
Blog Capítulo 3. Pertenecer
Cuando estamos bien, podemos sentir que pertenecemos a un lugar por las cosas cotidianas, cuando estamos vulnerables, descubrimos cuanto pesa sentirnos lejos de casa.
Esta semana me enferme, y descubri que estar enferma en otro pais se siente MUY DISTINTO.
La verdad es que, para ser una chica del litoral argentino, me estuve bancando como una campeona el frío chileno. Y eso que, según los propios chilenos, este año ni siquiera hizo tanto frío.
Pero en esta nueva vida que estoy empezando, donde tengo que viajar una hora para ir y volver del trabajo, donde todavía estoy aprendiendo nuevas rutinas y adaptándome a un ritmo diferente, pasó lo que en algún momento iba a pasar: me enfermé.
Malestar general, dolor de cabeza y hasta fiebre, en un contexto de mucho trabajo y siendo todavía nueva en la empresa.
El lunes había empezado fatal: 38 grados de fiebre, la cara roja como un tomate y mi pareja con una angustia terrible al verme así.
Acostumbrada al sistema de salud argentino pensé: “Bueno, vamos al médico”. Pero acá las cosas son diferentes. Descubrí que tener 38 grados de fiebre no era considerado una urgencia como para ir a urgencias y que, para poder atenderme en una clínica, tenía que sacar una hora.
Finalmente conseguí atención. Y ahí, más allá de las diferencias que puedan existir entre un sistema y otro, sentí algo mucho más difícil de explicar: la sensación de estar fuera de las referencias que durante años hicieron que mi vida cotidiana tuviera cierto orden.
El médico se concentró más en preguntarme cuándo pensaba tener hijos porque, según él, ya estaba llegando al límite de edad, que en explicarme demasiado qué podía hacer para sentirme mejor.
Diagnóstico: “algo viral, yo qué sé”.
Tratamiento: ibuprofeno y té con miel.
Y aunque podría convertir esto en una comparación entre un país y otro, no quiero hacerlo. No creo que migrar consista en llegar a un lugar nuevo para juzgarlo constantemente con los parámetros del lugar del que venimos.
Pero tampoco puedo negar lo que sentí.
Porque quizás nunca había pensado demasiado en qué significa pertenecer a un lugar hasta que me enfermé lejos del mío.
Cuando estamos bien, pertenecer parece sencillo. Es conocer las calles, saber dónde comprar algo, reconocer los acentos, tener una persona a quien llamar, saber qué hacer cuando algo sale mal. Son pequeñas certezas que construimos casi sin darnos cuenta.
Pero cuando estamos vulnerables, esas certezas adquieren otro peso.
Yo estaba acostumbrada a que mi papá me llevara a los médicos, a que pudiera acceder a una consulta sin tener que pensar demasiado en cómo funcionaba todo, a tener cerca una salita del barrio, a saber dónde ir y a quién pedirle ayuda.
Estaba acostumbrada a que mi mamá pudiera venir a prepararme una sopa.
Y de repente entendí que ya no estaba en mi país.
Mi papá no iba a llevarme al médico. Mi mamá no iba a aparecer con una sopa caliente. No tenía la salita del barrio que conocía. Y, sobre todo, no tenía conmigo todas esas pequeñas certezas que durante años había considerado normales.
Lloré.
Me sentí vulnerable.
Sentí nostalgia, y por unas horas tuve unas ganas enormes de estar en mi país.
No porque hubiera dejado de querer la vida que estoy construyendo acá. No porque Chile fuera necesariamente un mal lugar para mí. Simplemente porque, cuando estamos enfermos, muchas veces no buscamos solamente un médico.
Buscamos aquello que conocemos.
Buscamos la voz de alguien que nos diga qué hacer. Buscamos una casa, una familia, un barrio, una rutina. Buscamos sentir que sabemos dónde caer.
Y ahí entendí que hay algo profundamente político en el cuidado.
No hablo solamente de hospitales, medicamentos o sistemas de salud, aunque todo eso importa. Hablo también de las redes que sostienen nuestras vidas: la familia, los vínculos, los barrios, las instituciones y todas esas estructuras que muchas veces damos por sentadas hasta que necesitamos de ellas.
Porque pertenecer no es solamente vivir en un territorio.
También es tener acceso a sus códigos, a sus espacios, a sus redes y a sus formas de cuidado.
Y quizás por eso migrar puede ser tan complejo. Porque uno no solamente cambia de país. Cambia de sistema, de referencias, de costumbres y de maneras de resolver las cosas.
Sin embargo, en medio de esa vulnerabilidad, también descubrí algo.
No estaba sola.
Tenía un compañero de vida que no durmió para cuidarme. Que me tomaba la temperatura, me pasaba un vaso de agua, estaba atento a mis medicamentos y me preparaba la sopita que mamá no podía prepararme.
Y eso también es pertenecer.
Por eso esto tampoco es una crítica ni una comparación injusta entre países. No quiero decir que estoy sola porque no es así.
Al contrario.
Estoy acompañada.
Pero hay un proceso, un vivir y un sentir tan único como solitario, que a veces te hace sentir lejos, nostálgica, sola aunque no estés sola.
Y quizás esa sea una de las contradicciones más grandes de migrar: podemos estar construyendo una nueva vida mientras seguimos perteneciendo profundamente al lugar que dejamos.
Formosa me enseñó algunas de las formas en las que se siente estar en casa.
Chile me está enseñando otras.
Y quizás pertenecer no sea elegir un solo lugar y decidir cuál es nuestra casa definitiva.
Quizás pertenecer sea aceptar que hay lugares que nos forman y otros que nos transforman.
Puedo extrañar mi país y, al mismo tiempo, estar construyendo una vida acá.
Puedo sentirme lejos y acompañada.
Puedo sentir nostalgia sin querer volver.
Puedo pertenecer a un lugar que dejé y empezar, lentamente, a pertenecer a otro.
Quizás pertenecer sea justamente eso: no dejar de ser de donde venimos, sino encontrar nuevas formas de sentirnos en casa.
Gracias por leerme! CHAU!!
