Tres poemas de Raymond Carver

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Traducciones que hice de tres poemas que aparecen en Fires, un compilado de ensayos, cuentos y poesía de Raymond Caver (uno de mis autores favoritos de todos los tiempos y todos los géneros), publicados por Vintage Classics.

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Foto de mi padre en su vigésimo segundo año

Octubre. Acá en esta cocina húmeda y poco familiar
estudio la cara avergonzada y joven de mi padre.
Sonrisita vergonzosa, sostiene en una mano una cuerda
de una perca amarilla y espinosa, en la otra
una botella de cerveza Carlsbad.

Con jeans y una camisa de vaquero, se apoya
contra el guardabarros de una Ford de 1934.
Querría posar brillante y amoroso para la posteridad,
usar su viejo sombrero ladeado sobre su oreja.
Toda su vida mi papá quiso ser audaz.

Pero los ojos lo delataban, y las manos
que débilmente ofrecían la cuerda de la perca muerta
y la botella de cerveza. Papá, te amo,
sin embargo, ¿cómo podría decir gracias, yo que tampoco puedo sostener mi licor,
y ni siquiera conozco lugares para ir a pescar?


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Tu perro muere

lo atropella una camioneta
lo encontrás al costado de la ruta
y lo enterrás.
te sentís mal por eso.
te sentís mal personalmente,
pero te sentís mal por tu hija
porque era su mascota,
y ella lo quería mucho.
le solía canturrear
y lo dejaba dormir en su cama.
escribís un poema sobre eso.
lo llamás poema para tu hija,
sobre el perro siendo atropellado por la camioneta
y cómo lo cuidaste,
lo llevaste al bosque
lo enterraste profundo, profundo
y ese poema te sale tan bien
que casi te alegra que el pequeño perrito
fuera atropello, porque si no, no hubieras
escrito ese poema tan bueno.
entonces te sentás a escribir
un poema sobre escribir un poema
sobre la muerte de ese perro
pero mientras lo escribís vos
escuchás una mujer gritar
tu nombre, tu primer nombre,
las dos sílabas,
y tu corazón se detiene.
pasa un ratito, seguís escribiendo.
ella grita de nuevo,
te preguntás por cuánto tiempo puede seguir esto.

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Matrimonio

En nuestra cabina comemos ostras rebozadas y papas fritas
con galletitas de limón de postre, mientras el matrimonio
de Kitty y Levin se despliega en la TV Pública.
El hombre de la casa rodante sobre la colina, nuestro vecino
acaba de salir de la cárcel de nuevo.
Esta mañana manejó dentro del patio con su esposa,
en un auto grande y amarillo, la radio a todo volumen.
Su esposa apagó la radio mientras él estacionaba,
y juntos caminaron lentamente
hacia su casa sin decir nada.
Era la mañana temprano, los pájaros estaban fuera.
Más tarde, trabó la puerta abierta
con una silla para que entre el aire de la primavera y la luz.

Es la noche del domingo de Pascua,
Y Kitty y Levin por fin están casados.
Es suficiente para poner los ojos llorosos, ese matrimonio
y todas las vidas que tocó. Seguimos
comiendo ostras, mirando televisión,
comentando sobre la ropa elegante y la maravillosa gracia
de la gente envuelta en esta historia, algunos de ellos
tensándose bajo la presión del adulterio,
la separación de los seres queridos, y la destrucción
que deben saber aguardando justo después
del siguiente cruel cambio de circunstancia, y luego del
siguiente.

Un perro ladra. Me levanto a chequear la puerta.
Detrás de las cortinas están las casas rodantes y un lodoso
estacionamiento con autos. La luna navega hacia al oeste
mientras miro, armado hasta los dientes, cazando
para mis hijos. Mi vecino,
ahora borracho, arranca su gran auto, apura
el motor, y sale de nuevo, lleno
de confianza. La radio gime,
algún sonido sale de ella. Una vez que se fue
solo quedan pequeños charcos de agua plateada
que tiemblan y no pueden entender su existencia ahí.

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