bellezas naturales que pasamos por alto en nuestro día a día.

“Si las puertas de la percepción estuvieras purificadas todas las cosas se le habrían mostrado al hombre como son, infinitas” (Blake; 2011; pág. 49).

 Así que mientras podemos pensar que el mundo se ha transformado en una especie de distopía apocalíptica, también podemos ver que se ha recuperado mucha de su utopía perdida.

Este virus, esta Pandemia, también nos ha puesto a prueba como humanos. Nos ha hecho reencontrarnos con una palabra que nos es casi desconocida: Sacrificio. ¿Somos capaces de sacrificarnos por los otros? ¿Por quienes conocemos y por los que no? Sabemos que aquellos admirables médicos que pasan sus días poniendo sus vidas en peligro para cuidar de otros si son capaces, pero nosotros desde nuestro poder como miembros de una sociedad compartida, de un mismo país, continente o mundo ¿También somos capaces? Me entristece decir que he visto que muchos no.

Falta con ver a esas grandes congregaciones de personas que se juntan para quemar sus barbijos. O todos aquellos que desde un principio, a la mayor oportunidad, rompieron la cuarentena para juntarse sin respetar ni una sola de las medidas de seguridad. Desde mi punto de vista, es una gran falta de respeto. Tanto para el personal de salud y el de seguridad como para aquellos que han aceptado el desafío que nos ha impuesto este año, y solo han salido para trabajar o por cuestiones urgentes.

Me gustaría que alguna de esas personas visite un hospital, como hace poco yo tuve la oportunidad de hacer. Que vieran a todos aquellos doctores y enfermeras que pasan casi veinticuatro horas entre paredes blancas, soportando la molestia del barbijo y de las gafas que luego quedan marcadas en su piel. A veces, tan ocupados que solo llegan a tener cinco minutos para comer, y que cuando vuelven a sus casas solo quieren dormir en vez de pasar tiempo de familia.

Realmente me gustaría que la gente pensara en ellos la próxima vez que vayan a una fiesta clandestina.

Pero si hay algo que nunca pierdo es la esperanza. Así como Pandora abrió el ánfora que soltó a todos los males, entre los que casualmente se encontraban las enfermedades, pero conservo la esperanza, así nosotros debemos guardarla dentro de nuestros corazones. Porque siempre he pensado que con libertad y esperanza el hombre puede hacer cualquier cosa que se proponga: construir civilizaciones, levantar montañas e incluso superar a la misma muerte.

Solo hay que ver como algunas cosas volvieron a su curso original. Se han abierto muchas escuelas, se habla de vacunas ya terminadas o en proceso con resultados favorables y se empieza a contar el número de gente que se esta recuperando.

 Si, los tiempos oscuros están y estarán presentes, pero la historia nos ha mostrado una y otra vez que el hombre puede volver a levantarse. Y con un poco de suerte no olvidaremos esa oscuridad, y en cambio aprenderemos de ella, para no cambiar únicamente al mundo, sino también cambiarnos a nosotros mismos. Porque es necesario recordar estos momentos, por las personas que fallecieron y por las que quedaron.

“Todos, una y otra vez nos doblegamos. Pero hay algo que no falla y es la convicción de que únicamente los valores del espíritu nos pueden salvar de este terremoto que amenaza la condición humana” (Sábato; 2000; pág. 1).